23 enero 2014

A los hombres no les gusta que se le note que son coquetos

Nunca lo que nos espera se desvanece antes de que lo encontremos.Es la regla de oro que suele observar el destino. Hay otra más: le gusta jugar al escondite y, por eso, lo que aguardamos pocas veces coincide con lo que nos ocurre. Lo que esperaba Nuria Romero era ir a la universidad y hacerse psicóloga; lo que le aguardaba era seguir los pasos de su padre, que era barbero. A los 15 años ya esgrimía las tijeras sobre las híspidas cabezas de los hombres, que la miraban con recelo o rehusaban sentarse con ella. Ese escarnio la hizo perfeccionista. Su camino de excelencia fue largo. 

La vieron con navajas, cepillos y tijeras, como a los músicos precoces con las escalas del piano. Trabajó para cadenas de peluquería masculina, estudió en academias y, tras una sucesión de desencuentros, hace tres años abrió su propia barbería junto al parque del Retiro madrileño. Pasaron los malos tiempos, que prepararon el advenimiento de otros mejores.

«Ahora voy a empezar a hacer estilismo de caballeros, o sea, el oficio tradicional con unos toques de sofisticación. Cada hombre tiene sus gustos y su contexto social, y detrás de él hay una mujer que trata de influirle. Yo soy un poco psicóloga; de hecho, estudio la carrera en la UNED, y trato el pelo como la materia para una escultura.» Nuria se siente díscola y artista, y peinar es el arte en el que decanta su talento. El pelo es importante, como prueba el hecho ominoso de que todos los despotismos roben la dignidad de hombres y mujeres afeitándoles la cabeza.Los griegos sacrificaban sus cabellos a los dioses como sucedáneos de sus propias vidas y Nuria Romero ofrenda a la belleza creaciones capilares singulares e irrepetibles. Distingue los pelos por su textura, su color, según sean cortos o rizados, largos o alborotados, lacios o lanosos. Los leones tienen guedejas y los pollitos, plumón; así ocurre con las personas. Esa diferencia es un desafío que Nuria convierte en esplendor de cabezas y gloria de cabellos.«Soy rebelde, no me corto un pelo y, por lo tanto, audaz. 

Si tengo confianza, me gusta decidir por el cliente cuando duda.Me arriesgo, pero siempre gano. Adoro los casos difíciles. Los hombres son mucho más coquetos de lo que simulan, pero intentan que no se note. Los jóvenes son más atrevidos, sufren menos la presión de sus mujeres, de sus madres, de sus hermanas.» Le pregunto por qué hay tan pocas barberas y dice, sin pelos en la lengua, que «no es por la desconfianza masculina, sino por los celos de las mujeres. Estas recelan de la proximidad que su hombre pueda establecer con una peluquera». Para ella, el pelo es como un libro abierto, no sólo diagnostica maneras de ser, sino también infecciones dentales o estados de ánimo. Sus vocaciones múltiples -los libros, el teatro, el cine o la naturaleza- son escenarios en los que vampiriza algo que luego volcará en el arte suyo de todos los días.

Nuria Romero tiene 32 años y es ambidextra, lo cual multiplica su capacidad de prestidigitación con cepillos, tijeras o navajas.Disfruta perdiéndose en la montaña y añora la estética de los 70, que ella conoció mucho después. Inquieta hasta la ciclotimia, anda pensando en matricularse en Filosofía pura.

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