22 marzo 2012

El futuro preocupante de la Capilla Sixtina

Cuando el 10 de mayo de 1508 el Papa Julio II pidió a Miguel Ángel Buonarroti que se encargara de pintar a los 12 apóstoles en el techo de la Capilla Sixtina, nunca imaginó que aquel encargo se convertiría en una de las obras de arte más importantes de la Historia. El genio florentino tardaría casi cuatro años en concluir su obra, que hoy, cuando se cumplen 500 años de su finalización, se ha convertido en una cita ineludible para todo aquel visite la capital italiana, y que incluso es posible admirar sin salir de casa gracias a las nuevas tecnologías. 

Y casi sería lo mejor. Hordas de turistas (cuatro millones al año) abarrotan la Capilla Sixtina para contemplar la obra de Miguel Ángel y admiran (en silencio y casi sin respirar) la magna obra de Miguel Ángel. Sin embargo, la salud de la capilla, y por ende, de los frescos, no está en su mejor momento, según los especialistas. Desde los Museos Vaticanos señalan directamente al alto número de visitantes que hacen cola para penetrar en esta estancia del pequeño Estado como los responsables directos del deterioro. Ni siquiera los esfuerzos por limpiar cada uno o dos años las partículas de polvo que se acumulan en los frescos de la sala están dando resultado. 

En 2010 se puso en marcha una página web para realizar una visita virtual a la Capilla Sixtina, que permite contemplar la obra de Miguel Ángel con una proximidad que es imposible alcanzar de otra forma. Con todo, no parece que el número de visitantes físicos haya disminuido, lo que empieza a preocupar a los conservadores. ¿Llegará un momento en que el Vaticano se plantee restringir seriamente la entrada? 

Miguel Ángel comenzó su gran obra casi dos años después de que el Papa le ofreciera el encargo, pero se negó a seguir los dictados de Su Santidad, que le propuso recrear a los 12 apóstoles, y aceptó a condición de que fuera él quien decidiera los motivos que decorarían el techo. Decidió así plasmar su visión de la Creación. Hasta entonces, la capilla ceremonial -que recibía el nombre porque fue construida durante el papado de Sixto IV entre 1473 y 1481- estaba repleta de pinturas de Botticelli y Perugino, entre otros. 

Por todos era conocido el carácter difícil del artista que había pasado los últimos años dedicado a su gran obra: el David. Julio II aceptó sin oponer resistencia a sus imposiciones. Nadie mejor que él para plasmar en los muros de la capilla vaticana la creación, la caída y los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Pero la relación entre ambos durante la creación de la obra no fue precisamente fácil... Julio II no llegó a ver completada la obra porque aunque los frescos del techo de la Capilla Sixtina quedaron finalizados en octubre de 1512, no fue hasta más tarde que Miguel Ángel pintó el Juicio Final en el altar mayor. 

Al principio de su obra, Miguel Ángel se dejó ayudar por hasta seis colaboradores, pero poco a poco, se fue deshaciendo de ellos hasta quedarse sólo. Antes de comenzar a pintar sobre los muros de la capilla, hacía sus bocetos en papel y perforaba las líneas con un clavo para marcar el boceto. Más tarde, utilizaría el boceto para marcar las paredes que después completaría con la pintura. Y todo subido a un andamio en la más absoluta soledad. 

Trabajó durante días enteros (con sus noches incluidas) y según los historiadores, a menudo, exhausto por el cansancio y sus demonios interiores, se sentía perdido en la inmensidad de su gran obra. En 1810, de hecho, escribió un poema en el que decía: «Estoy donde no debo. Yo no soy pintor», porque antes de nada, se consideraba escultor. 
En un primer momento, el genio renacentista reprodujo nueve episodios del libro del Génesis. Empezó por el diluvio universal y la embriaguez de Noé. Más tarde pintó la creación de Eva, el pecado original y la expulsión del paraíso, para terminar con la separación de la luz de la oscuridad y las historias de Daniel, la Sibila Pérsica, la Sibila Líbica, Jeremías y Jonás, la crucifixión de Amán y la serpiente de bronce. Fue tras la muerte de Julio II en 1512 cuando pintó en el altar mayor el Juicio Final. 
Son muchos los estudiosos de su obra que a lo largo de los años han encontrado en los frescos de la Capilla Sixtina mensajes ocultos como la reproducción casi perfecta de un cerebro humano en la creación de Adán que según algunos expertos, podría representar la histórica batalla entre la ciencia y la religión. Otros ven símbolos en reconocimiento a las raíces judías de la religión católica. 

Incluso hay quienes ven claras señales homosexuales en su obra, como la historiadora italiana Elena Lazzarini que en su libro Estudio, arte y decoro, analiza la influencia del desnudo en el arte. Según Lazzarini, en los frescos del Juicio Final se puede observar signos ambiguos entre beatos «claramente de naturaleza homosexual». Según la especialista, la obra de Miguel Ángel es toda una provocación ya que el artista muestra de manera explícita la «sexualidad de los cuerpos masculinos».

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