25 junio 2017

Madonna tiene pelos en los sobacos

Deja claro desde un primer momento que entiende «la perversión como un camino hacia la libertad individual». Luis Antonio de Villena realiza en El libro de las perversiones una travesía hacia fronteras no habituales, pero sin llegar al exceso, que esto ya entra en el terreno de las patologías. Una travesía, que comenzó como un encargo, del que se desmarcó porque se le exigía demasiada ligereza, aunque siguió indagando en el tema, a su manera, ofreciendo los resultados a Planeta, que ahora los publica. No fue del todo fácil entrar en un territorio tan resbaladizo. Villena recurrió al asesoramiento de psiquiatras y psicólogos y se dio cuenta de que «este es un tema del que se conoce muy poco. Después de Freud -subraya- se ha avanzado bastante poco en los porqués de las perversiones». No ha sido la intención de este escritor y poeta hacer un estudio clínico. «Lo que yo quería hacer era un ensayo literario sobre la tolerancia y la libertad relacionadas con la práctica sexual, sobre cómo hay muchos temas de los que no nos atrevemos a hablar, pero que están de alguna manera en mucha gente y les ayudan a realizarse. Si de esos temas se hablase se podría ver que muchos de ellos son más inofensivos de lo que su nombre y el halo de malditismo que los rodea sugieren».

Pero no es lo mismo hablar de «vouyerismo» que de «necrofilía» y el autor es consciente de ello. Entre la perversión inofensiva y la siniestra hay un gran abismo, y Villena ha preferido no cruzarlo, quedándose en el digámoslo así lado amable, rompiendo el silencio en tomo a muchas cuestiones, «que a no pocos les gustaría que permaneciesen en el territorio de lo oculto, porque de no ser así perderían el encanto de la transgresión. Ya lo decía Bataille, que defensor en un principio del sexo liberado, se convenció al final de su vida de que el sexo debía seguir siendo tabuado, porque necesitaba una transgresión para poder existir. Pensaba que si todo estuviera permitido el placer sexual desaparecería o provocaría una carnicería, en la linea del marqués de Sade». La literatura, sus fuentes, son una constante, algo en lo que se apoya el autor, que utiliza un estilo ameno, lleno de anécdotas, pero al mismo tiempo serio y documentado. Así, dedica un capítulo al marqués de Sade «a su sociedad invivible» y rastrea en las perversiones de autores como Proust, Lawrence de Arabia y Swinburne, que de algún modo alimentaron sus obras, sirviéndoles de estímulo («¿Habría escrito Lawrence de Arabia, sin ser ese masosádico tan singular que fue, un libro como Los siete pilares de la sabiduría», se pregunta Villena). Y no deja de reflexionar, al hilo de esto, sobre que la literatura es también una forma de perversión, «porque ambas nacen de la imaginación. La perversión es una fantasía sobre el sexo, del mismo modo que la literatura es una fantasía sobre la realidad. Trabaja con la realidad y la lleva más lejos, saliéndose de los cauces, rompiendo la norma. Todo lirismo, por otra parte, es una perversión del lenguaje».

El tiempo influye sobre las perversiones, pero no tanto como pudiera pensarse («las hay que son eternas»). «A medida que la sociedad occidental se ha ido liberalizando -comenta Villena- han desaparecido algunas variantes del catálogo de las perversiones, y también han aparecido algunas nuevas. Por ejemplo, la homosexualidad simple ha desaparecido del catálogo de las perversiones, mientras que han aparecido virguerías como la «crematistofilía», aquellas personas que sólo pagando pueden obtener la satisfacción sexual». Fenómenos como el Sida han frenado la sexualidad libre (curioso es el recorrido que hace el autor por «La mina», en Nueva York, uno de los templos sagrados del sexo duro, ya cerrado), pero no tanto el desarrollo de las perversiones, «precisamente por el carácter imaginativo de muchas de ellas, que las hacen mucho menos arriesgadas en el sentido médico». «Los momentos de mayor represión son los que más perversiones han provocado, porque la prohibición estimula la perversión», dice el escritor, que cita como ejemplo el Londres victoriano y, ya en el presente, la puritana sociedad estadounidense, que provoca la aparición de fenómenos como Madonna. «Ante ella, que es la perversión puramente imaginativa (un libro como Sex es una introducción a la perversión) se escandalizan más en EEUU que en Europa. Y es que la sociedad que más prohibe es la que más deseos tiene de liberarse de la prohibición. Con esa dialéctica de contrarios es con la que juega Madonna».

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