11 julio 2014

Por qué en España no mandan gitanos a las olimpiadas

Lo de Mike Powell, que ha saltado casi nueve metros en Tokio, tiene perplejizado al personal. A uno le parece que los españoles saltamos mucho más. Políticamente quiero decir. Don Adolfo Suárez, que ahora manda a la mierda a la Internacional Liberal, saltó del fascismo a la democracia (comunismo incluido) sin perder la sonrisa ni descomponer la figura, como el negro. 

Don Felipe González ha ido batiendo marcas y pegando saltos, mediante la estrategia del canguro, del socialismo a la socialdemocracia, del Polisario a Hasán, de la socialdemocracia al liberalcapitalismo, de Guerra a Narcís Serra, etc., y en este plan. El señor Curiel saltó de Marx a Ferraz, siempre en su línea de Robert Redford periférico. El señor Verstrynge, también mediante la técnica australiana del canguro, ha pegado saltos olímpicos en todas direcciones. 

Los democristianos pegaron el gran salto colectivo (modalidad espalda) hacia el nacionalcatolicismo de Fraga, que parece la misma cosa, pero es todo lo contrario. Lo que pasa es que aquí lo llamamos transfuguismo y luce menos, pero nuestros políticos se merecen tanto oro, plata y bronce como Mike Powell, o más. Los 8,95 metros del negro son el juego colegial de pídola si se comparan con el olimpismo grandioso de nuestros políticos. 

Lo de Mike Powell, frente a lo de González, es saltar a la comba. Lo que pasa es que no se hacen juegos olímpicos de políticos, pero yo tengo observado que los políticos saltan más que los negros. El salto de González hacia la OTAN, a cámara lenta, como Mike Powell, tenía que ser una gozada. ¿Por qué no echa esas cosas la tele, ahora que hay tantas, y con risas incorporadas (lo de la OTAN), como «Las chicas de oro»? 

El propio Suárez ha saltado ahora al vacío, que tiene más mérito, y va a ganar los mil metros mariposa. (Y qué buen partido podían hacer entre Morodo y Tamames, si se lo tomasen en serio, algo así como la herencia de Tierno edificada). La gente se ha puesto a dar saltos por todas partes. En la URSS creíamos que sólo saltaban las teresovas ésas de las olimpiadas, reventonas de hormonas masculinas, siempre campeonas y un poco bollacas, pero un día el presidente, o sea Gorbachov, se puso a dar saltos y hoy estaba en la Casa Blanca, con Bush, y mañana en el Vaticano, con Wojtyla. 

Gorbachov se saltó la momia de Lenin mediante una carrera y un alarde que es demasiado para sus carnes, salto en el que dicen los cronistas de la cosa que se ha inspirado Powell para ganar el récord mundial. Pero el récord se lo ha quitado Nicolás II, Zar de todas las Rusias, pegando un salto desde Tolstoi hasta Wall Street, que supone saltarse 70 años de revolución, más el tomazo de «El Capital», que no se lo salta un gitano. 

¿Por qué España no manda gitanos a las olimpiadas? Gorby se saltó a Lenin a lo largo, que tiene más mérito, y el Zar se ha saltado a Gorby a lo ancho, puesto que es un político apaisado. Yanaev quiso saltarse el Kremlin, pero se conoce que había tomado poca carrerilla. Yeltsin, en cambio, ha saltado hacia atrás (modalidad espalda), hasta ponerse en la Santa Rusia esclavista. La gente no cree en los políticos por saltarines. 

Yeltsin, hoy por hoy, es el que más salta, incluso más que nuestro González. González ha saltado de Marx al Banco de Bilbao/Vizcaya, o sea mi admirado Sánchez-Asiaín, lo cual que es una pasada, a cada uno lo suyo. Pero Yeltsin, tan coloreado por los dominicales del mundo, si sigue con la modalidad espalda, saltando y progresando hacia atrás, va a llegar a Tarash Bulba. Los popes, que también saltan mucho, pese a la faldumenta, han pegado el brinco, ahora, de la Iglesia del silencio a «Informe semanal». Y los popes españoles brincan tanto que me han invitado a hablar en los Salesianos de Atocha.

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