12 septiembre 2014

Las maravillosas cataratas de Iguazú

No hay palabras. Sólo onomatopeyas, como en los tebeos de superhéroes: «¡Oh! ¡Ah! ¡Bum! ¡Whoa! ¡Eh! ¡Ay!». Cuando asoman las cataratas de Iguazú, lo más inteligente es balbucear porque el espectáculo es tan alucinante, tan irreal, tan sobredimensionado que cualquier apreciación sonará ridícula. Sólo los necios son capaces de articular palabra. El resto, masculla lo que puede ante este espectáculo visual y sonoro preparado con mimo por la Naturaleza. Porque las caídas de Iguazú se ven pero también se oyen: resulta imposible abstraerse del atronador murmullo del líquido cayendo, un gran «¡Broooooooooshhhhhhhh!» infinito, acompasado e insistente que acompaña a los casi tres kilómetros de chorros de este gigantesco juguete.

Están en Brasil, en el estado de Paraná, cerquita de Foz de Iguazú, el principal núcleo poblacional junto a ellas. Su grandeza es tal que no podían ser propiedad de un único dueño, había que compartirlas: de ahí que ejerzan de frontera natural con Argentina, país que, oficialmente, posee un 70 por ciento de su superficie. Brasil sólo cuenta con el 30 por ciento restante pero tiene a su favor un hecho imponderable: las mejores panorámicas del fenómeno se obtienen desde sus miradores y senderos.

El artífice de todo ello es el río Iguazú, una vasta arteria que nace en la Sierra del Mar brasileña -pegada al Atlántico sur- y recorre mil y pico kilómetros antes de regalar su mercancía al Paraná. El jaleo de las cataratas lo monta poco antes de desaguar, como si el Iguazú -o Iguaçu, que significa agua grande en tupí-guaraní- quisiera armar la de San Quintín para celebrar que ha cumplido con su cometido.

La Historia dice que fue el andaluz Álvar Núñez Cabeza de Vaca su descubridor, pero hay poco de cierto en ello. Se limitó a ponerles nombre, apellido (las bautizó como Saltos de Santa María con muy poco éxito pues, al final, ha pervivido la denominación indígena) y a hacer una muesca en los mapas europeos del Nuevo Mundo.

Cuando él llegó, aquí ya habitaba la tribu guaraní. Aún así, sería canallesco quitarle méritos a Cabeza de Vaca, un auténtico kamikaze de la exploración americana que se pateó -literalmente- en condiciones extremas, el norte del actual México, vagabundeó cuanto quiso, conquistó lo que pudo, naufragó varias veces y, ya en la recta final de su vida, partió desde la costa del estado brasileño de Santa Catarina hasta Asunción, en el actual Paraguay.

Fue en este periplo cuando, a bordo de una embarcación alquilada a los guaraníes, llegó hasta Iguazú en 1541 y, claro, el jerezano se quedó helado ante el colosal espectáculo. En sus Comentarios lo dejó escrito: «Y yendo por el dicho río de Iguazú abajo era la corriente de él tan grande que corrían las canoas con mucha furia (…) Da el río un salto por unas peñas abajo muy altas y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe muy lejos se oye». Ante las cascadas, la expedición tuvo que suspender la navegación, portar las canoas «a fuerza de brazos» y realizar el resto del recorrido, a pie, por la selva.

Cuando el viajero contemporáneo aterriza en Iguazú, es imposible obviar otro caudal que, en vez de H2O, transporta datos y números y dan fe del gigantismo de la maravilla. Las cataratas se enclavan en el Parque Nacional homónimo, creado en 1939, el primero de su especie en Brasil y, aún ochenta años después de su nacimiento, el más visitado. Sería un error gigantesco creer que el parque se reduce a las cascadas y a apenas unos pocos kilómetros de selva ribereña que crece junto al Iguazú. En total, son casi 2.500 kilómetros cuadrados de floresta espesísima, capaces de envolver por completo la canaria isla de Tenerife. 

A diferencia de la jungla amazónica -poco espesa y con árboles espigados de hasta 60 metros de altura-, la de aquí, la atlántica, es bajita pero muy fondona y boscosa: sería imposible tratar de atravesarla. 

Para conocer la profundidad de esta afirmación, basta con tomar uno de los vuelos panorámicos en helicóptero y asombrarse, no ya ante el espumoso espectáculo -desde arriba, semejan un surtidor de champagne-, sino ante la inmensidad de la selva del Paraná, con kilómetros y kilómetros de verde infinito, misterioso y acongojante por aquello de no saber, ni remotamente, lo que puede ocultar ese tupido manto vegetal. 

El parque sólo representa una infinitésima parte -un 1 por ciento- de lo que era la antigua selva del Paraná, cuya superficie original era comparable a la de Portugal. Los milagros de la Naturaleza no son tales hasta que ingenieros, biólogos y matemáticos calculan qué esconde este ciclópeo complejo natural y lo visten de datos bellos y abrumadores. ¿Quién de aquellos trotamundos que acompañaban a Cabeza de Vaca se pararía a contar los 275 saltos que tienen en total? 

