08 octubre 2015

El Ché Guevara era un asesino

A principios de diciembre de 1990 Reinaldo Arenas, novelista cubano, puso fin voluntariamente a su vida en Nueva York. El SIDA que padecía desde 1987 se le había vuelto insostenible. Su último libro (quizás a falta de una mano final pulidora, en lo estrictamente literario) es la autobiografía Antes que anochezca. 

Para una literatura como la de lengua española escasa en confesiones, en deslindes de la intimidad -para mostrar que la excepción es más humana que la norma- el libro de Arenas (estremecedor, patético, desgarrado, claro) es testimonio de valor excepcional.

Porque además sabe convertir lo personal en colectivo y transformar su mundo privado (aquel mundo alucinante de su segunda novela) en un valeroso documento sobre su generación, la Cuba de Castro, y la vida de un homosexual confeso y pobre, entre la brutal dictadura de la isla y el desafecto, la dureza de otro mundo occidental capitalista, dominado por el culto a Moloch, y en el que los desheredados, los inadaptados al sistema, carecen, en verdad, de razón de ser. Reinaldo termina diciendo, antes de la carta postrera del suicida, que lo único que le queda, su único bien, es un grito. 

Es cierto: el libro tiene algo de desesperado aullido en pro de un mundo más noble -y tan lejano- en el que todos podamos vivir. He estado tentado de llamar a estas líneas Cuba, la represión y el SIDA, pero Arenas procura siempre -en su texto abrupto, lleno de carne y pasión vivas- hacer de los muchos sucedidos una categoría, como en el ejemplo medieval.

.- Quizá básicamente Antes que anochezca sea la crónica de una generación frustrada, vapuleada y perdida. La de aquellos cubanos que, amanecidos al comienzo de los años cuarenta (Arenas nació en Holguín, en 1943) apenas conocieron la Cuba prerrevolucionaria, pusieron sus ilusiones en los barbudos que bajaban de Siena Maestra, y tras un inicial (y breve) entusiasmo, se vieron despiadadamente sometidos a un régimen de raíz y modelo estalinista que aniquiló y devastó sus esperanzas. Tras tormentos y torturas en absoluto metafóricos, algunos (muchos murieron) lograron salir al paraíso occidental, para darse cuenta que ese paraíso (más libre, en efecto) está sometido a otras represiones, eso sí, menos evidentes. Si algo anima y desalienta en la peripecia vital de Reinaldo Arenas es la idea de lucha. 

Toda su vida fue luchar, y hasta tuvo que luchar para morir: Terrible. Entre los muchos testimonios contra el régimen de Fidel Castro que pueden escribirse y se han escrito (Padilla, Valladares) el de Arenas destaca por su viveza y franqueza. Su etapa de cautivo en El Morro habanero, parece retrotraernos a métodos de la Inquisición, pero quizá es más terrorífico el día a día: Amigos íntimos que sobreviven porque se hacen delatores. Continua presencia en la calle y en la intimidad de la policía de Seguridad del Estado, suicidas que se defenestran porque ya no pueden más. Ley del silencio, o de ver quién denuncia antes a quién, para no caer. Y en el terreno homosexual, en el que Arenas es franco y abierto, la aceptación del chantaje continuo de los partenaires como única manera de llevar una vida sexual normalizada. 

Y es curioso otra vez: Reinaldo mira como una edad feliz los años sesenta (cuando la represión aún no había llegado a la cumbre) pese a la pobreza, la vigilancia y esas reiteradas escenas en que quien ha compartido placeres con el pájaro (marica, en cubano) inmediatamente después le roba o denuncia. ¿Años felices? Quizá porque existían Lezama Lima y Virgilio Piñera, a quienes Reinaldo toma como amigos y maestros literarios y a quienes -homosexuales también- puede relatar sus múltiples, frenéticas y siempre peligrosas aventuras. 

Los retratos literarios de Lezama y Piñera cuentan, además, entre las páginas mejor bosquejadas del libro, porque el amor y el respeto a los maestros no impide al pupilo -muertos los dostener pelos en la lengua. (Curioso el capítulo que Arenas llama Las cuatro categorías de las locas, donde esboza una tipología externa de la homosexualidad, para constatar después que Virgilio Piñera pertenecía a la primera categoría, La loca de argolla, es decir que tenía que pagar muy alto el precio de ser maricón). . Pero si Reinaldo alaba a muchos escritores y amigos literarios que defendieron -en condiciones heroicas- la libertad, su desprecio se hace terrible e inmisericorde para los que (a su decir) concluyeron sometiéndose a Castro. Duras palabras contra Rodríguez Feo, Cintio Vitier, o Eliseo Diego, uno de los más claros poetas de Orígenes. 

Arenas no es literariamente injusto: alaba a quien le parece buen escritor sin importarle la ideología, aunque perdonando raramente al hombre. Su testimonio sobre la Cuba provinciana de su infancia, La Habana luminosa de la protorrevolución, la terrible represión y persecución de opositores y homosexuales, le lleva -finalmente- a la peripecia del exilio y a su autodefinición como marginado. A escondidas -en 1980- Arenas huye desde el puerto de Mariel, entre aquel grupo de descontentos y refugiados en la embajada del Perú a los que Castro permitió salir entre locos y delincuentes comunes. Luego vendrán Miami, Nueva York, Madrid: el gozo de la libertad, y la constatación de pertenecer a una minoría acosada, no sólo en lo sexual.

.- Descontento aquí y allá, Arenas concluye -áspero, durodecidiendo que su vida debe ser un alegato contra la dictadura de Castro y un grito -de nuevo gritar- contra una realidad cada día más lejana a la medida del hombre. Pero la lucha de un individuo que fue sólo lucha no podía terminar: El fin (que es el capítulo primero del libro) será el SIDA. 

Sin complacerse en los autoflagelos hospitalarios de Hervé Guibert, por ejemplo, Arenas testimonia lo terrible e injusto de la plaga, y lo lleva también al terreno político: Los gobernantes del mundo entero, la clase reaccionaria siempre en el poder y los poderosos bajo cualquier sistema, tienen que sentirse muy contentos con el SIDA, pues gran parte de la población marginal que no aspira más que a vivir y, por lo tanto, es enemiga de todo dogma e hipocresía política, desaparecerá con esta calamidad. Grito, sólo grito. Anécdota convertida en panfleto. Autobiografía como acusación, rebeldía siempre. Proclamación del profundo sustrato de la libertad individual tan escasamente alcanzado. Texto de pelea, de tirón, de piedra y de dulzura. Una de las más virulentas y sinceras confesiones de nuestras letras. Quizá no la mejor prosa de Reinaldo Arenas, pero la más caliente y heridora.

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