13 junio 2012

Annie Rothschild lo dejó todo por el jazz

Ninguna baronesa dio tanto que hablar. Kathleen Annie Pannonica Rothschild nació en vísperas de la Gran Guerra y tuvo una infancia mimada en mansiones con pérgolas, institutrices y criados de librea.

La hija pequeña del barón Charles de Rothschild, banquero por tradición y entomólogo por vocación, llevaba el nombre de una mariposa excéntrica por el capricho de su padre excéntrico, que se suicidó cuando Pannonica tenía 10 años.

Le dejó una fortuna y una colección de discos, gracias a la cual descubrió el jazz cuando esa música era desconocida en Inglaterra. Por entonces su pasión era el dibujo, se fue a estudiarlo a Munich en 1931 y allí descubrió la fobia antisemita. De vuelta a Inglaterra admiró la ingravidez de las mariposas, aprendió a pilotar y conoció a su futuro marido, Jules de Koenigswarter.

Vivieron en un castillo en el noroeste de Francia y tuvieron cinco hijos. Ella llevaba joyas y vestidos de alta costura, conducía coches deportivos y montaba a caballo en un mundo cosmopolita poblado por aristócratas, intelectuales y playboys. Aquel mundo se rompió por la guerra y la pareja atendió la llamada de De Gaulle a los franceses libres el 18 de junio de 1940 y los destinaron al África Ecuatorial.

Pannonica de Koenigswarter se convierte sucesivamente en agente de inteligencia, locutora en Radio Brazzaville y chófer militar.

Después de la guerra, Jules se hizo diplomático y fue destinado a México. Ella, poco preparada para soportar el papel de mujer de embajador, abandonó a su familia. Según relata su sobrina nieta Hannah Rothschild en un libro titulado The Baroness, the Search for Nica the Rebellious Rothschild (ed. Virago), todo empezó por una canción. En un viaje a Nueva York, un amigo le hizo escuchar el primer disco de Thelonious Monk Round Midnight. Para muchos, esa música era una maravillosa pieza de jazz, pero para Pannonica fue una señal del destino. Escuchó el disco 20 veces y perdió el avión de vuelta a México. No volvió nunca. Decidió cambiar a sus amigos de clase alta por una tropa de músicos negros nómadas y brillantes. Si aquella música era hermosa, los músicos que la hacían debían de ser hermosos también.

REBELDE CON CAUSA. Pannonica se separó oficialmente en 1952 y su familia la desheredó. Tenía 39 años. Se instaló en el Stanhope de la Quinta Avenida, un gran hotel junto a Central Park donde practicaba tiro disparando contra las bombillas. El gerente tuvo que advertirle: "No importa si da a nuestro personal, pero deje en paz a las lámparas". Meses después ya era una groupie de los jazzmen. En los clubes de la calle 52, noche tras noche, la baronesa se sentaba con Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jackson Pollock o Willem de Kooning para escuchar a Charlie Parker, Dizzy Gillespie, John Coltrane, Coleman Hawkins o Miles Davis.

De todos se hizo amiga y a todos los amadrinó con su hospitalidad y sus rentas. En su compañía y al volante de su reluciente Rolls Royce blanco, hacía la ruta de los clubes: el Five Spot, el Village Vanguard, el Birdland, el Minton's Playhouse y el Small's de Harlem. Sus amigos la llamaban Nica y se beneficiaban de su chequera larga y su entusiasmo profundo. Cuando la troupe pasaba por Broadway, los blancos se preguntaban qué hacían aquellos negros en un Rolls con una señora blanca.

