18 marzo 2013

La niña de Betania

En Betania de Judea, aldea de los alrededores de Jerusalén, eratiempo de festejo. Ese día de Nisán se celebraban las bodas de Dan, hijomayor del alfarero Natán con Sara, hija de Zacarías. Él acababa de cumplir dieciocho años; ella no llegaba a los catorce. 

Aunque las familias de ambos vivían muy alejadas Dan había nacido en Betania; Sara, en Jericó se conocían desde hacía mucho tiempo, pues Sara acostumbraba subir a Jerusalén con su madre, Miryam, que era viuda, y sus tres hermanos mayores para las grandes celebraciones religiosas. 

En esas ocasiones, se alojaban en Betania, en casa de Eliezer, el herrero, hermano menor de Miryam. Con el correr de los años, la niñita de ojos negros y largos cabellos rizados se había transformado en un ser de silencio y de luz. Su rostro de contornos juveniles, su mirada confiada, su boca bermeja conmovían más el corazón que los sentidos. 

Era de talla pequeña, con hombros menudos, senos apenas formados, miembros tan delicados como los de las gacelas. Pero sus caderas torneadas, como los flancos de un cántaro moldeado en el torno, parecían garantizar su fecundidad. 

Todos sus gestos traslucían modestia y un espíritu piadoso. Natán solía compararla con la brizna de mirto, que aunque invisible, perfuma toda la casa. Dan había reparado en la niña que subía a Betania tres veces al año para celebrar a su Dios en la Ciudad Santa. Sin duda, no había permanecido insensible ante esa belleza que, sin ser espectacular, respiraba ternura y gracia. 

Pero no era de esos jóvenes que expresan sus sentimientos en voz alta. En cuanto a Miryam, veía con ojos favorables la unión de su hija con el hijo mayor del alfarero de Betania. Hacía tiempo que sus hijos se habían casado y ella ya tenía una edad avanzada; le parecía urgente casar a esa hija de trece años nacida tardíamente. La boda fue fijada para la primavera, justo después de la Pascua. 

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