12 diciembre 2012

Alfonso Guerra entre pico y valdemoro

Entrar en Sevilla,Con dos días de retraso, como los ultras que han pintado Madrid, Alfonso Guerra va a entrar el domingo en Sevilla como Tejero entró en el Congreso: escoltado por sus incondicionales y dispuesto a gritar «toda la canalla al suelo» en cuanto el Parlamento de papel se soliviante. Anda el vicetodo preocupado por los «vendavales antidemocráticos, lo mismo que andaba el teniente coronel alterado por la tormenta democrática que arrasaba con sus viejos esquemas. El dirigente del Partido Socialista empuña la palabra de la misma manera que el mando de la Guardia Civil blandía su pistola.


¿Aparecerá en escena un Rojas Marco dispuesto a emular la figura de Gutiérrez Mellado levantándose entre la masa de asustados y colocando la dignidad en su silueta puesta en pie? Los preparativos se han hecho con sigilo y esmero, entre los más aguerridos y dispuestos de la tropa. Los autobuses tienen los depósitos llenos y los motores a punto. La consigna se ha transmitido a todas las Casas del Pueblo a lo largo y ancho de la geografía. Las órdenes emitidas desde Madrid son muy claras: apoyo táctico al principio, para salir a la calle y dar testimonio de fe allí donde haga falta. ¿Se presentará el «elefante blanco» para liderar el movimiento a la sombra de la Giralda? ¿Le obedecerá Guerra o, por el contrario, la insumisión frustrará, al final, todo el plan? La «trama interna» del PSOE va a estar pendiente de los medios de comunicación para «subirse» a uno de los dos trenes que este domingo se cruzan en Sevilla, estación término.


Va a entrar Guerra en Sevilla como si de la nueva Jerusalén se tratara. A lomos de un borriquillo y con palmas saludando al mesías socialista. Sabe que cada paso que da le acerca al Calvario de la pasión y que no puede dejar de darlo. Su destino está ya escrito como estaba escrito hace dos mil años. Su sacrificio es la ofrenda por ocho años de poder y otros tantos de esperanza. El es el cordero, el hermano bienamado, el hijo pródigo que vuelve a casa. Entre los que le aplauden están los mismos que le condenan. Las mismas manos que sujetan los ramos de olivo sujetarán los clavos con que le van a crucificar, en público y como expiación de todos los pecados de la clase política, que siempre ha creído en sus milagros y que, ahora, le pide el más difícil: que resucite entre los muertos por el tráfico de influencias, que castigue a los enemigos y vuelva a colocar a su tribu entre los elegidos. Ha pasado sus cuarenta días en el desierto y la condena del Sanedrín no ha hecho, como hizo entonces, que Poncio González se lave las manos.

Al contrario, ha unido su suerte a la suya, en un testimonio de fe que puede cambiar la historia ¿Cargará el Cirineo con la cruz de Barrabás, finalmente condenado por la multitud? Pero, ¿quién es hoy el zelote prisionero de las legiones romanas? En la Moncloa de los olivos mira a derecha e izquierda y pregunta a los fieles: a «Pedro» Benegas y a «Juan» Delgado: ¿dónde está mi Judas? La espada del que negará tres veces se ha desenvainado y «Magdalena» Conde riega con sus lágrimas el suelo que pisa. El Guadalquivir es un pequeño Tiberiades en el que Juan y Adolfo Guerra descargan el milagro de los peces.

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