12 abril 2012

El Titanic se hundió por culpa de los jesuitas

Cuando Charles A. Nelson [Carlos A. Nilsson dice en su lápida] murió en Buenos Aires, en 1946, entre sus objetos personales apareció algo sorprendente: un viejo rollo de película del que ni sus más allegados habían oído hablar. Junto a imágenes del barco ya haciendo agua se veía a un hombre con un revólver en su mano... Pero a falta de las palabras aclaratorias de Charles, con él moría parte de la historia del Titanic -del que fue oficial de cubierta- aunque renacía una de las incógnitas que rodean una de las grandes tragedias de la Historia. ¿Fue realmente un iceberg lo que mandó a pique al transatlántico? ¿O una bomba? 

No hace falta mucho talento para descubrir el fake. La mayor parte del metraje son fotografías y las escenas animadas pertenecen a alguna de las películas mudas que se rodaron sobre el suceso. De hecho, el nombre de Nelson ni siquiera aparece en los listados oficiales de la tripulación. 

Aunque prácticamente olvidada hasta hace poco, la leyenda de que fue un atentado lo que acabó con el Titanic no es nueva. Los primeros en ser señalados como autores de este atentado de falsa bandera fueron los jesuitas. Al despuntar el siglo XX, en los sectores más extremistas del cristianismo protestante, los seguidores del padre Arrupe no eran vistos con demasiados buenos ojos. Entre sus críticos circulaban los panfletos del Abad Leone quien, a mediados del siglo XIX, popularizó El Plan Secreto de la Orden, una especie de Protocolos de Sión (igual de falsos y dañinos), que se presentaba como un documento interno de la compañía de Jesús, y en el que mostraban su interés por hacerse con el control del mundo. El Titanic fue sólo uno de sus muchos trabajos. 

Uno de los principales defensores de esta hipótesis es el escritor norteamericano Bill Hughes, que en su libro The Secret Terrorists (Los terroristas secretos, 2002) le dedica todo un capítulo. Lo del Titanic casi es lo de menos. Según él, los jesuitas también están detrás de las dos guerras mundiales, el asesinato de JFK o los atentados de Oklahoma (1995) o el World Trade Center (2001). Igualmente activo se ha mostrado Eric Jon Phelps en Vatican Assassins (2001). 

Según Hughes, los jesuitas llevaban desde 1830 maquinando para instalar en EEUU un banco central desde el que obtener el dinero necesario para seguir financiando guerras. En ese objetivo coincidían con las grandes familias americanas como los Rockefeller, los Morgan y, sobre todo, los Rothschild, que en la sombra manejaban la fortuna de la compañía de Jesús. A los otros habían conseguido neutralizarlos infiltrándose en sus empresas. 

Para conseguir instaurar ese banco, lo que es hoy la Reserva Federal, ordenaron a J.P. Morgan, propietario de la compañía White Star Lines, que construyera el barco más grande del mundo. El objetivo era deshacerse de algunos de los opositores a sus planes (Benjamin Guggenheim, Isador Strauss y John Jacob Astor...) en el viaje inaugural. El elevado número de víctimas (1.527) sería la maniobra de distracción perfecta para que nadie sospechara de quién era el verdadero objetivo. 

La lista de sospechosos de participar en el atentado incluye a Edward Smith, capitán del Titanic, una especie de jesuita encubierto, que actuó como maestro de ceremonias. Junto a él estaba su mentor, el padre Francis Browne, que embarcó el 10 de abril de 1912 en Southampton (Inglaterra), pero que, tras tomar cientos de fotos, se bajó en la primera parada (Queenstown, Irlanda) tras darle a Smith las instrucciones pertinentes. El capitán, excelente conocedor de la ruta transatlántica, se desvió ligeramente del recorrido previsto para dirigirse a una zona en la que, sabía, encontraría icebergs. 

Todo estaba listo. El barco avanzaba a toda velocidad pese a que se habían recibido varios avisos alertando de la presencia de montañas de hielo. El número de botes era insuficiente para todos los pasajeros. En el momento adecuado, la noche del 15 de abril, alguien detonó la bomba. El ruido del choque impidió oír la detonación. Para evitar el rescate, se envió una serie de confusos cables que impidió al SS Californian (el barco más cercano) acudir en socorro de las víctimas. El plan fue un éxito: la Reserva Federal se creó en 1913 y un año después comenzó la I Guerra Mundial. Voilà. 

En su libro Olympic & Titanic: la verdad tras la conspiración (2004), los autores Bruce Beveridge y Steve Hall califican esta hipótesis como la más «ridícula» de cuantas existen sobre la tragedia. Eso no ha impedido que se les cite más que a Hughes o Phelps como descubridores de la conspiración jesuita. 

Con motivo del centenario del hundimiento, el relato ha dejado de pertenecer al sector más radical del protestantismo y ha evolucionado en busca de nuevos públicos. De ahí que se haya añadido la presencia de los Illuminati, una organización secreta nacida en Baviera (Alemania) en 1776 y desarticulada en 1785. Lo curioso es que Pío VI la declaró incompatible con la fe católica en esas mismas fechas. 

Paradojas de la vida, la teoría de que los Illuminati sobrevivieron y controlan el mundo nació en círculos jesuitas. Fue uno de ellos, el padre Agustín Barruel, el primero en acusarles de estar tras la Revolución Francesa en su libro Memoria para servir a la historia del Jacobinismo (1797). A día de hoy, los que creen en la existencia de un grupo que intenta implantar un Nuevo Orden Mundial siguen creyendo en sus teorías. 

Afortunadamente, el centenario de la tragedia también ha permitido aflorar nuevas teorías para explicar algunas de sus claves. Según Donald Olson (de la Universidad Estatal de Texas-San Marcos), una marea inusualmente alta explica la abundante presencia de icebergs anormalmente grandes en una zona donde no cabía esperarlos. El historiador británico Tim Maltin añade que una inversión térmica pudo crear un efecto óptico, por el cual Smith y su tripulación fueron incapaces de calcular la distancia verdadera a la que se encontraba el fatídico trozo de hielo. 

En 2006, los historiadores irlandeses Harland and Wolff culparon a la mala calidad del acero utilizado (se volvía frágil a bajas temperaturas) como una de las causas que explica por qué el casco no aguantó el choque. Cierto o no, entra dentro de lo razonable. De la conspiración jesuita contra el barco no se puede decir lo mismo.

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