17 marzo 2015

Blanca Portillo la actriz más fea que tenemos

Aún quedan tres semanas para que finalicen las funciones de La vida es sueño en el Teatro Pavón. Sin embargo, si usted no compró las entradas a comienzos de octubre despídase de ver este brillante montaje. Todo el billete se despachó hace más de un mes. Sin quitar méritos a los inmortales versos de Calderón de la Barca, este éxito en tiempos de crisis (se calcula que las artes escénicas perderán 17 millones de euros este año por la subida del IVA) tiene un nombre y un apellido: Blanca Portillo.

Así lo ha reconocido el jurado del Premio Nacional de Teatro, que la ha distinguido la pasada semana por su colosal interpretación de Segismundo. Uno de los escasos galardones escénicos que le faltaban a esta actriz a sus 49 años: desde el Max hasta el Ojo Crítico, pasando por el de la Unión de Actores o el Ercilla, habían caído ya en sus manos. En cine también puede presumir de una Palma de Oro en Cannes y una Concha de Plata en San Sebastián. El Goya acabará llegando. Ya van tres nominaciones.

Sin duda, poca gente tiene menos motivos para entonar el célebre «¡Ay, mísero de mí / Ay, infelice!». El galardón Nacional de Teatro viene, además, dotado con 30.000 euros. Aunque el aspecto pecuniario no tenga demasiada importancia en el caso de Portillo, quien además de ser una actriz superdotada ha demostrado ser una avezada productora. Al frente de Avance Producciones ha tenido éxitos como La avería, que en los últimos Max logró cinco manzanitas.

De hecho, en 2009, cuando la crisis empezaba a arreciar la empresa de la que Portillo es administradora única, arrojó un saldo positivo de 367.000 euros. Una cuantiosa cifra para las artes escénicas, donde se mueve menos dinero que en el cine o la televisión. Ella prefiere ser modesta. En una ocasión escuchó decir a José Luis Gómez que uno no se puede llamar productor si no se ha arruinado tres veces. «Yo ya llevo un par de proyectos que me han dado grandes quebraderos de cabeza. Me queda el tercero...», confesaba con buen humor.

En cualquier caso, el dinero no es lo que mueve sus elecciones. Con un par de episodios en una serie como Siete Vidas ganaría mucho más que actuando en La vida es sueño, donde tiene un salario mensual que ronda los 3.500 euros. Es lo que tiene actuar para un entidad estatal como la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Por su prestigio y trayectoria, Portillo está llamada a suceder a Nuria Espert en ese pomposo título de Gran Dama de la Escena Española. Posiblemente, a ella no le haga mucha gracia este calificativo. «Es la persona menos vanidosa que conozco», cuenta una asistente que ha trabajado con ella. «Recuerdo que en el pasado Festival de Almagro, en el estreno absoluto de La vida es sueño, aquello estaba lleno de periodistas y fans suyos y ella se paseaba con una sudadera XXL y sin una gota de maquillaje como si la cosa no fuera con ella».

Encantadora y muy disciplinada son los adjetivos que suelen emplear quienes han trabajado codo con codo con ella. «Se para a saludar a quienes le piden un autógrafo. Y nunca la he visto discutir... pero sabes que más vale no hacerla enfadar porque tiene mucho genio. Se toma muy en serio su trabajo».

Portillo ha sido chica Almodóvar por partida doble (Volver y Los abrazos rotos). Esther García, productora de El Deseo, refuerza esta imagen de actriz proletaria alejada de los divismos. «Sólo te puedo decir que es excepcional. Siempre se sabe sus líneas de diálogo. Si tiene que compartir coche, lo comparte. No le importa el tamaño del camerino. Es puntual... Todas esas cosas que deberían ser lo habitual en un actor y que, a veces, por desgracia no lo son».

Quizás sea ese aire de normalidad que rodea su día a día lo que ha hecho que apenas hayan trascendido datos de su vida privada a pesar de ser una de las actrices más (re)conocidas del país.

Cada día se puede ver a Portillo vestida de paisana yendo al teatro dando un paseo desde su casa en el castizo barrio de Tirso de Molina. Por el barrio también se la ve con bolsas de la compra o tomando una caña con sus amigas («aunque no sea nada farandulera», asegura una colaboradora). Se machaca regularmente en el gimnasio (una actriz dice que es uno de los físicos más fibrados de la profesión: «No tiene nada de celulitis») y su único vicio confesable es el tabaco. No ha sido capaz de dejarlo a pesar de que la voz sea uno de sus instrumentos de trabajo. Lo cierto es que tampoco quiere hacerlo.

El próximo año cumplirá los 50 y la maternidad seguirá siendo su asignatura pendiente. Hace un par de años en una entrevista en Magazine confesaba que cada vez le llamaba más y que quizás hiciera un alto en su carrera para dedicarse a ello. «Quiero cuidar de alguien. Me da igual si sale de mí o si lo traigo de donde sea. Quiero tener un pequeño. No me importa que no sea un bebé o que tenga ocho o nueve años».

Hasta que llegue ese momento, Blanca vuelca su amor maternal con sus sobrinos. Ella es la mediana de una familia numerosa de ocho hermanos. Una gran familia que le ha marcado desde la infancia. Su madre se separó en los 60 y tuvo que echarse la familia a cuestas. El padre de Portillo falleció cuando la actriz tenía sólo 18 años. Ella está muy unida a su hermana mayor, Maite, quien la animó a hacerse actriz. Criarse en ese matriarcadoha forjado su carácter. «He sido educada en el sacrificio».

Sin embargo, con los hombres no ha tenido paciencia. «Me encanta amar y que me amen, pero convivir no me termina de gustar. No puedo estar 24 horas con alguien. No puedo». Así pues, sus parejas nunca la han acompañado en la alfombra roja y permanecen en un discreto plano. Ella nunca les ha dado publicidad, aunque alguno fuera de la profesión. Es celosa de su intimidad y el único marido al que se entrega totalmente es el teatro.

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