21 abril 2017

A Van Gogh le gustaban las prostitutas

Amsterdam, 20 de mayo. En la exposición de Van Gogh, los visitantes, en ordenada muchedumbre, avanzan en fila india a lo largo de las paredes de las que cuelgan los cuadros. Cada visitante hace una pausa de un cuarto de minuto, treinta segundos, un minuto quizá, y luego sigue adelante, desalojado por los que vienen detrás. Así pues, quince, treinta segundos para «sentir» cada cuadro de uno de los más famosos maestros de la pintura moderna. Se impone, en esta reflexión, preguntarse qué «sienten» los visitantes «verdaderamente». La respuesta es que «sienten» lo mismo que los críticos y entendidos más refinados, lo que pasa es que no tienen capacidad para expresar con palabras, escritas o habladas, eso que «sienten». Les pasa lo que a los niños, que se parecen en todo y por todo a los adultos y tienen idénticos sentimientos, pero no son capaces de comunicarlos. ¿Quiere decir eso, entonces, que comunicar lo que se siente es más importante que el mero hecho de sentirlo? Nada de eso. Lo más importante es que el arte «actúe». 

Ha venido al mundo para «actuar», es decir, para comunicar con las personas. Poco importa el que, luego, esas mismas personas sepan comunicarse más o menos las unas a las otras aquello que han sentido. Como es natural, cada uno «siente» las cosas de manera distinta. Por ejemplo, observando muchísimos cuadros de Van Gogh, a mí siempre me ha llamado la atención la capacidad del pintor holandés para comunicar a través de los colores, y a través de las combinaciones de colores y formas, sensaciones que aparentemente no tienen nada que ver con la pintura. Hablo de sensaciones, no de sentimientos. De hecho, lo que me comunican determinados cuadros de Van Gogh tiene que ver más con el oído que con la vista. Y tampoco estoy diciendo nada nuevo, claro. Ya Rimbaud, con un famoso soneto suyo, había revelado la analogía existente entre el sonido y el color. Cada vocal evocaba un color: la a el negro, la e el blanco, la i el rojo, la u el verde, la o el azul. Frente a los cuadros de Van Gogh he advertido muchas veces, casi con escalofríos, algo invisible que, a la postre, tendremos que llamar silencio.

Hay silencios que no son otra cosa que ausencia de sonidos. Pero también hay silencios que hablan, es decir, que tienen un significado tan complejo y misterioso como las formas y colores. Eso ocurre con ciertos cuadros de Van Gogh. Para empezar, el Café nocturno. Este cuadro, por lo que se sabe, fue hecho para sustituir a otro de tema parecido y que, al parecer, representaba un burdel. Van Gogh quería pintar un cuadro sobre el carácter solitario y abyecto del amor mercenario. Pero, como no tenía suficiente dinero para pagar a las' modelos, se «reorientó» hacia el «café nocturno», lugar también de desesperada soledad y abyección. De hecho, según las propias palabras de Van Gogh, «terribles pasiones» se ocultan bajo la escuálida y fiel tranquilidad del «café nocturno». Lo que emana del cuadro es el silencio lleno de remordimientos de una noche solitaria pasada en un lugar público que hace las veces de hogar. El «café nocturno» es un lugar de perdición muda y resignada para vagabundos, borrachos, artistas fracasados y parados sin techo. El silencio de este cuadro recuerda al silencio que se percibe después de una catástrofe y está conseguido con medios pictóricos de manera sencilla y eficaz. Alrededor de las tres lámparas, la luz se representa como la única cosa móvil dentro de la inmovilidad de todo el ambiente. Como las nubes de insectos que acuden a las lámparas en las zonas tropicales, la luz «revolotea» en tomo a las lámparas del «café nocturno» con una especie de callado frenesí. En cambio, todo lo demás, los parroquianos, el patrón de pie entre las mesas, los muebles y los demás elementos, se halla inmóvil, como en una fulgurante instantánea. El contraste que se produce entre la movilidad de los halos de luz y la inmovilidad del ambiente sugiere en buena medida la sensación del silencio. En el reloj de pared, la aguja señala una hora tardía. Quizá el primer sonido después de tanto silencio sea el del reloj dando las horas.

Otro cuadro de Van Gogh que transmite la sensación de silencio es «la noche estrellada». En él se evoca una atmósfera muy distinta de la del «café nocturno». Si en éste, el silencio es desesperado, en «la noche estrellada» el silencio resulta exaltado, aunque pavoroso. Le trae a uno a la memoria aquella frase de Pascal que decía que «el silencio eterno de los espacios infinitos me aterra». Es una noche de verano, con el cielo sin nubes, aunque repleto de estrellas de furioso resplandor. Un gigantesco ciprés, parecido a una llama solitaria y flameante, domina el panorama bajo y diminuto de un pueblo adormecido en torno a su campanario. La sensación de silencio, al igual que en el cuadro del «café nocturno», se consigue mediante el contraste de la nobleza de las ondas lumínicas de las estrellas y la inmovilidad del paisaje que tienen debajo. A su vez, la luz de las estrellas se representa con colores que van del amarillo al blanco y al azul, replegados sobre sí mismos como inmensos ovillos en el momento de deshacerse. Ese silencio eterno de los espacios infinitos de que habla Pascal está presente en el cielo nocturno y constituye el fondo del firmamento. El silencio de una soledad todavía más profunda que la del «café nocturno» y «la noche estrellada» aparece en el «autorretrato» que pintó nada más autoamputarse la oreja. Van Gogh se cortó la oreja derecha después de una furiosa disputa con su amigo Gauguin. Quizá no sea inútil recordar que existe una costumbre japonesa que coniste en que, durante una discusión, se corte uno un dedo y se lo arroje en la cara al adversario. Se supone que, después de arrojarle el dedo amputado, el adversario accede a nuestras peticiones. Parece ser que Van Gogh se cortó la oreja bien con el ánimo de castigarse, bien con el de tirársela al mundo a la cara. Sea como fuere, el autorretrato expresa la sensación del silencio posterior a una tempestad interior de insólita violencia. Los tonos rojos y anaranjados del fondo hacen destacar el azul cruel, lleno de dolor, de los ojos. El color verde del abrigo hace destacar el rosa del rostro y de los labios apretados sobre la boquilla de la pipa. Van Gogh calla y fuma. Este cuadro subraya precisamente el silencio de un hombre «extremo» que no tiene ya nada que decir.

Otro cuadro lleno de silencio es el del «sembrador». En él, la soledad y el silencio tienen un significado positivo, totalmente contrario al negativo del autorretrato con la oreja vendada. Sembrar es un acto ritual, casi religioso, que, en cualquier caso, significa fe. Es curioso que el rostro del sembrador no tenga rasgos. Tiene un gesto en cierto modo simbólico. No necesita 'tener una cara reconocible. Su gesto consiste en esparcir sobre la tierra abierta por el arado, en una fría mañana de otoño, granos y silencio. Un sol amarillo y enorme es el mudo testigo de ese rito.

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