09 marzo 2012

Maldita belleza

Cuando Miguel de Molina exculpó a Concha Piquer de las turbias maniobras que le atribuían en su exilio y persecución, ésta contestó: «a buenas horas». La guerra trastocó todos los valores. En cualquier caso no se podía ignorar que, mientras ella triunfaba, Miguel estaba marcado por el odio de los vencedores. Primero lo explotaron a cambio de seguridad; luego lo torturaron y persiguieron. En esta Autobiografía Molina se limita a negarle a Doña Concha algo evidente: la flamenquería que él metía a la copla; Ella era exquisita pero no flamenca. Fue amigo de Cantinflas y éste acabó boicoteando sus espectáculos por incitación de Negrete o celoso de la protección que el gallego recibió de Evita. 

La vida de Miguel, un muchacho de insólita belleza y gracia, es de leyenda; su hogar eran las casas de mancebía. Lo adoraban por igual putas y maricones y fue desflorado por un bellísimo semental árabe. Estas Memorias son valientes, desgarradas y en ocasiones hermosas, como su vida de revolucionario de la copla. Al estallar la guerra, ya era el triunfador, el de las blusas de fantasía, La bien pagá y Ojos verdes; el deseado procaz y libertino. Cantó para los soldados republicanos y he leído que Francisco Ayala había escrito: «hizo más estragos en el ejército de la República que los cañones de Franco». 

Tuvo que irse de España, tras persecuciones sin fin y una brutal paliza dirigida por el Conde de Mayalde -luego alcalde de Madrid y ganadero de bravo-, cuando le prohibieron cantar. A la floja sangre de los toros del Conde, Matías Prats le dedicó un ingenioso epigrama: «¿Mayalde otra vez alcalde? Cosa rara entre las raras/. Será el único mayalde/ que haya tomado dos varas». La salvajada de Finat y Escrivá de Romaní, director de Seguridad y torturador personal, no es cosa de epigramas taurinos. Cada vez que voy al Pavón, me imagino el secuestro de Miguel en su camerino. Esto lo sabíamos. Pero es la primera vez que se cuenta, por escrito, con tal verismo y crudeza. La obsesión de un funcionario, homosexual y esbirro, de Serrano Súñer lo alcanzó hasta la Argentina, de donde fue expulsado. Miguel de Molina pudo volver a España con cierta tranquilidad en los 50; su nombre apenas decía nada al nuevo público y, además, tenía el estigma de los réprobos y proscritos. Volvió a la Argentina que era su verdadera patria.

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