13 octubre 2012

Las frustraciones de Sodoma y Gomorra

Los astros no parecen ser muy favorables en este febrerillo loco, tal como señala un editorial con tono de francotirador crítico de El Independiente: «Hace sólo un año y medio nacía este Gobierno bajo Los mejores auspicios de las estrellas. Para los hombres del poder pintaban oros. Crecimiento económico, mejora del paro, estancia en la Europa comunitaria, simbólico entierro de los GAL, control de la gran prensa, con la añagaza de las concesiones privadas de televisión» y hasta «González jugaba a estadista europeo a la espera de su presidencia comunitaria, mientras sus amigos y aliados en el mundo de las finanzas, Cartera Central y BBV vivían en el esplendor de su imperio en pos del liderazgo absoluto de la gran banca».

Sin embargo, a pesar de tener los hados a su favor dejaron pasar la oportunidad o las fuerzas extrañas les desbordaron. Lo cierto es que todo, o casi, les salió rana. El Independiente lo sintetiza con precisión: «Se cumplió la profecía de la huelga general. Fracasó la negociación con ETA. La oposición recobró el aliento, los nacionalistas desenterraron la autodeterminación y la prensa abrió su abanico, mientras en la pirámide del mando único los sacerdotes, escribas y líderes de locales mostraban su disidencia»

¿Corno pudo suceder todo esto? ¿Como :han caído tan bajo?. El rotativo madrileño se contesta a sí mismo: «La respuesta es simple: la ceguera y la ambición de un poder monolítico y personal». Lo otro, el «affaire» de Juan Guerra no ha sido causa sino efecto, punta de iceberg o en todo caso la guinda. «Y en medio del desplome del poder felipista, el peso de la corrupción, como una guinda de acero, deshizo la tarta». De ahí que no sea extraña la aparición de personajes que denotan frustración, gente en la cuerda floja, cuya ejecutoria profesional queda marcada por el excesivo peso de la servidumbre política.

«.Que está ocurriendo?» le pregunta Feliciano Fidalgo a Leopoldo Torres en El País y el fiscal general contesta: «Que la frustración electoral lleva los problemas fuera del Parlamento». Torres dice luego que no se imagina a Alfonso Guerra en la cárcel «porque conozco su honradez», que si Guerra dimite, él sigue; y que lo de Juan Guerra pudo ocurrir en cualquier otro país. Respecto a la querella contra el fiscal general confiesa que dar la orden no fue un plato de su gusto, que no quería atacar al periódico y que «tuve un impulso de resistencia, que vencí yo mismo». Cuando alguien le ha comentado al presidente Felipe González «Querellarse es pueril» -según refiere Fidalgo- Leopoldo Torres replica: «Quizá él lo ha pensado». Frustraciones, estupores.

La democracia, a veces, está llena de ellos. Sobre todo si el poder se apuntala con contrafuertes de ciega adhesión, no sometidas a la razón crítica. No se puede olvidar, como recuerda Miguel Delibes en ABC que «la democracia es una cuestión de garantías, no de fe» parafraseando al Vaclav Havel de la revolución de Praga del 68. A diferencia de los dogmatismos totalitarios. Así lo confiesa en una larga entrevista el director de cine greconorteamericano Elia Kazan a Juan Pedro Quiñonero en ABC: «El comunismo es una mentira». Si bien, luego da rienda suelta a sus contradicciones internas: «Ya no soy anticomunista. Hoy nadie sabe lo que es el comunismo. Me gusta lo que está pasando en Europa».

El director de películas como «América, América» o «La ley del silencio» está cansado del viejo sanbenito de «chivato» que se le colgó en la época de la caza de brujas: «Yo no conozco al diablo. ¿Lo conoce usted? Yo trabajo duramente todos los días. Si habla usted de Hollywood y la venta de mis películas, es usted un estúpido ...iYo nunca vendí mi alma a nadie ...! Siempre he sido un hombre libre, tenga cuidado conmigo». El que sí conoce el infierno, o al menos teme la lluvia de azufre que se acerca otra vez, es el habitante de Sodoma y Gomorra, tal como cuenta Manuel Vicent en un mini ensayo sobre la honradez en El País. «En Sodoma y Gomorra -explica- también había buenos ebanistas, honrados panaderos, comerciantes que vendían las legumbres a un precio razonable. Si Dios no encontró allí un hombre justo fue porque sólo leía la prensa amarilla, que alimentó su cólera hasta cegarlo». El paralelismo político con la encrucijada actual no puede ser más evidente.

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