18 septiembre 2017

Lucrecia de León la vidente

Lucrecia de León fue una chica del madrileño barrio de Atocha que en 1588 tenía veinte años. De la «pequeña burguesía», diríamos hoy, con una cultura sencilla en la que ocupaban su lugar los chismes de la Corte y del vecindario, los sermones de predicadores populares a los gustos y los anhelos -encontrar un buen marido, por ejemplo- de una chica de su edad. Aunque desde niña tenía «sueños» que luego narraba a sus cercanos, a los diecinueve años descubre -ella y su madre- que esos «sueños» narrados comienzan a interesar a algunos notables; como la duquesa de Feria viuda, la inglesa católica Jane Domrer, casera de la familia León, el arzobispo de Toledo e Inquisidor General Quiroga, o, sobre todo, Alonso de Mendoza, primo del duque del Infantado e hijo de una sobrina de Cisneros, doctor por Alcalá y canónigo de Toledo, medio loco y aficionado a la alquimia, la astrología, la adivinación y la oniromancia.


El canónigo Mendoza fue el que organizó la transcripción minuciosa de los sueños de Lucrecia, con la ayuda del franciscano Lucas de Allende, en total algo más de cuatrocientos textos que constituyen el más rico conjunto literario de este tipo. Una treintena de ellos fueron publicados en Tecnos, con extractos del proceso, por María Zambrano, Edison Simons y Juan Blázquez -Sueños y procesos de Lucrecia de León, 1987. 

Pero lo que hace más apasionante el estudio de Kagan es el entronque con la contestación política de amplios sectores cortesanos de este periodo crítico del reinado de Felipe II, hasta situar muy convincentemente a los protagonistas principales en el bando de los partidarios de Antonio Pérez, en el tiempo de su huida de la Corte, la crítica amplia a la política del anciano rey, desde los nuevos impuestos a la política de defensa, y el trasfondo de miedo -Drake, los turcos, los hugonotes, etc.- que hace que lleguen a organizar en las riberas del Tajo verdaderos refugios en cuevas con abastecimientos en previsión de una próxima «pérdida de España». Realismo fantástico y hasta novela negra parecen confluir en una reconstrucción histórica bien documentada y bien trabada. Una vez más, el historiador pudiera ganarle la partida al fabulador, el relato histórico riguroso, con sus lagunas, al relato novelado con sus simplificaciones y falsas certezas. Uno de los encantos mayores de la microhistoria, bien hecha como en este caso, y una de sus bazas más atractivas para salirse del enrarecido medio de los especialistas y de su seudoseria jerga.

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