28 mayo 2013

Estando con la mujer feliz

Hasta los espíritus menos livianos, los practicantes de la seriedad forzada, y los que le exigen al cine profundidad moral y militancia redentora, no podían disimular su sensación de deleite, de haberse reído, de haber disfrutado con el excepcional programa doble formado por Se vende un tranvía y La mujer feliz. La primera es un cálido, ingenioso, divertido corto de veinticinco minutos de duración rodado por Berlanga y Estelrich en 1959. Existe en él ese inconfundible aroma en blanco y negro, esa credibilidad de personajes y situaciones, esa gracia desbordante y esos actores espontáneos y pintorescos que caracterizaron al mejor cine que se ha realizado en este país, un cuarteto formado por Plácido, El pisito, El verdugo y El cochecito. No es casual que el guión de Se vende un tranvía, la historia de una estafa y un fracaso, venga firmado por Rafael Azcona, un cerebro que compagina humanidad con crueldad y una inventiva admirables.

La mujer feliz, que clausuró la serie de TVE La mujer de tu vida, es una comedia perfecta. Se desarrolla en torno a la suplantación que lleva a cabo una señora muy cínica de la personalidad literaria de su amante, al que tiene oculto en su propio domicilio, ya que la dama está casada. Este complicado argumento, abarrotado de los mejores equívocos y de diálogos llenos de ritmo, está resuelto por su director José Miguel Ganga (autor de la «maldita» y nunca estrenada Rumbo Norte) con la madurez y la inteligencia que evidenciaría un veterano autor de comedias. Carmen Maura vuelve a regalar lo mejor de ella misma: la entrega, la energía, los infinitos matices, la gracia y seducción intraspasables, de una actriz magnífica, a condición de que los papeles que le ofrezcan tengan carne. Antonio Banderas, Juan Luis Galiardo y Mario Gas también están a la altura. La única limitación de La mujer feliz es que tan sólo dure una hora. A Ganga le sobra talento para envolver al espectador a lo largo de la estructura de un largometraje.

El exotismo ha estado representado por una película rodada en Burkina Fasso, y titulada La abuela. Comprendo el interés de la crítica por descubrir perlas en medio del subdesarrollo, la pureza y la frescura que encuentran en culturas inéditas para los corrompidos ojos occidentales. Pero a mí este retrato costumbrista de una aldea africana, la certidumbre de que sus pasiones guardan estrecha relación con las nuestras, los planossecuencia protagonizados por una gente que habla y grita a toda leche, la uniformidad del cansino tono narrativo, y demás cuestiones de estilo y de fondo, sólo me provocan el amodorramiento embrutecedor. No entro, no llego, no me enterom estoy incapacitado para gozar con lo involuntariamente marginal. 

El cine israelí se olvida de la publicidad nacionalista y de las consignas en la estremecedora El verano de Aviya. Es una crónica poética de la terrible iniciación vital de una niña, y de la progresiva locura de su madre, una experta en supervivencia que no puede impedir el derrumbe final, el pago de la factura. El director Eli Cohen, la guionista (quye recrea su propia biografía, sus catárticos recuerdos de infancia) y actriz Gila Almagor, y la expresiva, maravillosa niña Kaipo Cohen, transrniten sensibilidad dolorosa y dolorida, ritos iniciáticos, calor, comprensión absoluta de ese universo inquietante y definitivo que marca la vida futura, y que llamamos niñez.

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