24 diciembre 2014

Me visto para meterme en la cama

De allí, nos fuimos a cenar con otros amigos. Estos sí estaban al tanto del reportaje, pero, con ellos, lo que me interesaba era ver la reacción de la gente en un sitio de ocio. La idea era estar en una situación lo más normal posible. Vinieron el fotógrafo Luis Gaspar (al que no había visto desde la presentación de su campaña para Loewe con fotos de Cayetano Rivera Ordóñez) y la periodista Nani Fernández Cores. En el restaurante del hotel Radisson, el colmo del diseño y la vanguardia, pasé totalmente inadvertida. Me levanté un par de veces para ir al baño y a hablar por teléfono, pero nada, me miraban igual que cuando llevo un traje un poco llamativo. 

El miedo se había esfumado. Parece que la gente, cuando está en un sitio más o menos lujoso se relaja, como si estuviera protegida y cualquier cosa que hagan los del club les resulta indiferente.

Después de cenar fuimos a un bar tranquilo, el Matilda. Allí, exactamente igual. Eso sí, tuvimos un momento especial. Cuando estaba a punto de sentarme, un transeúnte miró hacia dentro y me vio. No daba crédito y se acercó más. Luis (que no tendría precio como actor) y Nani (que a cool no la gana nadie) hicieron perfectamente su papel y siguieron hablando conmigo como si tal cosa. El señor no entendía nada, e incluso asomó la cabeza por la puerta.

La vuelta a casa fue sencilla. Nadie en absoluto me miró. La noche (era alrededor de la una de la madrugada) parece que camufla lo diferente. Al llegar, por supuesto, invertí los papeles. Me maquillé, me puse un traje de fiesta, tacones y, como pueden ver en la foto, me metí en la cama. Mientras posaba para el fotógrafo, en la última imagen del día, me vino un pensamiento: "¿Adónde voy a llegar?".

La verdad es que ir en pijama es una maravilla. Uno no tiene que pensar en el atuendo y es comodísimo. Algunos artistas han tenido la idea mucho antes que nosotros. Por ejemplo, el pintor y cineasta Julian Schnabel va habitualmente de esta guisa. Pisa así las alfombras rojas, posa para las fotos de revistas de todo el mundo y pasea por Nueva York y San Sebastián, sus dos ciudades habituales.

Otro de los que han ido así por la vida fue el director de cine Iván Zulueta. El realizador de Arrebato (1979) y autor de algunos de los carteles de películas más brillantes del cine español (muchas de ellas de Pedro Almodóvar) se dejaba ver por los templos de la Movida madrileña con su pijama de toda la vida.

Y en el mundo del pop también ha habido pijamistas. Evan Dando, el líder de Lemonheads (que actualmente no anda demasiado bien por culpa de sus adicciones) se hizo toda la gira de promoción y de actuaciones de su primer disco enfundado en un pijama amarillo.

Algo tendrá esta prenda cuando tampoco las firmas más prestigiosas han podido evitar rendirse a sus encantos. Dolce&Gabbana es una de ellas: en su pasada colección de primavera, el pijama desfiló por la pasarela como si se tratase de un auténtico modelazo de fiesta (que lucieron Jessica Alba y Kylie Minogue en la alfombra roja) o un sofisticado traje para ir a la oficina. Ya en los años 50, los camisones que se veían en la gran pantalla parecían más apropiados para un baile de noche que para el descanso.

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