25 octubre 2012

El Viva la Virgen andaluz

Antonio Hernández es un amador profundo de su Andalucía natal.

Como poeta, ha impuesto su alta personalidad en el amplio círculo actual de la lírica sureña por su intenso y personal lirismo, pleno de vitalidad y de maestría, desde la aparición, en 1965, de su primer libro El mar es una tarde con campanas. Hace unos meses apareció su última obra, Campo lunario, que no solo significa, por ahora, la culminación de su quehacer poético sino uno de los más sobresalientes poemarios de la presente temporada. Si Andalucía y lo andaluz conforman el ámbito de la inspiración lírica de este gaditano de Arcos de la Frontera, también su obra como prosista tiene sus raíces en los hombres, el paisaje y el alma de su tierra. Esta parte de su obra literaria cuenta hasta este instante con tres títulos: Nana para dormir francesas y Goleada, una novela y una colección de relatos a los que hay que sumar Volverá a reir la primavera, otra creación novelesca recientemente editada.

El territorio en que se ubica este último libro es Andalucía la Baja, allí donde las viñas infinitas llegan hasta el mar. Se trata de una novela de escritura barroca, levantada, repleta de airoso lirismo que, sin embargo, no obstaculiza una lectura risueña y fácil y un tratamiento esperpéntico que gira sobre tres personajes, uno de ellos femenino, la jaquetona Cinthia, y dos masculinos, el «vivalavirgen» Tío Andrés y el redomado señorito andaluz Alvaró Calvo. Los tres aparecen condicionados por la oscura situación creada por la victoria franquista en la guerra civil, a lo largo de los años cuarenta y cincuenta, en los que se produjeron tantas acomodaciones y tantos fracasos -aparte el ambiente de suprema . represión- entre los que aspiraban a instalarse entre las fuerzas vivas locales que no dejaban acceso a los recién llegados, o que intentaban llegar, al escenario de los privilegios.

Tío Andrés es uno de los trepadores porque se siente vencedor y en su impulso ascendente descubre la posibilidad de servirse de Cinthia, frente a la actitud oponente de Alvaro, para instalarse en sociedad y en riqueza. Hernández describe certeramente el contenido cultural, social y político de las fuerzas triunfalistas yuxtapuestas entre los que llegaron a la victoria ya situados arriba y los que se les arrimaron con la pretensión de igualarse a aquellos.

Tío Andrés se encuentra en esta situación con su «gracia gamberra», su tendencia de pícaro impenitente y su ética vacía como una jaula sin canario. El autor sigue paso a paso a su protagonista en tanto va presentándonos las tensiones, los codazos, la retórica de charanga, la careta satisfecha y mala uva de una sociedad más aparencial que sustantiva. Volverá a reir la primavera, no obstante, es un libro gozoso, tanto por el ánimo de quien lo escribe desde el ácido esperpéntico como por la escritura en sí misma seguida como una sucesión de borbotones plásticos desgarrados. Con la aventura de Tío Andrés, Antonio Hernández ha conseguido un libro exuberante literaria y humanamente, ricamente escrito, del que hay que esperar que consiga o supere el éxito obtenido con su anterior novela y sus relatos breves.

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