18 noviembre 2014

El disfraz de la felicidad en Navidad

Se supone que en estas fechas hay que dejarse llevar por una especie de felicidad a modo de disfraz de colgajo y aguantar la moralina boba de las películas navideñas. Contemplo los ojos con vértigo de horas suicidas de los autómatas que compran como obedeciendo al dios que de verdad adoran. Bajo mi casa atronan los villancicos con voces achabacanadas y flamencoides de un coro de hermandad cofradiera que invita a celebrar la Navidad tradicional: fogatas en medio de una calle del casco histórico, mesa comunal para deglutir polvorones y anís. 

Vamos, una botellona navideña. Eso sí, de honrados ciudadanos que el resto del año criticarán las de la chavalería indecente y gamberra. Como a todos los que gruñimos de la Navidad nos colocan rápidamente el sambenito y la coroza de Míster Scrooge, me resigno a sufrir el insulto colectivo de la tribu.

De todas formas, intento buscar algo memorable en la fiesta: la comida en familia, el clima de bondad, los regalos. Y me pregunto: ¿qué impide hacer esto el resto del año? ¿No parece todo una especie de manual de ética con fecha de caducidad, una diversión por decreto, una impostura de la alegría por orden del calendario?

Pero, aun así, sigo buscando porque a estas horas la botellona navideña bajo mi balcón ha alcanzado su punto climático de melopea de anisados.

Es entonces cuando encuentro en la videoteca Plácido, la película de Berlanga que debería ser de obligatoria visión en estas fechas.Y es curioso porque Berlanga plantea algo que ya existía en las fiestas paganas que antecedieron a la Navidad cristiana: las Saturnales, donde los esclavos hacían de señores y se podían sentar a la mesa del amo. 

Y veo que el fantasma de las Navidades pasadas -¿recuerdan mi relación con el Míster Scrooge de Dickens?- me indica que lea lo que escribió Larra en su artículo La Nochebuena de 1836; y el olvidado Alejandro Sawa en sus Iluminaciones en la sombra el 1 de enero de 1901, o Mario Benedetti en su Zapping de un siglo: «Cuando no estemos/ ¿quién tendrá/ ojos que ahora son tus ojos?», que es como una versión deliciosa de ese villancico que habla del tempus fugit y dice «la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más».¿No será la Navidad nada más y nada menos que un cuento didáctico sobre la fugacidad de las glorias del mundo, algo así como un bodegón de vanitas barroco?

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