25 junio 2015

Curas a sueldo del Estado

Poco tiempo después, las religiosas corrieron la misma suerte y más de diez mil monjas fueron concentradas o deportadas, al tiempo que se clausuraron casi todos los seminarios diocesanos. En su intento de descabezar a la Iglesia, el Partido Comunista Checoslovaco dirigió sus ataques contra la élite episcopal.

En el año 1951, todos los obispos de las tres regiones checas, Bohemia, Moravia y Eslovaquia, estaban encarcelados o bajo arresto domiciliario, con lo que la sucesión apostólica fuera de las cárceles corría un grave peligro peligro. Uno de los obispos encarcelados, aduciendo estar enfermo, pudo salir de la prisión, y aprovechó la ocasión para consagrar obispo, en una bodega, al jesuita ' Pavel Hnilika, que ejerció su ministerio en secreto durante varios años, ordenando sacerdotes clandestinamente. Acosado por la Policía secreta, monseñor Hnilika, antes de huir al extranjero, consagró a un joven novicio jesuita para que le sustituyera en el cargo. Así, Jan Korec se convirtió a sus 28 años en el obispo más jóven de la Iglesia Católica.

Korec ejerció clandestinamente este ministerio desde su consagración en 1951 hasta 1959, año en el que fue. delatado, preso y condenado a doce años de trabajos forzados. No contento con la persecución de la jerarquía eclesial, el Gobierno comunista intentó provocar un cisma en el interior de la propia Iglesia, creando una asociación oficial de sacerdotes denominada «Pacen.' in Terris» (Sacerdotes por la paz). La génesis y actuación de este colectivo de más de quinientos curas a sueldo del Estado, cual vulgares «aparatchiks», no ha sido suficientemente aireada por la Historia reciente ni por los críticos del sitema comunista. 

Pero según la mayoría de los testimonios de quienes sufrieron aquella Iglesiadepagooficial, parece que al principio fueron aceptados por el Vaticano e, incluso, hay quien vincula al cardenal Frantisek Tomasek con esta asociación de clérigos que hicieron suyos los objetivos socialistas y se alinearon con la autoridad del Estado comunista más que con la de la Iglesia vaticana. En 1982, fue el propio Tomasek quien les pidió que se disolviesen. 

Algunos volvieron al redil del Vaticano, pero la mayoría, de edad avanzada, optaron por seguir en la oposición, temerosos de perder la «paga» del Estado. Tres años después, la asociación oficial de curas celebró un congreso en'"el que aprobaron sus prioridades. Estas eran: edificar el socialismo, luchar por la paz en el mundo y mejorar las relaciones con el Vaticano. Pero en Roma, el Papa y el cardenal Casaroli respondían a una consulta del cardenal Tomasek sobre la asociación de curas, invitándoles a «trabajar por la paz bajo la autoridad del Papa y de los obispos». La «Primavera de Praga» permitió el regreso de muchos obispos a sus sedes y la amnistía de numerosos sacerdotes. 

Pero el experimento checo de «socialismo con rostro humano» duró poco. En la década de los setenta, Pablo VI y el cardenal Casaroli inauguraron una nueva fase en la política eclesial con el Este: la «ostpolitik» vaticana. La nueva política consistía en hacer concesiones en los nombramientos episcopales, aunque a juicio de Roma no fuesen los más idóneos, para que las comunidades recuperasen a sus pastores, y con la esperanza de que el ejercicio del ministerio fuese acercando al Vaticano a los obispos nombrados por el Estado comunista.

En 1977, Tomasek, convertido ya en «héroe nacional» por su resistencia al comunismo, es designado cardenal y arzobispo de Praga por Pablo VI. Con la llegada al pontificado del papa Wojtyla la política vaticana hacia el Este adquirió nuevos bríos y nuevas formas. Así, en 1982, los obispos checoslovacos pudieron hacer por vez primera la visita «ad limina» (visita al Papa, obligatoria para todos los obispos del mundo cada 5 años). Sin embargo, hasta mayo de 1988, y a pesar de la «glanost», la «perestroika» y toda la política aperturista del presidente soviético Miajail Gorbachov, no se comenzó a notar síntomas de distensión. 

Al año siguiente, Roma consigue nombrar varios obispos fieles a la Iglesia, ninguno de los cuales pertenecía a la asociación estatalista «Sacerdotes por la Paz». Poco después, tuvo lugar otro evento histórico para la Iglesia checa: el oficio, en la catedral de San Vito, del cardenalarzobispo de Praga, Frantisek Tomasek. Por vez primera tres importantes cardenales de la Iglesia, el austríaco Franz Kóning, y los alemanes, Joachim Meisner de Colonia y Franz Wetter de Munich, concelebraron un solemne pontificial de acción de gracias en la catedral abarrotada de fieles que ovacionaban constantemente a su arzobispo, como a un héroe de la resistencia espiritual y símbolo de la persecución a la que fueron sometidos millones de cristianos checoslovacos. 

En efecto, los católicos practicantes estaban contínuamente vigilados, eran considerados ciudadanos de segunda categoría y no podían tener puestos laborales de ninguna responsabilidad , porque todas las empresas eran estatales. La vigilancia sobre los laicos católicos era total y se realizaba a través de los archivos parroquiales, controlando así a las familias que bautizaban a sus hijos o asistían regularmente a la misa dominical.

Esto explica la drástica disminución de la práctica religiosa y la destrucción paulatina de toda la infraestructura eclesial. «Nos llevará algunos años reconstruir nuestra Iglesia y disponer de las estructuras necesarias, pero lo lograremos», repite una y otra vez el indomable cardenal de Praga. Sin embargo, la tarea que aguardaba a la Iglesia checoslovaca era gigantesca. La restricción de los centros de culto (durante cuarenta años no se ha construido ni una sola Iglesia); la prohibición de las órdenes religiosas; la incidencia de la moral marxista en las nuevas generaciones; y la existencia de más de quinientos curas adictos al régimen, conforma el perfil deficitario de esta Iglesia «secreta», que emerge, vital y fuerte, de las «catacumbas» del régimen comunista. «Pero eso no es todo aún -aseguró el propio presidente Havel en su discurso de Navidad. Lo peor es que vivimos en un ambiente deteriorado moralmente». 

«Estamos enfermos moralmente, nos hemos acostumbrado a decir una cosa y pensar otra, hemos aprendido a no creer en nada, a. no tener cuidado los unos con los otros, a pensar sólo en nosotros mismos». «La caridad, la amistad, la compasión, la humildad, el perdón, parece que han perdido significado». Sin embargo, la Iglesia checoslovaca apuesta por su reconstrucción en libertad. Para ello cuenta con una importante baza a su favor: lá religión tiene mucho prestigio, entre otras cosas, porque la Iglesia fue durante muchísimo tiempo la única fuerza organizada que defendió siempre y sistemáticamente la libertad y los derechos humanos. Probablemente, la primavera eclesial checoslovaca esté más asegurada en Eslovaquia, nación tradicionalmente muy católica, como sus vecinos polacos. 

En cambio, puede ser más costosa en Moravia y Bohemia, donde existe una mayor tradición atea y protestante. No en vano, en Praga se venera a Jan Hus, fundador del movimiento «husita», quemado por la Inquisición y que para muchos checos simboliza la libertad y la independencia.

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