22 junio 2013

Los realitis están haciendo su agosto

Los vampiros de la pequeña pantalla no han resistido la llamada de la sangre. Oprah Winfrey, la presentadora mejor pagada de la televisión estadounidense, la reina del «reality show» y el morbo de andar por casa, se ha puesto las botas con el caso de Alexander y Michael, los dos niños brutalmente asesinados por su madre, Susan Smith, en Carolina del Sur.

El sábado, un día antes de que se celebrara el funeral por los pequeños, Oprah trasladó a todo su equipo a la localidad de Buffalo. Cámaras, productores, regidores, iluminadores... La Iglesia Metodista Unificada de esta localidad fue el escenario elegido por la presentadora para rodar una edición más de The Oprah Winfrey Show, el programa que de lunes a viernes se emite por la cadena ABC de cuatro a cinco de la tarde. El de más audencia durante esa franja horaria.

Vecinos, amiguitos de los niños muertos... La reina del «reality show» interrogó ante las cámaras a unos y otros, siempre en un baboso tono lacrimógeno. Por si el escenario -la iglesia donde sólo horas después tendría lugar el funeral por los pequeños- no fuese ya de por sí suficientemente morboso, Oprah reunió a un puñado de lugareños para «destripar» aún más el caso de Alexander y Michael. Oprah es una especie de Nieves Herrero a lo grande que, en vez de narrar el asesinato de las niñas de Alcasser, se recreaba en el de dos niños muertos por su propia madre. Y, como entonces, el dolor y el mal gusto elevados a la categoría de espectáculo de masas.

El programita en cuestión se emitirá hoy mismo. El éxito está asegurado: el morbo es uno de los ingredientes preferidos de los telespectadores estadounidenses.

Ayer, un día depués, ya sin Oprah ni cámaras, la misma Iglesia Metodista Unitaria fue testigo del dolor real de una población conmocionada por un crimen terrible. Unas mil personas se dieron cita para despedir los restos de Michael y Alexander. El templo rebosaba de ramos de flores -el mismísimo presidente Bill Clinton también envió una corona-, ositos de peluche y pasajes bíblicos con los que dar el último adiós a esos «preciosos pequeños». Por unas horas, los verdaderos protagonistas fueron las víctimas. El odio hacia la madre-asesina se guardó hasta después.

La familia de los pequeños ocupó varios de los bancos de la capilla. Cogidos de las manos, lloraban y agradecían a los amigos y vecinos de la localidad el apoyo prestado. El padre, David Smith, llegó un poco tarde. Daba un apretón de manos a todos los que le transmitían sus condolencias. Y abrazos efusivos a los parientes más cercanos.

Y por fin salieron. Dos féretros pequeños, de un blanco inmaculado. Las cajas en las que Michael y Alexander descansan. El silencio envolvió la iglesia. A los asistentes se les encogió el estómago. Adiós, Michael. Adiós, Alexander.

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