07 febrero 2018

Ballenas en pie de guerra

Algo está ocurriendo con las ballenas. Por segunda vez, se ha cometido un «delito», en esta ocasión, en el acuario de San Diego, una inmensa piscina construida para poder asistir al espectáculo de los cetáceos amaestrados. El primer suceso de este tipo tuvo lugar en Disneylandia, donde encontraron una ballena muerta. La herida que presentaba difícilmente pudo ser causada por un ser humano. Sus compañeras de espectáculo permanecían separadas del cadaver cuando éste se descubrió. Este año le ha tocado a Kandu, célebre entre los americanos amantes del mar porque fue la primera ballena del mundo que se reprodujo en cautividad. Kandu participaba en el espectáculo «Divos del océano», celebrado cada tarde en el acuario de San Diego (California). Aquel día, Kandu y Corky, su compañera de función, estaban extrañamente alejadas una de otra. Kandu era la más anciana y se le consideraba líder entre las hembras. Sin embargo, algo debía haber ocurrido entre ella y Corky y el espectáculo parecía resentirse. Las dos ballenas no acababan de encontrarse, e ignoraron las dos primeras señales. Mientras, los niños les animaban a voces, ansiosos por presenciar la exhibición.

Debían acercarse girando inversamente en círculos concéntricos, sin llegar a tocarse. Corky salió disparada y, en vez de seguir el curso normal, apuntó directamente hacia Kandu. Los entrenadores se levantaron rápidamente, impotentes. Corky avanzaba a una velocidad insólita. Kandu aceptó el desafío y los dos gigantes se encontraron, lanzando violentamente agua contra el público. Todos se pusieron en pie, convencidos de que el «thriller» había sido ideado por los responsables del acuario: un nuevo y sorprendente espectáculo acuático. Pero los giros tomaron un carácter violento. En la cuarta vuelta, los espectadores se alarmaron: una de las ballenas había saltado fuera del agua. Perdía sangre por la boca y se fue al fondo de nuevo.


Era Kandu, que había sido herida de muerte por su compañera. «Había sangre por todas partes: en el agua, en el fondo, sobre los espectadores. Fue horrible, sobre todo para los niños», relata un testigo. Corky se retiró al lado opuesto, desoyendo cualquier orden o instrucción. Según los expertos «debió tratarse de un arreglo de cuentas, quizá porque Corky no quisiera aceptar el liderato de Kandu». El incidente llevó a la clausura del popularísimo espectáculo de California. Dos días después se conoció la historia de las ballenas asesinas. Más de trescientas intentaron asesinar a Simone y William Butler en el océano Pacífico, en la zona de Panamá. O al menos esta es la historia que ambos contaron, cuando fueron recogidos por la guardia costera panameña, 66 días después de haber naufragado. La pasión de William Butler era el mar. Se jubiló antes de cumplir los sesenta y convenció a su mujer, que no era una experta, para que le siguiera. Darían la vuelta al mundo. Desde Panamá enfilaron para Hawai. Por las noches, si el mar estaba en calma, se confiaban al piloto automático para poder dormir tres o cuatro horas.

Una noche de agosto, mientras dormían en la cabina, William sintió que algo golpeaba el casco. «Eran golpes leves, mi mujer ni se despertó. Como continuaban los golpes, subí al puente y vi que estábamos rodeados de ballenas. Serían unas trescientas». Las ballenas formaron un círculo cerrado alrededor del casco. Era imposible atravesarlo. Willian tomó el mando del barco para intentar abrir una vía de salida. «Había un líder en el grupo, y éste empezó a empujar la barca para hacerla girar. Pese a la sensación de inestabilidad, al principio no sabía si se trataba de una especie de amenaza o de un juego extraño». Un golpe violento, procedente del lado opuesto, hizo que William descubriera a dos ballenas que chocaban entre sí, golpeando a su vez contra el casco. «Lanzaban señales entre ellas, de forma que sincronizaban los golpes. 

Bajé corriendo para despertar a mi mujer y, casi sin tiempo, se puso el salvavidas, recogí todas las provisiones que tuve a mano y nos lanzamos en la lancha de goma. El barco estaba desfondado. Curiosamente, las ballenas dejaron paso a la lancha. Fue como atravesar un valle estrecho, como navegar entre montañas. Mientras tanto, las ballenas terminaron de romper el casco». Al amanecer, afirma William Butler, la cadena de ballenas vigilaba a los dos náufragos, como asegurándose de que no pudieran salvar el barco estropeado. Según William y Simone, el comportamiento de las ballenas puso de manifiesto que pueden destruir cosas, pero no personas. «Incluso nos siguieron durante nuestro vagabundeo hasta que se encontraron con los tiburones. Sólo entonces se retiraron». Quizá no ocurrió tal y como los Butler lo narraron, pero parece cierto que, después del asedio de las ballenas, los Butler sufrieron otro más «normal» aunque no por ello menos terrorífico: el de los tiburones.

Quien conoce la historia no se asombra de la «inteligencia» de los tiburones, que saben cómo morder un barco, cómo desgarrar con los dientes -los Butler se afanaban por reparar los desperfectos con lo que llevaban a bordo, cómo aferrar con la boca la mano del hombre que faena dentro del agua. Lo que asombra a los conocedores del océano es el acuerdo entre los tiburones y las ballenas, una especie de alianza sanguinaria que parece decirle al hombre: «Un navegante solitario debe saber que no tiene salida, que en el mar no se puede combatir contra nosotros». Una parte de la historia parece creíble, aunque el comportamiento asesino de las ballenas sorprendió a todos, y es comentario habitual entre navegantes. 

La otra -el asedio, las trescientas ballenas, la alianza entre animales para matar a hombres- puede ser fruto de la distorsión de juicio típica de los náufragos, como se constata tanto en la literatura como en los estudios científicos. No obstante, incluso poniendo en duda parte de la historia de los naúfragos Butler, todo esto, junto a los otros sangrientos sucesos entre cetáceos, encierra una extraña moraleja. Por si no fuera poco el misterio, contaba la señora Butler a los periodistas, con un hilo de voz: «Tres grandes barcos nos han avistado durante el naufragio. Percibíamos con claridad cómo nos observaban desde el puente a través de unos prismáticos. Los tres, después de un rato, se han alejado, abandonándonos al destino».

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