23 abril 2013

La maldición de Albert Pla

Quienes tienen al bueno de Albert Pla por un provocador escatológico al que merece la pena seguir la pista siguen quedándose con la boca abierta con cada nuevo espectáculo que monta. Se trata de gente avisada, consciente de que reír sus exabruptos, sin más, significa no entender la inmersión que nos plantea en nuestros propios secretos de alcoba, entre los ácaros y sueños prohibidos que guardamos bajo la cama. Es más, resulta que sus actuales Canciones de amor y droga llegan a preguntarnos si no escondemos, aparte, cadáveres en el armario...

Esta vez Albert Pla ha escogido la memoria de Pepe Sales, mejor pintor que poeta, para reciclar artísticamente materiales de derribo. Pla continúa siendo el más moderno, porque su propuesta se apoya en la máxima economía de medios, para el tratamiento ecológico de los sentimientos espurios, bastardos e inconfesables, que rebosan nuestros basureros. ¿Cuántos artistas, a día de hoy, pueden permitirse el lujo de esculpir arte de la basura? Un par de sillas, una cruz de farmacia, un columpio y un alambique de transfusión sanguínea le bastan a Pla, sobre el escenario, para representar la fantasmagoría de Pepe Sales, que murió de sida en 1994, con 40 años, dejando aullidos de heroinómano y lacerante sexualidad, textos inéditos, malditos y catárticos, como cajón de sastre. Y, metidos en faena, Albert Pla le dedica a Pepe Sales una dinámica teatral, cuyo punto álgido no está en el pico que el cantautor catalán simula prepararse... Eso ya lo hizo Lou Reed hace décadas.

Los recitados de Pla, las canciones que deconstruye a zarpazos de guitarra eléctrica o nana de ultratumba, su gesticulación psicótica y su obscenidad se articulan en un discurso escénico, que no admite la interrupción de aplausos. Y, además, se ve escoltada no sólo por el derroche de imaginación expresionista y minimal del dramaturgo Alex Rigola, sino también por la figura desnuda de Judit Farrés, que toca el clarinete, maneja los platos de DJ y refuerza o matiza las interpretaciones cada vez más corporales de quien comenzó dándose a conocer como cantautor.

¿En qué se parece su figuración a la que Nancho Novo hizo hace años, sobre el mismo escenario, de Transpotting? En que ambas dan rienda suelta a sus conductas más instintivas, para recrear el submundo de la chuta. Con todo, el espectáculo de Pla resulta polisémico como ninguno. Frente a él, cabe la lectura a risotadas del público convencional, el morbo del snob y el escándalo de los bienpensantes. Y, desde luego, el distanciamiento brechtiano, que lleva a desglosar su continente y contenido, su catarsis, fondo de catálogo surrealista y existencialismo. Las Canciones de amor y droga se han prorrogado en cartelera, así que no conviene desvelar nada más...

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