28 mayo 2015

Los solteros son más beneficiosos para el Estado

Si Fania Miñaur, Manuel lllán y Paco Ibarra han optado por definirse como neosolistas para desmarcarse del agostado concepto de «cantautor», también podemos los solteros pasar a llamarnos neosolteros para dignificar un estado civil que siempre se ha valorado despectivamente, como una manera de estar un poco vengorzante, propia de crápulas empedernidos, de curas y monjas, de solteronas patéticas, de lesbianas y de maricas. Pero el desdén moral no tendría demasiada importancia sino se tradujera en unas leyes discriminatorias. 

Mi abogado, que también es soltero, me enumera las desventajas: somos más rentables para el Estado porque no nos beneficiamos de exenciones fiscales, ni de subvenciones, ni de bonificaciones en los trenes o en los aviones, ni tenemos acceso a la vivienda pública, ni facilidades en la concesión de créditos. 

En el trabajo nos miran de reojo y lo peor no es que nos acosen subalternos siniestros o secretarias que se quedaron en la cuneta por feas pero que creen ciegamente en los valores eternos de la familia y el matrimonio, sino que por el mismo esfuerzo, y aunque obtengamos mejores resultados, nos pagan menos que a los casados que, además, cuentan con pluses y permisos por boda o parto que nosotros ni olemos. No sólo es una injusticia. Es un anacronismo. La familia es lo más y me fascina, pero si uno no quiere o no consigue casarse, no tiene por qué pagar tan cara su libertad o su soledad. Creo recordar que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, así que es hora de plantearse si las mencionadas discriminaciones no estarán atentando contra este principio fundamental de la Constitución. 

Primero hay que ganar la batalla legal y ya vendrá después, porque es de cajón, la victoria moral. Pero conviene anticipar algo: sentar la cabeza no implica casarse. Hay muchos neosolteros que la tienen bien sentada, que no son veletas desgraciadas sino mujeres y hombres que, por las razones que sean, prefieren no unirse a nadie por contrato. Y que no nos vengan con los hijos, porque los neosolteros podemos tenerlos en cuanto se nos ponga en el gorro, ni nos hablen de felicidad conyugal, porque preguntaremos: «Ah, pero ¿eso existe?»

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