25 abril 2012

Gaga se une con Armani para crear extravagancias

Lady Gaga se va a Asia vestida de Armani. No hay maletas para tamaño exceso indumentario. A saber: body negro de PVC con tachuelas de metal y cristales metalizados; triquini negro de rejilla con hombreras afiladas y flecos con cristales (también negros) de Swarovski; corpiño de plexiglás transparente, cristales (de nuevo negros) y tachuelas, aderezado con una composición cubista de guitarras, y túnica de látex color nude con elementos luminosos. 

Súmenle unas botas robóticas (sic) de tacón que suben apretadas hasta los muslos, un tocado tubular (mezcla de gorro de gnomo y cabeza de Alien).

Y un casco con forma de teclado, unos guantes rematados por espejos y un triángulo de luz a lucir a modo de colgante y comprenderán a qué viene tanto revuelo: nunca un diseñador se había comprometido tanto con la imagen de un artista (habrá quien dirá que ha sido canibalizado por ella) desde los tiempos de Jean Paul Gaultier y su faja-corsé de pechos cónicos para Madonna, referencia ética y estética superada, en cualquier caso, por la interesada. 

En efecto, Gaga sigue empeñada en escribir la historia más grande de la moda jamás contada. En el capítulo de hoy, toca vestirse para impresionar en el lejano Oriente. La reina madre de los Pequeños Monstruos inicia el periplo asiático de su Born This Way Ball Tour el viernes 27 en Seúl (para pasar a continuación por Hong Kong, Tokio y Singapur durante el mes de mayo y rematar en Australia y Nueva Zelanda en julio) pero, antes, conviene meter un poco de ruido mediático. 

Autografiados por el propio Giorgio Armani, los figurines de los extravagantes atuendos que el creador italiano ha diseñado para la gira han estado calentando la Red desde el pasado fin de semana, tras haber sido filtrados vía WWD. Y no, no han decepcionado ni a los que temían por el corte minimal del italiano, que ya había dejado su elegante impronta en el vestido galáctico que la neoyorquina luciera en la gala de los Grammy de 2010. 

La colaboración entre diseñador y cantante arrancó, precisamente, en aquel momento y se ha ido desarrollando con más o menos acierto a lo largo de varias alfombras rojas (pulgares arriba, el voluminoso vestido leatherón de los premios de la MTV de 2010; pulgares abajo, el modelito de catwoman lencero que lució a su apoteósico paso por el programa de televisión American Idol ese mismo año) y a instancias de Roberta Armani, sobrina y mano derecha del diseñador y fenomenal lince de las relaciones públicas -redes sociales incluidas- de la casa. 

«Colaborar con Lady Gaga siempre es una experiencia fantástica para mí. Admiro la manera en que utiliza la moda como un elemento escénico y como medio para construir al personaje. Es una artista de múltiples talentos y de gran inteligencia y diseñar para ella resulta un ejercicio estimulante y creativo», concede Armani al respecto vía nota de prensa. 

Instalada ya en la capital surcoreana, la Mama Monster, en cambio, no se pronuncia. Ni siquiera desde su humeante cuenta de Twitter (casi 23 millones y medio de seguidores y sumando), donde de lo último que ha dado cuenta en términos fashion es de su peculiar proceso de selección del vestuario: «Tumbada en la cama diciendo sí/no a las nuevas prendas y accesorios», trinaba el pasado martes 17. Bueno, de eso, y de que quiere que su «sastre» le pegue perlas a una máscara. 

De lo que sí larga, y mucho, es de su obsesión por el SoulCycle, el gimnástico aparato de cardio que causa furor entre las neoyorquinas, una suerte de spinning pasado de revoluciones a pedalear a ritmo de atronadora música de club. Gaga ha comprado dos de estos kits ciclistas, hechos a medida al módico precio de 2.000 euros por bicicleta, para no perder comba durante su gira. «He tenido un gran momento Jane Fonda en la habitación de mi hotel», tuiteaba hace apenas unas horas. 
Para el caso, la artista siempre ha tenido quien la vista, empezando por ella misma, aunque el grueso de la producción está en manos de la Haus of Gaga, el equipo creativo que comanda junto al superestilista Nicola Formichetti (un puesto que lo catapultó a la dirección creativa de la firma parisina Thierry Mugler, a finales de 2010) y que lo mismo le hace un teléfono-sombrero que le coreografía una canción. 

Claro que, si se trata de demostrar empaque, nada como un toque de costura: Armani aparte, a Alexander McQueen y a Jean Paul Gaultier (por quien se dejó vestir y entrevistar para el documental Gaga by Gaultier, en 2001) también los tiene en un pedestal. Mucho más relevante, sin embargo, resulta lo que ha hecho con Versace: a finales del año pasado, se puso como loca a revolver en el baúl de los recuerdos del fundador de la casa de la Medusa y, a estas alturas, los viejos modelos de Gianni Versace se cotizan más incluso que en los 90. Tanto que la marca ha conseguido al fin cuadrar sus cuentas con beneficios: ocho millones de euros en el último ejercicio. 

Esta visto que el showbiz tiene razones que la moda no entenderá, pero que no duda en seguirlas. Están en juego miles de millones en publicidad y en repercusión mediática y, tal y como está el patio, a ver quién se niega a seguirle el juego.

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