01 abril 2012

La estupidez de las ironias

Bajo la camisa y la primera capa de piel, este pensador, sociólogo y psiconauta acumula un riego sanguíneo muy permeable. Ha probado más de 100 tipos de droga y sigue en pie. Hace 15 años que no pilla un resfriado. Todas las mañanas echa 10 minutos levantando pesas, hasta que el corazón galopa dentro de su jaula. Su biografía tiene ráfagas de erudición y temporadas de inquilino en el infierno. 

Fue uno de los primeros pensadores españoles en estudiar a fondo a Hegel. Tenía un puesto de cierto tronío en el ICO y la vida lo iba meciendo como a un burgués bien proyectado. Pero un día jodió el invento. Cuando la bajamar de los hippies, marchó a Ibiza con mujer y dos hijos a probar la vida sin dios ni amo. Vivió en una casa de campo sin luz ni agua corriente. Fundó la discoteca Amnesia en una finca alquilada con otros colegas. Tradujo más de 30 libros y escribió otros tantos. Entonces el sexo era una necesidad para su estética cerebral y los hábitos de la clase media le provocaban una repulsión irrefrenable. Investigó con sustancias psicotrópicas sin tregua. Y sobrevivió a sí mismo. Regresó a Madrid, se amarró a la universidad (UNED) como profesor de filosofía, continuó escribiendo, investigando, desarrollando su propia obra. Y se convirtió en un gurú del antiprohibicionismo y en el autor de Historia general de las drogas, algo así como la Encyclopedie del asunto. Ahora, a los 70 palos, Escohotado es un señor de dulce mala vida que adosa a todos los cigarros una boquilla chiquita y nunca mira atrás. Tiene algo de lobo que observa con distancia lo que sucede afuera. No está exactamente retirado, sino al margen. Voluntariamente al margen... 

- Es mejor así... De la huelga general me he enterado por los periódicos, claro, pero dudo de que tenga mucha repercusión. Yo no sabía nada de sindicatos ni de la historia del movimiento obrero hasta que escribí Los enemigos del comercio. Entonces estudié el gran trabajo que sobre este asunto desarrolló el socialista británico Sidney Webb. Deduje que nada es lo que parece. La verdadera historia del movimiento sindical es muy profesional, muy de aristocracia laboral. La historia siempre te enseña más de lo que esperas de ella. Se dilata de una manera sorprendente. 

- ¿Y cómo percibes los movimientos sociales del último año? 

- Si te refieres al 15M y demás, con cierta distancia. Haber entrado con los dos pies en la tercera edad me permite mirar con mucha relatividad. En buena medida esas cosas me parecen un blablablá'. Cada tiempo tiene su charlatanería. No le encuentro contenido al movimiento. Falta profundidad. Echo de menos más estudio. Todas esas carencias provocan resultados vagos y reiterativos. Sé que los jóvenes están descontentos, pero no parecen conscientes de que nunca hemos estado mejor. Las generaciones anteriores han vivido, como mínimo, una guerra. Hay demasiada amnesia en esta sociedad. 

- Las utopías... 

- Son una soberana estupidez. Decía Ortega y Gasset que el utopismo no ha tenido la crítica que merece. No sólo es inactual, sino que es impreciso y absolutista. Quiere hablar de todo desde ningún sitio. El que ama la verdad ama la cosa determinada, lo concreto. Es decir: aceptas el mundo como es. 
- ¿No llegas así al pesimismo? 
- En absoluto. El pesimismo es una frivolidad. Una forma de confundir los males propios con los del conjunto. Soy hegeliano y aristotélico técnico-científico. Y creo que la naturaleza merece celebrarse. 

Antonio Escohotado fuma lento. Habla con una cierta elegancia de cansado. Como si tuviera la cabeza puesta en una isla perdida y en el sumario de la vida sólo importasen ya los viejos maestros y sus locos cacharros: el Parménides de Platón; la Física de Aristóteles; Spinoza, la crítica primera de Kant; la Fenomenología del espíritu de Hegel... «Y el que no conoce eso termina desarrollando un mal gusto que desemboca en Schopenhauer, Nietzsche y demás segundones», ataja con desafío. Tiene delante una reproducción en bronce de su cabeza a los 12 años. Entonces vivía en Brasil. Su padre era agregado de prensa en la embajada de España. Era un hijo único de catálogo con jeta de niño de escolanía. Un pimpollo que se dopaba leyendo la Enciclopedia Británica. La edad le dio pasión y aventura. Y así continúa. 

- Más que un pensador que va de comando autónomo he querido ser un profesor. Aunque mi gremio me quiere poco. La única vez que me presenté a cátedras, en 2006, me pusieron siete ceros... No he pertenecido a capillas, ni a grupos de presión. Desarrollé desde joven un alma autónoma. Y quizá se detesta mi pasión por seguir estudiando... Quien ama la libertad propia ama también la ajena, en vez de consentirse la obsesión perversa del control permanente. Eso nos lleva a observar cada vez menos y a profetizar cada vez más. 

- Algo tendrá que ver tu concepto de la vida y la defensa de las sustancias... 
- No lo dudo... 

- ¿Cómo fue tu primera experiencia? 
- Todo empezó con unos ataques epilépticos que sufría de adolescente. Para comprobar el alcance un psiquiatra decidió hacerme un encefalograma y me inyectó pentotal, un barbitúrico de acción ultrarrápida, quizá el fármaco con menos margen de seguridad. Y así, a los 16 años, descubrí un nuevo estado de conciencia, una nueva ventana desde la que mirar el mundo. Una década más tarde llegaron los ácidos... He acabado teniendo unas ideas ciertamente chocantes en esta materia, pero me abstengo de comunicarlas hasta que se publique póstumamente mi diario de bitácora, donde preciso posología y certezas. Será una cartografía de la intimidad. 
- ¿Qué temes? 

- Que vengan a quemarme la casa... La humanidad gestiona con tanta dificultad su placer, le tiene tanto miedo... Tras componer una historia de las drogas comprendí que había documentado una parte considerable del miedo a nosotros mismos, y ahora que termino una historia del comunismo comprendo que he documentado una parte no menos considerable del miedo a los demás... De la piel para dentro empieza mi explosiva jurisdicción, y no merece llamarse sociedad civil aquella donde no cunda el derecho a la extravagancia. Pienso en aquello que decía Spinoza: «Un cuerpo capaz de muchas cosas tiene un alma fundamentalmente eterna». 
- El miedo. 

- De pequeño me propuse ser valiente e inteligente ante todo, costase lo que costase. Observa cómo con la prohibición las drogas dejaron de ser instrumentos para trabajar más (usaban opio y morfina Goethe, Goya, Wagner o Bismark) y se convirtieron en coartadas para no hacerse frente a sí mismos, para declararse peleles. 
- ¿Uno vive ya de memoria? 

- Mirar hacia atrás nos convierte en estatuas de sal. Hace poco recibí el golpe más brutal: la muerte de uno de mis hijos... Pero huyo del resentimiento como del demonio. Aunque la historia sea mi pasión intelectual, y la memoria (Hegel dixit) la forma superior de la substancia, nuestra vida está para vivirla, no para consentirnos nostalgias. Aceptemos estoicamente su canibalismo, el hecho de que se alimente de ella misma. Para compensar ese tanto de truculencia se inventó el amor y su denuedo.

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