06 agosto 2014

Pau Gasol es un feo monstruoso

Irse a jugar a los Lakers es irse a jugar delante de la alfombra roja. Claro que el deporte también tiene sus propios y rutilantes caminos alfombrados, llenos de estrellas de primera en momentos de gloria y adrenalina, o en noches de brillos y cadenazas de oro sobre pectorales y pecheras más o menos metrosexuales. Incluso el carrerón de Pau Gasol en la NBA no es un carrerón propiamente dicho, es un auténtico subidón supersónico a lomos de una trepidante alfombra voladora, salida de los cuentos prodigiosos de Las mil y una noches. Pero la auténtica alfombra roja, la alfombra roja por antonomasia, es la que pisan las estrellas del show business la noche de los Oscar o de los Grammy, o con motivo de cualquier otra jacarandosa celebración, sólo que ahora Gasol va a tener esa alfombra ahí, en las gradas, con todo el star system de Hollywood vestido de trapillo, atiborrándose de calamidades comestibles y bebedizas, gritando como bárbaros en asueto los nombres y las hazañas de los héroes. 

Irse a jugar a los Lakers es también irse a jugar al meollo del espectáculo, con la peculiaridad de que los figurantes distinguidos que salgan por los vomitorios del estadio serán los grandes nombres del cine, de la canción, de la patronal del entretenimiento, y del petardeo de lujo. Gasol va a contar entre sus fans arracimados al otro lado de la cancha con media nómina del Who is who de la Meca del Cine, de los más legendarios y los más rompedores estudios de grabación del Valle de San Fernando, de la programación quinquenal de los exultantes hoteles de Las Vegas, y de los registros nada confidenciales de las clínicas de desintoxicación de toda California.

Durante el juego y, sobre todo, durante los minutos que no juegue, Gasol podrá echar una mirada al tendido y será como hojear las páginas del Variety o del People o del National Enquirer, las biblias conspicuas, pánfilas o escandalosas del mundillo artístico o del famoseo puro y duro, y seguro que más de una vez llegará a pensar que está viendo Aquí no hay tomate, que en paz descanse, en resucitada versión americana. Irse a jugar a los Lakers es como mudarse de barrio, desde el aburrimiento de Memphis, y tener la alfombra roja de las noches de gala hollywoodienses a la puerta de la oficina, del taller, de la fábrica, del mercado: del curro.

Habrá días en que Gasol dude si juega en el estadio de los Lakers o en los estudios de la Paramount. Habrá días también en que, jugando con los Lakers, le parecerá a Gasol que juega un partido benéfico a favor de Alcohólicos Anónimos o Politoxicómanos Anónimos de Beverly Hills, ese gueto adinerado y proceloso de Los Ángeles. Jugará Gasol entre los romances titánicos y los diamantes de sangre de Leonardo DiCaprio, entre los colocones desperdigados de Britney Spears y Lindsay Lohan, entre los avispados alegatos raciales de Spike Lee, entre la fanfarronería entrañable y peleona de John McEnroe. Eso sí, cuando Gasol gane con los Lakers el deseado anillo, que lo ganará, para él será como casarse con la gloria, con toda la alfombra roja de testigo.

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