28 abril 2012

El cuadro El Grito a la venta

El grito brilla dentro de un cuadrilátero de paredes de un azul casi negro diseñado para él en el décimo piso de Sotheby's, junto al río Este de Manhattan. El foco de la luz se concentra en la obra, que Edvard Munch quería se contemplara rodeada de oscuridad, «quitándose el sombrero, como en una capilla». Ésta es la versión de colores más vivos y trazos más dramáticos que pintó y la única que conserva el marco original donde el artista grabó en rojo encendido un poema con la explicación de la escena. 
El miércoles por la noche, El grito se subastará por primera vez en su historia y, también por primera vez, probablemente vivirá fuera de Noruega. Existen otras tres versiones del cuadro, una propiedad del Museo Nacional de Oslo y otras dos, del Museo Munch, pero ésta es la única que ha estado siempre en manos privadas, la mayor parte del tiempo en el salón de la familia Olsen, amigos, vecinos y protectores de Munch. 

Observar de cerca El grito unas horas antes de que vuelva a desaparecer de la vista del público tiene especial emoción. Tras dos célebres robos, el cuadro ya no sale de Noruega. Los museos de Oslo ni siquiera han querido prestar ninguno de los tres cuadros a la Tate de Londres para su gran retrospectiva de Munch este verano, en vísperas del 150 aniversario del nacimiento del autor, que se cumple en 2013. 

En 1994, justo al comienzo de las Olimpiadas de Invierno en Noruega, un grupo de ladrones entraron en el Museo Nacional, se llevaron el cuadro y dejaron una nota dando las gracias a la pinacoteca por sus escasas medidas de seguridad. El grito se recuperó unos meses después, ese mismo año. En 2004, una banda de hombres enmascarados y armados se llevaron la versión de 1910 del Museo Munch y otro cuadro más del pintor. Ambos fueron recuperados dos años después. La empresa estadounidense que produce M&Ms, que utilizaba El grito en su publicidad, ofreció entonces una recompensa de dos millones de sus chocolates por el rescate, aunque las autoridades noruegas aún no han aceptado el premio. 

Simon Shaw, vicepresidente de Sotheby's y jefe de Impresionismo y Arte Moderno en Nueva York, lleva años tratando con Petter Olsen, con la esperanza de que un día se desprendiera del cuadro. Lo compró su padre, Thomas, que animó a Munch, su vecino. Cuando los nazis declararon al pintor subversivo, Olsen escondió los 35 munch que tenía en un granero, años antes de la invasión alemana de Noruega de 1940. También ayudó a firmar un acuerdo con el Gobierno alemán para salvar hasta 74 obras de tentaciones destructoras. 
Sotheby's ya vendió obras de la colección de los Olsen en 2006 y asegura tener «una larga relación con la familia». «Es el final de un largo proceso de discusiones de muchos años», cuenta a Shaw, que dice haber hablado con Olsen «cientos de veces». «Nos reunimos con regularidad y debatimos las posibilidades juntos en varios lugares», asegura. «Tiene las ideas muy claras», comenta sobre el vendedor. Shaw, aún temeroso de molestar al noruego, no quiere decir si acudirá a la subasta del miércoles. Olsen, que ahora tiene 64 años y lleva una década sin hablar con su hermano por la disputa legal por el cuadro, quiere abrir un museo dedicado a Munch y este ingreso le ayudará a crearlo. 

Sotheby's estima que El grito se venderá por más de 80 millones de dólares (unos 60 euros) e irá a uno de los grandes coleccionistas en el mundo para los que la casa de subastas ha organizado sesiones privadas hasta en Hong Kong. Entre los interesados están la familia real de Qatar, el magnate ruso Roman Abramovich y el astillero griego Philip Niarchos. En Londres y Nueva York, Sotheby's ha montado un par de fiestas para presentar el cuadro mientras se esfuerza por dar a conocer a Munch fuera de Europa. Incluso rodó un documental sobre la obra en una pequeña isla enfrente de Manhattan para intentar evocar el fiordo de Munch. 

El autor nunca quiso explicar su obra para dejarla abierta a interpretaciones, pero aquí queda el poema que cuenta la escena durante un paseo junto a un hospital psiquiátrico donde estuvo recluida su hermana, que sufría esquizofrenia. Una de las posibilidades es que el título se refiera a los lamentos de los enfermos que el protagonista intenta no escuchar tapándose los oídos. 

La inscripción, a mano, dice, según la traducción: «Estaba caminando por un paseo con dos amigos. El sol se ponía. El cielo se hizo rojo encendido. Y sentí un aire de melancolía. Me levanté. Aún mortalmente cansado bajo el azul-negro. El fiordo y la ciudad estaban adornados con sangre y lenguas de fuego. Mis amigos caminaron. Yo me quedé atrás, temblando con ansiedad. Sentí el gran Grito de la Naturaleza. E.M.». 

En esta versión, el cielo es más naranja y la tristeza está acentuada. Se parece a la primera, pero en ésta los amigos que pintó Munch miran hacia el perfil de Oslo y uno se asoma hacia el mar, exagerando la imagen del individuo solitario. 

El pintor, alcohólico y depresivo, temía acabar como su hermana y sus cuadros eran la genuina expresión de sus desvelos, pero también aprendió a cultivar su imagen de «solitario melancólico nórdico» con fines comerciales. Munch era un buen vendedor. Esta versión de 1895 fue un encargo de un empresario alemán después del primer Grito que pintó, en 1893. Cobraba por mostrar sus obras, aunque le costaba desprenderse de ellas. Cuando en 1910 cedió la primera versión al Museo Nacional, se quedó otras dos réplicas, más sombrías, para él. 

La fama masiva llegó para el cuadro en los años 50 y 60. En 1961, Time lo utilizó de portada. En las últimas dos décadas, ha servido como emblema irónico del miedo para Los Simpson o para las películas Scream o Solo en casa. Y ahora vuelve a estar de moda con la crisis. 
«Todos podemos sentir cercana esta imagen. El uso del Grito está relacionado con los momentos de gran ansiedad cultural en los que miramos a él como un talismán que cristaliza nuestros miedos y nuestras angustias. Sucedió después de la Segunda Guerra Mundial. Y también ahora con la crisis financiera y las turbulencias globales que hemos vivido. Desde 2007, El grito se ha utilizado más veces que nunca», explica Shaw.

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