10 noviembre 2014

Santiago Segura en el día de la bestia

Recuerdo muy bien la noche de 1994 en la que tuve una de las principales revelaciones de mi vida de productor. Estábamos preparando El día de la bestia, con Alex de la Iglesia. La búsqueda del actor que interpretara a José Mari, el heavy de la película, no estaba siendo fácil. Javier Bardem y Gabino Diego habían rechazado el papel y no veíamos claro quién podría hacerlo. De repente, hacia las tres de la madrugada me tropecé con un grupo de amigos, entre los que estaban David Trueba y Jorge Sanz. Con ellos iba Santiago Segura.

Sólo lo conocía de referencias, pese a nuestro común origen carabanchelero.Mis amigos me animaron a acompañarles a un pub de la zona. Pasé la noche observando a Santiago y, a la mañana siguiente, le insinué a Alex que considerara a su íntimo amigo, «el de los pelos, el de Carabanchel» para el personaje de José Mari.

El día de la bestia (1995) fue una gran alegría para mí y, en general, para el cine español. La calidad y el éxito de esa película señalaron la mayoría de edad de la brillantísima generación de directores que, desde los primeros años 90, ha protagonizado algunos de los mejores momentos de nuestro cine. Santiago Segura estaba perfecto como José Mari y, en ese trabajo, exhibía ya sus principales poderes: desparpajo, descaro, frescura, carisma, una pasmosa facilidad para hacer reír y, como consecuencia, un maravilloso don para conectar con el público, sobre todo el más joven y adolescente. La Academia del Cine le premió con el Goya y yo, mientras él lo recogía, me sentía íntimamente orgulloso.

A menudo, Santiago, durante el rodaje de El día de la bestia, hablaba de José Luis Torrente, la rata de alcantarilla que él quería que fuera la estrella de su primer largometraje. A mí me hacía mucha gracia el personaje y cuando Santiago me contó el proyecto no dudé ni un segundo en proponerle ser el productor.Nuestro primer encuentro profesional ya no pudo ser más castizo: en una taberna de Carabanchel, delante de unas tapas de oreja y unas cervezas. Enseguida comprendí que Santiago era uno de esos tipos que, por más lejos que llegara, jamás sería un desclasado, nunca perdería ese aire de barrio obrero con el que yo ya no podía sentirme más cómplice.

A esas alturas, mi confianza en el talento de Santiago era total.Por eso, cuando me entregó el guión de Torrente, no me extrañó en absoluto que fuera una de las cosas más divertidas, originales y explosivas que nunca habían caído en mis manos. Yo fui uno de los menos sorprendidos por el descomunal éxito de la película y la arrebatadora popularidad de Santiago. En España siempre nos ha gustado la alegría y hemos sentido debilidad por la bendita gente que nos ha hecho reír. Con razón dice Fernando Trueba que no hay nada más pretencioso que tratar de hacer reír ni nada más hermoso que una sala llena de carcajadas. Santiago estaba tocado por la mano del ángel de la risa. Y a mí, un tipo de Carabanchel superdotado para hacer reír no se me podía escapar.

Torrente, el brazo tonto de la ley (1998) fue más que un extraordinario suceso: cautivó a millones de espectadores que hasta entonces habían ignorado el cine español y allanó el camino a éxitos de los primeros años de este siglo: Los otros (2001), La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003) y, por descontado, Torrente 2, Misión en Marbella (2001) y Torrente 3, el protector (2005).Aunque sólo fuera por eso, la contribución del fenómeno Torrente a nuestra industria del cine es impagable.

Pero es que, además, en Torrente, se pueden rastrear todas esas cosas, tan nuestras, que a mí -y, por lo visto, a una legión de españoles- tanto me hacen disfrutar: el esperpento, el sainete, la picaresca, el humor negro, la comedia gamberra, la comedia castiza y lo políticamente incorrecto al servicio de un retrato delirante del lado más oscuro y miserable de los españoles y, de paso, de la condición humana.

No resulta extraño su amor por Berlanga, Azcona, Buñuel y Tony Leblanc y películas como El verdugo, Plácido, El cochecito, Los tramposos o Viridiana, una adoración que él combina con gran naturalidad con su fanatismo por la comedia romántica, los cómics, los crooners o los musicales de Broadway.

La gente tiende a menudo a confundir al personaje con el actor y eso hace que, aun ahora, haya muchos que crean que Santiago tiene algún parentesco personal o moral con Torrente. No saben hasta qué punto están equivocados. Segura es, en realidad, el reverso de su personaje: delicado, culto, hipersensible, abstemio y profundamente antifascista, antimachista y antirracista. Ni siquiera es del Atlético de Madrid. Estoy convencido de que si Torrente existiera en la realidad -que existe- Santiago Segura se cruzaría de acera cuando se tropezara con él. 

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