21 febrero 2012

Trinidad Coronado

Enrique Urbizu subrayaba ayer de este modo una de las claves de su noche de gloria en los Goya: «Un porcentaje muy alto del éxito de esta película lo tiene José Coronado. En la película, hace de un perfecto hijo de puta, un personaje que no tiene a priori ningún rasgo para generar empatía. Sin embargo, es algo que sucede y acaba produciendo emociones en el espectador, algunas contradictorias, porque le acabas cogiendo cariño a un tipo borracho, violento y acabado». 

El interfecto, que obtuvo su primer cabezón tras 25 años de carrera, no cabía el domingo en el esmoquin, hasta el punto que reventó un botón al saberse ganador. Ya en el backstage, recordó el momento: «Por un lado el cerebro me pedía ser cauto y estaba esperando el nombre de Luis [Tosar] o Antonio [Banderas], pero luego el corazón pedía a gritos que fuese para mí. Así que cuando han dicho mi nombre se me ha parado el mundo». 

Por eso, porque sabe lo que es estar tanto tiempo actuando, en algunos casos en trabajos infravalorados por su imagen de guaperas, levantó el Goya hacia sus compañeros de gremio: «Sus trabajos impecables hacen más importante este premio». Y no pide más. «Con que me den el Goya de Honor dentro de otros 25 años me doy por satisfecho», sentenció entre risas. 
«Era un sueño que se ha cumplido, pero que tampoco lo necesitaba. Mi profesión me enamora de tal forma que me levanto feliz por la mañana y me considero un privilegiado por poder ser actor y ganarme la vida dignamente con esta maravillosa profesión», afirmó. 

«Se puede ser feliz sin esto, porque hay otros muchos que no lo tienen. Mira a Antonio, por ejemplo, si no merecería un Goya desde Átame. Pero hombre, la verdad es que da mucho gustito. Sobre todo por compartirlo con la gente que quieres». 

La clave está en Santos Trinidad un inspector de policía chungo que tiene que jugar a héroe y malvado al mismo tiempo. Un papel que Coronado no cree poder encontrar en bastante tiempo. «Otro Santos Trinidad, a menos que el maestro se inspire [mirando a Enrique Urbizu], sería imposible». Curioso enamoramiento para un ser que Coronado describe como «un despojo, un perdedor, un hijo de puta que vive en el infierno». 

Y, como el propio cineasta, Coronado quiso incidir en que, más allá de los tiros con escopeta recortada y los cubatas en puticlubs, No habrá paz para los malvados encierra una idea del mundo: «El mérito de esta película es que Enrique ha contado una historia muy contundente y que nos compete a todos, que ha levantado la alfombra de algo que está pasando en Occidente. Y que encima lo ha hecho de una forma tan inteligente que te atrapa y te engancha. Es nuestro granito de arena para hacer que la gente tenga más fe y se congracie con nuestro cine». Director y actor han trabajado juntos en La caja 507 y La vida mancha, una relación que le gustaría continuar en el futuro «Querrá trabajar con otros monigotes. Pero el sabe que, aunque sea para hacer un cameo como camarero de discoteca, me tiene para lo que quiera, porque es un gran director y un mejor amigo». 

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