29 junio 2013

Freud y Marte

Esta vez le ha tocado a Aldridge. La semana pasada, a Polster. Ultimamente, a Hugo le colocan enfrente -o a la espalda- a la crema de los goleadores de la Liga española, todos ellos foráneos ejemplares de cazadores o, para los defensas, de piezas de caza, que todo hombre tiene dos caras y dos lecturas. 

Debe de ser un homenaje del calendario al mexicano. Sus compañeros-colegas-rivales lo reciben o lo visitan en una rueda de bienvenida-despedida; en una suerte de cotejo-corteo, de predisposición amoroso-guerrera en las que la comparación directa contiene grandes dosis de pleitesía, de deseos de emulación y, a la vez, de propósitos de reafirmación propia, de rebeldía frente a la figura dominante del «sublime» y «abyecto» Hugo. 

Hugo, objeto de deseo, de culto y de pulsiones homicidas. Hugo, el padre dictatorial o bondadoso al que se respeta y quiere, pero al que, de todos modos, hay que matar psicoanalíticamente. Hugo, el hermano mayor al que se admira pero se desea desterrar de la casa para que no nos anule su status de favorito. Hugo, el gran amante que se pavonea gimnásticamente ante las porterías después de desflorarlas, y al que es necesario emascular simbólicamente para que no posea también a las nuestras. Hugo, cachorro de Marte y Freud, émulo de Casanova, pero también de Peter Pan, porque los goleadores se conservan en eso, en goles, amparándose en las propiedades hibernadoras de éstos. Los goles prolongan la infancia. Los goleadores sólo envejecen cuando los goles los traicionan. Entonces les caen encima los años que tienen, o se les anticipan los que aún no han cumplido. 

Pero los goles también convierten la traición en un servicio pagado con dinero y, sobre todo, con bulas e indulgencias. Cantan la canción del olvido y modifican la dirección de la rosa de los vientos. Y, si no, que se lo digan a Aldridge, llegado a San Sebastián para ejercer de «condottiero», de elemento demoledor de una historia de virginidad tribal, y hoy convertido, por la elocuencia persuasiva de los goles, en el hechicero jefe. Aldridge ha roto el mito del extranjero empalado por hollar terreno sagrado, y ha reforzado el del forastero venido del otro lado del mar o del espacio para reinar sobre una comunidad anquilosada por su tradición o sus convicciones. Pero, niños perpetuos u hombres aniñados, aborígenes o extraterrestres, los goleadores pertenecen, en su diversidad, en sus rencillas o sus competencias a menudo excluyentes, a una fraternidad universal e intemporal. 

El liderazgo europeo de Hugo es, en parte, el de todos los que juegan en España. Hugo les ha proporcionado, por proximidad, por comparación, una aureola adicional. Aldridge y él se miraron ayer y se reconocieron. Y, aunque el irlandés fue un jugador estepario, se identificaron en una confusión armoniosa de rostros, siluetas y misiones. Hugo Aldridge y John Sánchez. Los extraños, los mercenarios, los indescriptibles eran los otros, los de los demás puestos. Sobre todo los porteros.

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