¿Quién mediría los ochenta y pico metros de altura de la Garganta del Diablo, la más colosal, ruidosa y trepidante de todas? ¿Serían capaces de calcular los 2.000 millones de litros de agua que, por ejemplo, caían por segundo en este pasado mes de abril? ¿Era posible, en aquella época, saber que el Parque Natural sirve de hogar a más de 2.000 especies vegetales diferentes, 44 de mamíferos, 1.500 de mariposas, 400 de aves, más de 41 de serpientes y hasta 26 variedades diferentes de murciélagos, algunos de ellos vampiros? ¿Se fijarían aquellos exploradores, sedientos de oro y gloria, en el espectáculo de los vencejos, aquellas aves que se precipitan hacia la Garganta del Diablo porque esconden sus nidos tras las cascadas?

No es justo creer que las cataratas son, solamente, eso, unas cataratas. El mecanismo secreto que explica la grandeza de Iguazú es el mismo que justifica la magia de los atardeceres: uno podría pasarse horas y horas observando el desfile acuático, ensimismado y ausente, posando la mirada unas veces en los chorros diminutos que aparecen de la nada y, otras, en las 19 grandes cascadas. Los nombres de éstas basculan entre la épica -la citada Garganta del Diablo-, la Biblia -Adán y Eva, San Martín-, la política -Benjamin Constant, fundador de la República brasileña- o el ensueño, como el caso de Véu de Noiva, el velo de la novia por un parecido más que evidente con esa prenda pálida. El espectáculo es siempre el mismo, pero siempre diferente. Ahí radica su grandeza.

La vertiente brasileña cuenta con caminos, senderos y miradores de todo tipo para sentir la experiencia acuática en toda su amplitud: desde arriba, desde abajo, desde el interior del propio río Iguazú, bajo las nubes de vapor de agua que, según el caudal, son capaces de levantarse un par de decenas de metros de altura. Son varias las constantes a lo largo de todo el recorrido.

Por un lado, los arco iris que aparecen aquí y allá, señal inequívoca de que coqueteos entre el sol y las microgotas que salen despedidas del río fructifican. Por otro, los coatíes, esas criaturas que tienen un poco de mono, otro poco de perro, de ardilla o de oso hormiguero y que han aprendido a convivir con las miles de personas (y con la pitanza que les pueden sisar) que, anualmente, deambulan por aquí. Los bichejos, absolutamente inofensivos, aparecen y desaparecen constantemente entre los senderos en busca de una limosna alimenticia. Cuando no la encuentran, las papeleras tiemblan pues los coatíes van a por ellas.

En 1986, cuatrocientos años después de la visita de Cabeza de Vaca, las cataratas volvieron a ser redescubiertas masivamente gracias, en esta ocasión, a la magia del cine. El estreno de la película La Misión (en la que pululaban Robert de Niro, Jeremy Irons o Liam Neeson) y la famosa secuencia del crucificado precipitándose por una colosal pared líquida, la misma que acabaría protagonizando el más famoso cartel promocional del filme, contribuyeron a clavar Iguazú en la retina de toda una nueva generación de viajeros. La cinta -que relata con mimo y crudeza lo que les pasó a los guaraníes y a sus tribus vecinas en el siglo XVIII, tras abrir las puertas de su hogar a españoles y lusos- se llevó el Oscar a la mejor fotografía.

Porque Iguazú parece, ante todo, un gigantesco e irreal plató cinematográfico, uno diseñado por un ejército de arquitectos y decoradores que aspiraban a idear un espacio descomunal y salido de madre, un puro exceso. Esta característica tan épica no pasa desapercibida para los infelices, los románticos o aquellas personas asfixiadas por las penas que peregrinan hasta aquí para poner punto final a su existencia, como le ocurría al crucificado de La Misión pero sin cruz y por voluntad propia. «Todos los años, alguien se arroja al vacío para quitarse la vida», relata Roberto, uno de los jóvenes guías que muestran el parque. «Luego hay que ir tras el cuerpo y recuperarlo, aunque, en ocasiones, los familiares solicitan que se quede ahí, que siga el recorrido río abajo...».

Incluso hay peces como los Moncholos o los Dientudos que se despistan (o, quién sabe, puede que lo hagan queriendo) y se dejan llevar por la corriente para practicar el mayor salto que jamás darán en su vida.

Desde el año 1958, las colas de caballo de Iguazú no duermen solas. Les acompaña el Hotel Das Cataratas, un suntuoso y discreto -virtud obligada en un sitio como este- alojamiento de estilo colonial portugués que nació tocado por la buena suerte. Se trata del único establecimiento hotelero que se ubica en el interior del parque brasileño lo que tiene una connotación muy especial: fuera de los horarios en los que el parque está abierto al público (de nueve de la mañana a cinco de la tarde), éstas y todo lo que hay en ellas -miradores, pasillos entre la selva, las pasarelas que se adentran en las nubes de vapor…- son de uso exclusivo de los huéspedes. 

En las noches de luna llena, no son raros los viajeros que abandonan la comodidad de la cama del hotel para adentrarse en el sendero selvático y caminar veinte kilómetros en pos de la Garganta del Diablo.

Apenas llevan una linterna y van, siempre, en pequeños grupos, pues los guías y el personal del Das Cataratas juran y perjuran que los jaguares sólo atacan a aquellos que caminan en solitario. Los huéspedes no salen en busca de una aventura o una anécdota, sino en pos de un milagro de la naturaleza que, si el cielo clarea, ocurre cada 27 o 28 días. Con luna llena, la luz se proyecta sobre los saltos de Iguazú, pintando un arco iris muy especial, en mitad de la noche y la oscuridad del Paraná. Es el arco iris de luna, delicado y hermoso pero, eso sí, siempre acompañado del «¡Broooooooooshhhhhhhh!» que resuena junto a este blanco cortinaje desde hace siglos.

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