15 octubre 2013

La infancia de Fernando Tejero

Cuando Fernando Tejero cumplió 14 años, su padre le dejó las cosas bien claritas: "¿Estudias o trabajas?". No, el señor Tejero no le estaba enseñando a ligar. El tema era más prosaico. "Cuando acabé la EGB mi padre me preguntó si quería seguir estudiando. Yo le respondí que lo que quería era ser actor. Así que él me dijo: ‘Pues a trabajar’". Así empezó nuestro protagonista en el noble oficio de la pescadería. O bueno, no del todo. "Mi padre tenía una pescadería en Córdoba y yo me puse a ayudarle. Decir que trabajaba es mucho, pero con el tiempo sí que aprendí un oficio del que me siento muy orgulloso. De hecho estuve otros 14 años ganándome la vida con ello".

Si alguien cree que cualquiera puede ser pescadero, está muy equivocado. Sólo hay que echar un vistazo a la foto tomada en la pescadería de El Corte Inglés, de Bilbao, y ver cómo empuña Tejero el cuchillo. Ni Rambo con el machete, oiga. "Yo con el tiempo aprendí a limpiar muy bien el pescado. En eso me considero un gran profesional. Hoy en día aún lo hago en casa. Cuando compro algún pescado y me preguntan que si me lo limpian, les digo que no. No veas qué filetitos puedo sacar para hacer sushi. De una dorada muy pequeña hice unos filetitos... y no sabes lo difícil que es".

Manejar el cuchillo no es la única dificultad de cara al oficio, que el actor tuvo que superar. "Hay que saber ir a comprar el pescado y en las subastas te pueden meter gato por liebre". Para evitarlo, el actor aprendió más de un truco. "El brillo de los ojos y de la piel es fundamental para saber si está fresco. Luego hay que tener cuidado porque hay pescado que se queda sin brillo porque se está caducando, pero si tú le echas agua por encima el brillo le vuelve, con lo cual hay que saber si ese brillo es natural o postizo... Y también hay que estar pendiente de las almejas y los mejillones. Hay que ver que estén abiertas pero que sigan todavía vivas, si están más abiertas de la cuenta es que están muertas".

Otros aspectos de la profesión los llevaba bastante peor. "Mi padre quería que yo pregonara los productos. ¡Almejas a no se cuántos! Él lo hacía muy bien, sacaba sus propias rimas y chascarrillos. Yo, en cambio, me moría de la vergüenza". Resulta paradójico que mientras la timidez se apoderase de él en el mercado, soñara con subirse a las tablas de un teatro. "Yo siempre tuve muy claro que lo que quería era ser actor".

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