20 junio 2014

Cuando Bardem iba buscando trabajo en Los Angeles

Le cuesta encontrar las llaves del portal. Las bolsas de la compra se le agolpan a los pies y mientras discute con la terquedad de la cerradura pide perd√≥n con educaci√≥n. Ha llegado tarde unos minutos a la cita. "Hab√≠a mucha cola en el supermercado", se disculpa. El actor, que acaba de llegar a su casa de Los √Āngeles (Estados Unidos), es una estrella consagrada y de sobra conocida en Espa√Īa y a√ļn un aspirante en un Hollywood cada vez m√°s despiadado, una d√©cada despu√©s de haber aterrizado.

Es Jordi Moll√† (Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1968), actor conocido desde 1992, a√Īo en que Bigas Luna le dio el papel del ni√Īo pijo en Jam√≥n, jam√≥n, c√©lebre tras meterse en la piel de un yonqui en la fabulosa La buena estrella (Ricardo Franco, 1997), junto a Maribel Verd√ļ y Antonio Resines. Esas son las coordenadas conocidas de un Moll√† que adem√°s, y aunque una parte de la opini√≥n p√ļblica lo ignore, pinta, una pasi√≥n en auge que hace unas semanas llev√≥ al mism√≠simo Harvey Weinstein, productor de productores en Hollywood, a patrocinar una exposici√≥n de su obra en Los √Āngeles. M√°s de 400 invitados.

"Lo de la pintura empieza hace 20 a√Īos. Al principio estuve siete pintando para m√≠, hasta que me convenci√≥ Bigas Luna de que ense√Īara mis cosas. Pero hay algo que tiene que quedar muy claro. Yo no soy un artista. Soy un actor que hace cuadros", matiza mientras fuma con profundidad, dejando que la bocanada le coma el espacio.

Moll√† ha dejado las bolsas en la cocina y se sienta un segundo en un sof√° ubicado a modo de esquinero. Vive en un apartamento amplio, muy americano, de cocina abierta, en un segundo piso y con vistas a una calle arbolada desde el sal√≥n, en una zona c√©ntrica de Los √Āngeles. Es su refugio intermitente, a caballo entre el coraz√≥n de la industria del cine mundial y Espa√Īa, entre Madrid y Barcelona: "Nunca tengo Espa√Īa demasiado lejos".

Entrar en su casa supone toparse con su obra de golpe, con un met√≥dico desorden repartido por casi todo los cuartos. "¡Cuidado, cuidado! No me pises nada", solicita mientras muestra parte de lo expandido en suelos y mesas, obra atrevida, descarada. Sin tapujos.

Solo el ba√Īo y la cocina se libran del despliegue espont√°neo. Y puede que su dormitorio, en donde a Moll√† le encanta echarse la siesta. "Eso todav√≠a sigue siendo sagrado", reconoce con una sonrisa. "L√°stima que haya tanto ruido", se√Īala, pero la avenida principal que circunda el edificio de apartamentos no tiene compasi√≥n. Es una de esas arterias angelinas que casi nunca calla.

Irónicamente, Mollà no contribuye a la causa, al menos de forma directa. No tiene ni coche ni intención alguna de conducir por las celebérrimas autopistas de esta ancha ciudad. "Me da cierta impresión y prefiero que me lleven", confiesa.

No importa, porque se mueve de forma incesante, conectado a ordenador y tel√©fono para ver qu√© se cuece en el mundo. En su mundo. Asegura que le gusta Los √Āngeles, una ciudad que no ha conseguido arrancarle la sonrisa, pero que su historia es la de otro actor con nombre en su pa√≠s que vino a toparse, en muchas ocasiones, con la indiferencia de la industria hollywoodiense.

"Pen√©lope [Cruz] me ayud√≥ mucho y Javier [Bardem] tambi√©n", reconoce. "Son gente que me quiere mucho. Con lo de Blow [la cinta que protagoniz√≥ junto a Cruz y Johnny Depp en 2001] estaba muy fuera y de repente entr√©. Esas cosas no pasan nunca as√≠ en Hollywood, as√≠ que me imagino que quedar√≠an colgados con un actor con el que ya habr√≠an firmado y ah√≠ Pen√©lope fue la que dijo: '¡Este!'".

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