22 diciembre 2014

Haciendo las compras en el súper en pijama

De allí, nos fuimos a hacer la compra. El origen de este reportaje viene de que un supermercado de Glasgow ha prohibido a sus clientes que vayan a hacer la compra en pijama. 

Algo que ha indignado a buena parte de los usuarios del establecimiento que, al parecer, solía ir así a adquirir sus víveres. En Madrid no ocurre eso. Fuimos a un supermercado mediano del barrio de Lavapiés, cerca del museo. Allí sí me miraron todos de arriba abajo. Eso sí, con cierto respeto, sin reírse, y puede decirse que estuvieron más tranquilos cuando hice la cola sin rechistar y pagué con mi tarjeta de crédito. A la salida, de nuevo, me crucé con varios homeless que estaban sentados en un banco. 

Ellos sí me miraron descaradamente y no reprimieron la risa. Probablemente era la primera vez en mucho tiempo que podían hacer con alguien lo que suelen padecer ellos.

El siguiente paso era la peluquería. Pero antes, el taxi. El primero que intenté parar pasó de largo. El segundo me cogió. Fue discreto. No comentó nada sobre mi indumentaria. Y me llevó a mi destino: la peluquería de Lorena Morlote, en el barrio de Salamanca. Es uno de los salones de belleza más chic de Madrid, donde van todos los famosos. Lo de ir en pijama tenía que ser un shock. Pero no. Un par de clientas vestidas a la última, con zapatos de Prada y Gu- cci, bolso de Hermès y un traje que juraría que era de Paul&Joe, me miraron. Y, lo mismo son cosas mías, pero juraría que tomaron nota como pensando que el look pijama es la nueva tendencia del otoño-invierno.

El paseo por la zona de tiendas más lujosas de Madrid era imprescindible. Bajé por Ortega y Gasset y, todo hay que decirlo, nadie me miró descaradamente. Sí, algún vistazo de soslayo percibí, pero poco más. La entrada en la tienda de Hugo Boss fue similar a la de Lorena Morlote. Los dependientes me trataron con absoluta normalidad, como si todos los días entraran mujeres en pijama a comprar trajes de noche. Y las clientas, igual. Me miraban, pero intentando descifrar ese nuevo estilismo que ellas no habían visto aún en el Vogue Italia. Lo mismo pasaría más tarde en nuestra visita a Fnac y a El Corte Inglés.

Pero eso no fue nada comparado con la experiencia en la Puerta del Sol y en Preciados. Allí sí que me sentí como el protagonista del cuento de Andersen El traje nuevo del emperador. Daba la impresión de que nadie se atrevía a dar la voz de alarma. Así que me paseé como si nada. Bueno, había algunos que se alejaban más de la cuenta a mi paso, pero poco más… Decepcionada por mi poca capacidad para escandalizar, me metí en el metro. Ya en las escaleras me di cuenta de que, por fin, iba a causar sensación. Y, en efecto, en el vagón, por primera vez en todo el día, cuando ya había anochecido, la gente pareció despertar de un embrujo y me miró entre intrigada y asustada. El chico que estaba sentado a mi lado no pudo soportalo:

-¿Esto qué es? ¿Forma parte de algún espectáculo?

-¿Perdona? ¿A qué te refieres, un espectáculo?-, le respondí, muy seria, haciéndome la tonta.

-Sí, bueno, lo de ir en pijama…-, balbuceó tímidamente.

-Ah, no, es que así voy más cómoda.

Y seguí contestando a un mensaje del móvil. Más tarde, cuando el fotógrafo tuvo que sacar la cámara, le confesé la verdad.

Lo siguiente era una cita en una tetería ideal, de lo más británica, con mi amigo Lucho Prosper. Prosper es músico, formó parte de Oviformia, es compositor de Fangoria, ha sido new romantic y tiene un espíritu de lo más british (es decir, es capaz de hacer como que no se inmuta ante lo más excéntrico). Así que no le dije que iría en pijama ni le comenté nada del reportaje. Cuando llegué, me estaba esperando con un Earl Grey y un sándwich de pepino. Noté un leve arqueamiento en su ceja derecha, pero, como imaginaba, permaneció impasible y sólo me hizo un comentario sobre lo bien que me sentaba mi nuevo corte de pelo. Empezamos a charlar y ya no pude más.

-Bueno, ¿no me vas a decir nada sobre este nuevo estilismo de pijama?

-Te queda estupendo… ¿Vas a ir así todo el invierno?

Ya era hora de que nos hicieran las fotos, así que le conté el experimento. Eso sí, el resto del público de la tetería (casi todos extranjeros) no hicieron ni caso a mi atuendo.

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