22 octubre 2015

Bendito fútbol

Cada día que transcurre me convenzo más de algo que ya intuía de joven: el fútbol –de hecho el deporte en general, pero sobre todo el fútbol– es ese medio ideado por los humanos para hacernos la guerra, aunque sin inflingirnos daño físico. Otrora pudo ser considerado opio del pueblo, y a menudo religión. Es ambas cosas, pero aún antes se nos representa como1o otro, nuestra manera de enfrentarnos entre razas, países, etc..., sin llegar a las manos. Por lo general.

Miren cómo está el mundo, un auténtico volcán, y dígame si no es una suerte de milagro que eso del fútbol funcione como elemento integrador de los pueblos, en principio de modo festivo, lo cuál ya significa mucho en estos tiempos de agitación. Como vivo prácticamente inserto en una colmena llena de argentinos, pueden imaginar cómo se desarrolló en mi vecincario la tan ansiada clasificación de Argentina para la final de la Copa del Mundo. 

Eran las cuatro de la madrugada y aún estaban de juerga. Ya les tocaba. Viéndolos tan felices uno casi se contagia, porque a la postre la alegría humana, cuando la contemplamos de forma objetiva, siempre nos conmueve, invitándonos a la mímesis.

Mas hete aquí que el fútbol, como las antiguas guerras, reserva para unos una cara, la victoria, y para otros, la amargura de la derrota. Jugadores que venían literalmente con un subidón de aúpa, los del Real Madrid, terminaron la temporada en el desengaño del Mundial. Otros, como los argentinos, luego de navegar todo el año en aguas turbulentas y al límite del precipicio, ahora se hallan a un pasito de la gloria. Sólo les resta que la Wehrmacht no vuelva a desperezarse igual que hizo ante Brasil. Sí, Brasil, en su casa y acompañada de sus brasileños simpáticos, ésos que cuando España cayó eliminada pusieron cartelitos de tal guisa: "La Roja, a casa roja de vergüenza". Ideal, van a necesitar un psiquiatra por lo menos durante un lustro. Por bocazas, por soñar.

Y viendo esos cientos de miles, de millones de rostros tranidos por la incertidumbre, pero sobre todo por el dolor o la felicidad –siempre meticulosamente repartida– uno se ve abocado a pensar que menos mal que existe esa cosa llamada fútbol, y que suele conducir a la desesperación más absoluta o al éxtasis igualmente insuperable, pues así los humanos sacan todas sus energías al exterior, las buenas y las malas. El planeta entero mira fascinado a esos atletas vestidos de colorines y persiguiendo una pelotita que es mucho, muchísimo más. Ese objeto esférico une a los pueblos, aun en el dolor. No digamos en el gozo colectivo.

En el fondo las del deporte son batallas de amor, con la excusa de medir las fuerzas por algo. Vencemos o perdemos con nuestros ídolos. Con ellos alcanzamos, a veces en soledad, las mayores alegrías de nuestras vidas, y también los disgustos. Pero seguimos en pie. Pese a lo muy criticado que pueda ser el balompié, por un momento piensen qué ocurriría con toda esa energía que genera el deporte de no ser canalizada correctamente. Creándolo, de ahí iba a surgir algo muy malo. Bendito fútbol.

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