Tiene las neuronas justas para no cagarse encima

Un viejo amigo mío me contaba hace muchos años esta anécdota: cuando uno de los frailes del colegio en que estuvo interno quería denostarle por su tendencia a la impiedad, expresada en alguna indiscreta pregunta, le increpaba en medio de una clase llamándole «¡Voltaire, Rousseau!». Mi experiencia personal no incluye vociferaciones de ese tipo pero sí relatos minuciosos de la muerte de Voltaire, notables exponentes de la imaginación sádica de algunos frailes. Así he escuchado innumerables veces que en el trance postrero, Voltaire, desesperado por la idea de que se iba de cabeza al infierno, se bebió y se comió sus propios excrementos. A otros frailes les oí decir que si había seguridad sobre una persona que se hubiera condenado era Voltaire, ya que resultaba evidente que se había muerto sin mostrar signos de arrepentimiento por sus horrendos crímenes. 

Otros, menos radicales, lo mandaban también al infierno, pero en compañía de algún que otro hereje, como Martin Lutero. Lo que queda claro es que Voltaire fue desde el mismísimo siglo XVIII tal vez la más temida de las «bestias negras» de la Iglesia católica en España y que innumerables curas y frailes debieron de sentir una dolorosa nostalgia imaginando qué hermosa hoguera se hubiera podido hacer con la enteca figura del autor de Candide la Inquisición en Valladolid o en Toledo, sólo un siglo y medio antes.


Como se sabe Voltaire tuvo amigos españoles -el conde de Aranda y Pablo de Olavide, por ejemplo- y sus obras circularon bastante en los medios ilustrados, aunque tal vez no tuvo demasiados lectores. El Abate Marchena sí lo leyó y lo tradujo. Su versión de Candide es un clásico de la lengua castellana. Pero Voltaire no se aventuró a asomar por España por mucho que encomiara la labor de nuestros ilustrados, aunque sí acudió a la Prusia de Federico el Grande, un rey filósofo que además de montar una formidable máquina militar, componía piezas para flauta e invitaba a escribir variaciones sobre ellas a Juan Sebastian Bach. Que aquella relación terminara malamente y que el déspota hiciera objeto de ciertas sevicias al filósofo es cosa de la que no tuvo la culpa éste, que volvió de su experiencia prusiana mohíno y convencido de que las relaciones entre los intelectuales y el poder eran bastante más complicadas de lo que parecían en principio.

Comentarios

  1. Y todo a cuenta de una palabra tan aparentemente conciliadora como «matrimonio». «En determinadas legislaciones», reza la nueva acepción, «unión de dos personas del mismo sexo...».

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