22 septiembre 2012

Ni hormiga ni marica

Creo que la polémica de Edith Cresson a dos bandas, contra la homosexualidad anglosajona por una parte y contra las hormigas japonesas, por otra, está llena de enseñanzas para cuantos se interesan por la antropología cultural.

Es sabido que las identidades culturales se forjan a partir de diferencias, a partir de lo que no se es, que acaba por acotar lo que se es. Se es blanco cuando no se es negro, amarillo, cobrizo o aceitunado. 

Y se es cristiano cuando no se es judío, mahometano, budista, politeísta o ateo. Edith Cresson, que pertenece a la estirpe de políticos franceses orgullosos de su nación, historia y psicología, como una heredera de la arrogante galofilia del general De Gaulle, ha querido definir la grandeza de las esencias nacionales francesas afirmando sus diferencias en relación con la homosexualidad británica, más allá del canal, y con la austeridad japonesa, más allá del océano. Son dos referencias que señalizan aquello que un buen francés jamás debe ser.La aversión de Edith Cresson a los homosexuales anglosajones tal vez tenga una lejana explicación freudiana. 

O tal vez sea culpa de aquel presunto novio londinense de un fin de semana que, a la hora de la verdad, le resultó rana. A veces las actitudes políticas nacen de secretos episodios de la vida privada, de traumas y frustraciones de la vida íntima.

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