28 marzo 2014

One Direction y las hormonas disparadas

El fenómeno está a punto de estallar: cuatro chavales de Liverpool, con sus trajecitos y sus cortes de pelo estilo bob, publican el 22 de marzo su primer álbum, Please, please me. Con The Beatles, los nuevos aires que refrescan la cara de la sociedad alcanzan la música, que a partir de entonces empezará a conocerse como pop (de popular, esto es). 

La explosión fan está a la vuelta, lo mismo que la cantautora/protestona: también es el año de The Freewheelin’, el segundo disco de Bob Dylan (incluye la icónica Blowin’ in The Wind), que se pasea de la mano de Joan Baez, guitarra en ristre, por manifestaciones como la Marcha por el Trabajo y la Libertad de Washington. Medio siglo después, la réplica la dan otro grupo de chicos británico, One Direction, bandera de enganche fanática y muestra de la forma manu-factura de entender el pop hoy en día.

Consumo, publicidad, banalidad. La nueva cultura de masas observada desde mediados de los años 50 encuentra definitivamente su mejor vía de expresión a través de una serie de artistas plásticos que hacen de lo popular un arma arrojadiza. 
El Simposio sobre Pop Art organizado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York en diciembre de 1962 da carta de naturaleza oficial a uno de los movimientos artísticos más rompedores y celebrados de todos los tiempos y que tiene en Roy Lichtenstein, Edgard Ruscha, Jasper Johns, James Rosenquist, David Hockney y, claro, Andy Warhol a sus primeros espadas. Warhol acababa de establecer su Factory (arriba, izda.) y en 1963 ya epataba al mundo con serigrafías como Los ocho Elvises. 

Hoy sus postulados siguen vigentes en las obras de artistas polémicos tipo Ai Weiwei (abajo, izda), Jeff Koons, Damien Hirst, Joana Vasconcelos o el graffitero Bansky.

El 22 de noviembre de 1963 no solo moría el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, también caía el ideal estilístico femenino impuesto desde la Segunda Guerra Mundial encarnado en aquel traje de chaqueta rosa chicle de Chanel, salpicado por la sangre de su marido, que luciera Jackie Kennedy (arriba). El tailleur como armadura de la perfecta housewife recibiría la puntilla definitiva apenas unos meses después con la minifalda de Mary Quant, preconizando la revolución indumentaria/sexual que ya se respiraba en el ambiente merced a diseñadores como André Courrèges y Pierre Cardin. 

Pero ya se sabe lo fanática que es la moda de la teoría del eterno retorno, y justo esta temporada nos encontramos con el regreso de esos trajes de chaqueta armados y los vestidos de cóctel que tan bien cortaba Edith Head para las heroínas de las películas de Alfred Hitchcock. Los de Lanvin (abajo) se llevan la palma.

Blockbuster, he ahí la acepción/cuestión. La era dorada de los estudios de Hollywood había pasado hacía casi una década, pero en su intento por mantener el tipo surge un nuevo estilo de hacer: la superproducción (más o menos hipertrofiada). 

Hitchcock convierte Los pájaros en lo último en terror y Fellini vuelve a sorprender con 8 y medio, pero sobre todo es el momento de películas grandilocuentes como La conquista del Oeste, 55 días en Pekín (rodada en España, que salía más barato), Dr. No (el primer James Bond oficial) y de la Cleopatra de Mankiewicz, con Elizabeth Taylor y Richard Burton (arriba), filme colosal que costó 44 millones de dólares de la época y apenas hizo 50 en taquilla, por no hablar del varapalo de la crítica. 

Precisamente, de blockbusters fallidos está lleno 2013, empezando por el nuevo Hombre de acero (alias Superman, en la piel y los músculos de Henry Cavill, abajo).

Los separan 50 años que parecen que hayan sido varias vidas, pero este 2014 podría mirarse en el espejo de 1963 y encontrar perfectamente su reflejo: revueltas sociales, conflictos bélicos, polémicas culturales...

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