29 diciembre 2011

Una vida en comun.

Él, poco audaz, femenino, decididamente pasivo, asocial, delgado como un fideo. Ella, valiente, masculina, enorme, brutalmente enérgica. Robert Crumb y Aline Kominsky son la pareja perfecta. Entre otras cosas, porque son la única pareja del mundo, un mundo con 7.000 millones de habitantes, que dibuja conjuntamente, es decir, que durante años llevaron una suerte de diario dibujado de su vida en común.

Crumb, un adicto a la viñeta (es incapaz de dejar de garabatear cosas) y a las chicas enormes, tuvo la extraña sensación de que uno de sus personajes, Honeybunch Kaminski, había tomado vida cuando conoció a Aline. Eso fue a principios de los 70. No tardaron en irse a vivir juntos, aunque no se casaron hasta 1978. Fue por esa época cuando empezaron a dibujar lo que ellos llamaron Dirty Laundry (una versión de Trapos sucios), historietas que recogían episodios de su vida (más o menos violentos y casi siempre picantes) y que acaban de ser reunidas en ¡Háblame de amor! (La Cúpula).

A él le parecía romántico; a ella, una especie de humillación porque sus dibujos siempre iban a ser peores que los de él. «Somos como dos viejos chimpancés que juegan al ping-pong con sus ideas», adelanta Aline, en la conversación que introduce el volumen. A Crumb le parece raro que hayan sido la única pareja en la historia del cómic que se haya atrevido a hacer algo así. «Supongo que la historieta en general es algo muy duro, un trabajo fastidioso en el que dibujar juntos multiplica las complicaciones», dice Aline, y añade: «Además, la mayoría de las parejas que conozco, si pasan mucho tiempo juntos acaban con los nervios de punta. No están cómodos metidos en su piel y menos aún cuando están juntos». «Dicho todo eso, a menudo pienso que quizá seamos excepcionalmente temerarios y completamente inútiles», ataja Crumb. Sean o no temerarios, el caso es que, desde finales de los 70, la pareja ha ido editando su versión de su vida familiar de forma periódica y absolutamente desvergonzada.

Entre los invitados especiales de sus viñetas está su propia hija, Sophie, que se dibuja a sí misma en No hables con la boca llena, y aparece en las fotografías que cierran el volumen (ya con su propia familia). Pero Dirty Laundry arranca a mediados de los 70, antes de que la pequeña naciera, y en ellos aparecen desde el hijo del vecino que una vez les pilló en la cama y con el que acabaron viajando a otro planeta (la Tierra II), en lo que a todas luces era un viaje de ácido que acabó razonablemente bien, hasta las groupies con las que Crumb se acostaba cuando Aline pasaba temporadas fuera de casa (en lugares en los que se podía asistir a astro charlas).

Los Crumb se gritan, se golpean, se desean con una brutalidad animal, y deforman hasta el ridículo cada uno de sus defectos (no hay una sola viñeta en la que Aline se dibuje guapa). En Cambio de papeles, historieta de 1974, incluso llegan a dibujarse el uno al otro.

Obsesionada con no engordar (las referencias son constantes y no se limitan al texto de las viñetas, sino que Aline se dibuja a menudo tan enorme que Crumb a su lado parece, sí, un fideo, así es como ella le llama, además) y con tocar el violín (en la banda de Crumb), Aline a menudo amenaza con dejar de dibujar y Crumb insiste en que sin ella, sus historias serían sosas y aburridas, que sólo hablaría de los discos que se compra (coleccionista de vinilos, Crumb es capaz de perder su casa y llorar por sus discos). Finalmente no lo hizo, aunque las historietas familiares se fueron espaciando.

Mientras dibujaban de forma conjunta, Crumb publicaba sus propias historietas (y tenía cientos de problemas con los contables) y Aline pintaba. Cuando Peter Bagge, alumno aventajado de Crumb, hasta el punto de crear su propia historieta familiar (Odio empezó siendo un diario deformado de sus propias experiencias y ha acabado incluyendo a su familia) quiso dejar la dirección de Weirdo, el clásico de las revistas de cómic underground norteamericanas, Aline se puso al frente, hasta que cerró, en 1993.

Los Crumb viven en Francia y se sienten como un par de expatriados. Como dice el propio Robert en la introducción al volumen recién editado, «quizá seamos unos genios excéntricos o yo qué sé».

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