01 julio 2013

Bob Hoskins el hechicero enigmático

Bob Hoskins, con su apariencia de hombrecito anónimo, de tonelete resignado, es capaz de aglutinar la mejor energía, nervio permanente, la intensidad y el ritmo que caracterizan a los grandes actores. Su estatura mínima y su exceso de kilos no le impiden chupar planos a los más guapos y a los expertos en coquetear con la cámara. Hoskins posee recursos dramáticos y vena cómica, violencia interna y humanidad de primera clase. 

Su trabajo como actor garantiza siempre la calidad. Por ello, resulta innecesario y levemente decepcionante que se haya planteado la necesidad de ofrecernos sus esencias como creador en esta cosita torpe y pretendidamente lírica, llamada El enigma del hechicero. El universo de este «autor» total se inclina hacia el naturalismo con toque poético intentando extraer magia de la sordidez. Hoskins, se inventa un microcosmos racial (una tribu de gitanos en un territorio en guerra), marcado por los rituales y especializado en supervivencia. La descripción sicológica de esta gente y el canto a la pureza, al vitalismo sin contaminar, huelen al folclore más rancio, a épica facilona, a defensa simplista de los buenos sentimientos. 

Aquí, enigmas y hechizos están despojados de fascinación, resueltos con una sonrojante galería de tópicos, con la tosquedad de un albañil ilustrado que ha decidido convertirse en arquitecto. Imágenes, situaciones y diálogos, resultan previsibles a lo largo de todo el desarrollo. La desolación y el espanto que lleva implícita cualquier guerra, los amores problemáticos, las esencias y el colorismo de los nómadas vocacionales, la poética del desarraigo, la solidaridad que establecen los marginales para defenderse, la vulnerabilidad de los adolescentes sensibles ante las atrocidades que impone el mundo adulto, todo está descrito con blandenguería efectista, con postalitas costumbristas, con lirismo forzado, sin humor y sin talento. Hoskins, que conoce todos los secretos del arte de actuar, se limita a crear involuntario esperpento con el trabajo de sus colegas. 

Al inquietante Dexter Fletcher le coloca una expresión de lelo atormentado, y al resto de los civilizados gitanos les disfraza de ejemplares pintorescos. El, como siempre, lo hace muy bien. Lo peor de esta película es que va de sincera, revelando en cada uno de sus relamidos planos que el director se ha tomado en serio lo que narra. Como dato curioso, el responsable de la producción ejecutiva es George Harrison, y el feroz Ian Dury interpreta con sobriedad a un tullido bondadoso.

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