La ironía era que llevaba tres años en Nueva York y no había encontrado al hombre que compuso Round Midnight. Condenado por posesión de heroína en 1951, Thelonious Monk había perdido durante siete años el derecho a tocar en los clubes de Manhattan. Ocasionalmente lo contrataban en Brooklyn o en algún tugurio fuera de la ciudad, pero aparte de eso sólo tocaba en el piano vertical de su cocina para una audiencia familiar. Como Nica no había dado con él, volvió a Inglaterra en 1954, pero cuando oyó que Monk estaba tocando en París, Nica voló a encontrarlo. Él salió al escenario ciego de marihuana y coñac e hizo gruñir el piano con su inimitable estilo discordante. Los críticos dijeron que era "un bufón", pero Nica quedó subyugada. Los próximos 28 años se dedicaría a él. Para ella, era "el hombre más bello del mundo. Un hombre muy grande, con un alma más grande".

Nica volvió a Nueva York. Tenía un piano en su suite y Monk lo tocaba con la concentración de un místico. No eran buenos tiempos para las relaciones mixtas y la baronesa ocupaba a menudo las portadas de los periódicos amarillos. Provocaba el escándalo y la mirada recelosa de los recepcionistas del hotel, que no soportaban el desfile de negros extravagantes y sus interminables jam sessions. En ese hotel lujoso, y con esa mujer hospitalaria por única compañía, murió Charlie Parker. Después el gerente le dijo a Nica que se fuera y se mudó al Bolívar. Ese mismo año de 1955 Thelonious y la baronesa fueron detenidos en un restaurante de carretera. Ella se puso a gritar para que no dañaran las manos del pianista. Al registrar el coche, la policía encontró marihuana. A Monk le retiraron durante dos años su tarjeta de cabaret, imprescindible para actuar en Nueva York; a Nica la acusaron de posesión de narcóticos.

Su hermano Victor Rothschild, exasperado por las presiones de los hoteleros, buscó una casa para Nica. La encontró en Nueva Jersey, en el número 63 de Kingswood Road, en Weehawken. Era una villa atalayada en una colina con espectaculares vistas al río Hudson. En comparación con las mansiones que Nica había conocido, era modesta. Cuando sus hijos llegaron para quedarse, su nuevo coche, un Bentley, quedó estacionado en la calle y el garaje pasó a dormitorio. La casa se convirtió en santuario para gatos. Eran más de 300. Monk bautizó el nuevo hogar como Catville. Él no amaba a los gatos, pero los consentía porque la amaba a ella.

También fue un refugio para músicos sin dinero y sin techo. Nica los retrataba con una Polaroid en su intimidad cotidiana. La baronesa sometía a sus invitados al juego de los tres deseos. La lista de ensoñaciones está publicada, junto a las fotografías, en el libro Les musiciens de jazz et leurs trois vœux (ed. Buchet Chastel) y dice mucho sobre la segregación racial que envilecía el sueño americano. Miles Davis sueña con ser blanco, Dizzy Gillepsie imagina "un mundo en el que no se necesite pasaporte", mientras Adderley reclama "que la discriminación racial sea barrida de la faz de la tierra". En todas las respuestas subyace el anhelo de dinero y reconocimiento. También, la profunda estima de los músicos hacia su protectora. Art Blakey, por ejemplo, expresa el deseo de "divorciarse para casarse con la baronesa".

Monk se encerraba cada vez más en su mundo y no se le podía dejar solo. Cuando murió su madre, el músico andaba en un tiroteo y se perdió el funeral. Un día se incendió su apartamento familiar y el fuego devoró sus fetiches, su piano vertical y sus manuscritos de música. Eso acabó por devastar su mente. Murió en 1982 y seis años después Pannonica siguió sus pasos en una operación a corazón abierto. Dispersaron sus cenizas en las aguas del río Hudson. Dejó cinco hijos, dos nietos, tres bisnietos y un largo rastro en el jazz, muchas de cuyas composiciones evocan su nombre. Entre ellas, Pannonica, de Thelonious Monk. La primera vez que la interpretó explicó al público: "Esta canción está dedicada a una mujer maravillosa con nombre de mariposa". Lo extraño es que nadie sabe qué tipo de vida llevaron; tal vez consumaron su relación, tal vez no.

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