09 agosto 2012

Cuando la cosa va mal y encima empeora

Dos efectos reveladores han producido las cercanas transformaciones políticas: el pensamiento de la crisis de un modelo social que ha sido incapaz históricamente de articular libertad y justicia y la culminación de la derechización ideológica, cuyos primeros desfiles pudieron contemplarse a comienzos de los años setenta.

Y si complicado resulta realizar un diagnóstico sobre el acontecer político, acaso debido a su interna pluralidad, no es menos difícil limitar el restablecimiento de una Palabra que viene reconquistando espacios perdidos. 

Lo que sucede en geografías tan alejadas, en sociedades tan dispares, como la URSS o Nicaragua no soporta un análisis que se pretendiera llevar a cabo desde parámetros usuales en un anteayer en el que la confianza en el método distorsionaba la realidad misma. Muy poco se puede decir, por otra parte, de la ofensiva ideológica de la tópica derecha.

Quizás no se puede ir más allá, por el momento, de archivar los síntomas, de subrayar la estupefacción que provoca contemplar cómo se ha convertido en normal e indiferente escuchar que Bush ordena a la contra nicaraguense que interrumpa sus acciones de exterminio y no pensar que ha sido la guerra uno de los factores determinantes de la marginación de los ideales sandinistas, cómo se ha normalizado la estigmatización de toda referencia crítica, cómo el espacio de las palabras prohibidas se amplía hasta atosigar. La vieja y pura exigencia, amparada en su crecimiento por los fervores ilustrados, sacralizadas por parte del idealismo alemán, de un horizonte siempre mejor para el orden social, ha quedado arrumbada bajo el peso satisfecho de la Palabra que asegura que lo presente, con sus insidias e injusticias, es ya, definitivamente, lo mejor. 

Hablar críticamente comienza a significar estar contra lo mejor, y, así, abogar por modelos sociales cuya supervivencia tiránica nos horroriza. Puede pensarse que situaciones tales, como las que he meramente apuntado, no son históricamente novedosas, que el tiempo parece burlarse en un juego interminable de vacilaciones. ¿No se hundieron, en efecto, las esperanzas populares en 1850? ¿No pareció quedar liquidada en 1871 toda posibilidad del Sueño? ¿No se cerraron los cielos en 1905? ¿No desmayaron las estrategias de la Tricontinental? La esperanza es a veces, como el opio: encanta adormilando... Por el contrario, es más cierto que lo que vivimos no admite parangón con situaciones históricas pasadas: se trataron, entonces, de guerras perdidas y se trata, ahora, de una agonía que no es tanto efecto de la superioridad del ejército enemigo cuando una metástasis provocada por el cáncer interno.

Detrás de esta vana esperanza que remite al pasado para no liquidar todo futuro, alienta todavía la creencia en el valor y pureza de un modelo y de una estrategia para la transformación, y a la postre, la defensa de un diagnóstico social y crítico cuyos términos generales se consideran vigentes. Por esto mismo, sólo se acierta a repetir el balbuceo que vincula la crisis política e ideológica a procesos de burocratización, a virus degeneradores de lo que, bien mirado y aséptico, hubiera conducido al paraíso y no a la tiranía. Detrás de esta vana esperanza, late la convicción de que una más generosa alianza de clases habría evitado los efectos degenerativos y de que, en consecuencia, conducirá a una inapelable transformación social: hoy por hoy, sin embargo, desde las iniciativas adelantadas por el XXII Congreso del PCF hasta la más antigua estrategia que abanderó hasta el final de sus días E. Berlinguer, nada parece auspiciar que la superación de la crisis de los movimientos de transformación pase por ahí.

Marx se retiró a pensar después de la derrota del 50. Largo paréntesis de silencio durante el cual, como es sabido, no permaneciera ocioso. Su intención y sus esfuerzos se canalizaron en favor de fundamentar renovadoramente las estrategias de transformación social: sus ofertas teórica y política, maduradas durante el inacabado exilio londinense, y que intenta articular cuidadosamente, son las que han inspirado buena parte de los procesos revolucionarios del siglo XX. Y los anales del desastre que hemos vivido, como se ha apuntado, tienden a valorar la aplicación del modelo de Marx para concluir críticamente en relación a su puesta en práctica: el estalinismo o la esclerosis de una táctica que resulta anacrónica dada la naturaleza de los órdenes contemporáneos son los recursos que desembocan en el diagnóstico de burocratización del Estado socialista o en la exigencia de remodelar el cuerpo del Sujeto de la transformación social, como requisitorias para garantizar la propia posibilidad del socialismo.

Ahora bien, ¿y si fuera el análisis realizado por Marx, del que deriva el modelo de Revolución y que determina el horizonte del comunismo lo que ha posibilitado la opresión de los históricos Estados socialistas? ¿Si lo que hubiera de repensarse no es la adaptación del discurso del Marx a las condiciones contemporáneas que determinan la sociedad burguesa sino el propio análisis y las derivaciones políticas que lleva a cabo Marx? ¿No podría concluirse, entonces, que Marx constituye el proletariado como sujeto de la transformación social en detrimento de otros sectores sociales tan interminablemente masacrados por la lógica del Capital y sus derivaciones? . ¿No podría concluirse, entonces, que la función del Saber, que renueva en Marx los ecos ilustrados, idealistas y jacobinos, si bien no exenta de contradicciones, diseña el cuerpo de una minoría profética que es vocera de la Verdad y cuya palabra emerge como indiscutible, por cuanto ella es y se legitima como exclusiva intérprete de la misma? ¿No debiera repensarse, entonces, el carácter de la permanente contradicción entre necesidades del pueblo y urgencias políticas en el marco del socialismo?

En nada afecta la nómina de interrogantes, que bien pudiera alargarse, al diagnóstico crítico que Marx realiza de la sociedad burguesa, y que opera sobre la convicción de un Reino mejor; en nada afecta al Sueño de un horizonte la redención, que Marx, sin embargo, presentara con la frialdad del experimentador. Me parece afectar, esencialmente, a las posibilidades de culminar un juicio riguroso sobre los acontecimientos vividos y de pensar de nuevo, radicalmente, los términos de la superación capitalista. El tiempo de silencio no será infecundo: de serlo, enterrará el Sueño mismo que no ha dejado de ser tan amado como escarnecido desde hace doscientos años.

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