La exterminación de los cátaros por la Iglesia Católica.-
Durante siglos, los cátaros practicaron su fe desde sus fortalezas, alejados de una Iglesia oficial que consideraban corrompida. Sin embargo, el papado acabó viéndolos como una grave amenaza para su autoridad y emprendió una campaña destinada a erradicar este movimiento.
Desde su castillo, los condes de Foix fueron partidarios del catarismo:
Con el tiempo, aparecieron nuevas comunidades cátaras en el reino de Francia y en varios de sus territorios dependientes, como Champaña, Borgoña y Flandes.
También se extendieron por Aquitania, Alemania —especialmente Lieja y Renania—, Italia, donde surgieron numerosas Iglesias muy activas, sobre todo en el norte, los condados catalanes situados al norte de los Pirineos y la región que más tarde recibiría el nombre de Languedoc.
Cátaros, los hombres buenos
Su presencia fue especialmente importante en los territorios del condado de Tolosa, los vizcondados de Carcasona, Béziers y Albi, el vizcondado de Narbona y el condado de Foix.
En estas tierras occitanas, donde la Iglesia de los bons homes alcanzó su mayor implantación, existen testimonios de comunidades cátaras desde el siglo XI y, sobre todo, a lo largo de los siglos XII y XIII.
En conjunto, llegaron a organizar cinco obispados y más de cincuenta diaconados, además de numerosas casas y conventos repartidos por pueblos y ciudades.
El dominico Bernard Délicieux fue sometido a juicio en 1319 tras denunciar los abusos cometidos por la Inquisición durante la persecución de los cátaros. La escena quedó inmortalizada en el óleo L'Agitateur du Languedoc, pintado por Jean-Paul Laurens en 1887 y conservado en el Museo de los Agustinos de Toulouse:
La dimensión real del catarismo en Occitania ha sido objeto de debate y resulta difícil calcularla con precisión. Aun así, algunos estudios consideran razonable pensar que pudo alcanzar aproximadamente a una quinta parte de la población del Languedoc.
El número de personas ordenadas dentro de la Iglesia cátara era relativamente bajo, aunque la cantidad de creyentes y simpatizantes era mucho mayor. La fuerte inquietud de la Iglesia de Roma se explica, sobre todo, por la presencia del catarismo en todos los grupos sociales y por su notable influencia entre las élites, especialmente entre nobles y propietarios de tierras.
La Iglesia oficial veía con preocupación que esta doctrina hubiera arraigado tanto entre campesinos humildes como entre miembros poderosos de la nobleza.
El caso de Toulouse, analizado por el historiador Michel Roquebert, resulta especialmente revelador. Durante la represión inquisitorial de 1246 a 1248, en una ciudad de unos 40.000 habitantes, fueron condenados a prisión perpetua 185 creyentes, una proporción inferior al 5 % de la población.
Sin embargo, muchos de los condenados pertenecían a destacadas familias urbanas. Entre ellos había notables, terratenientes y antiguos señores de castillos del Lauragais que se habían arruinado y residían en Toulouse. Roquebert señaló que, trasladando la proporción a una ciudad diez veces mayor, equivaldría a encarcelar por sus ideas a 1.850 personalidades relevantes.
LOS BUENOS CRISTIANOS
¿Cómo se organizaban las comunidades cátaras? En el nivel más básico se encontraban los creyentes, es decir, los seguidores que aún no habían recibido el consolament, el bautismo cátaro.
Estas personas asistían a las ceremonias, escuchaban las predicaciones y esperaban recibir el sacramento antes de morir. Creían que así el espíritu, atrapado en el cuerpo material, podría liberarse y alcanzar el paraíso.
Por encima de ellos se situaban los miembros plenamente integrados en la Iglesia. Tras superar un periodo de preparación que solía durar entre uno y tres años, recibían el consolament como rito de ordenación y se comprometían a cumplir estrictamente las normas de su religión.
La abadía de Saint-Hilaire, un monasterio benedictino fundado a finales del siglo VIII, contó con el apoyo de los condes de Carcasona. Durante la cruzada albigense, sus monjes fueron acusados de herejía, lo que provocó el saqueo del recinto y su posterior entrega a la comunidad de Prouille:
Ellos se definían sencillamente como «cristianos». En el Languedoc, la población los conocía como bons homes y bones dones, mientras que la Iglesia católica los calificaba de «herejes revestidos» o, con menor frecuencia, de «perfectos», es decir, herejes plenamente iniciados. El conjunto de estos buenos cristianos formaba la llamada Iglesia de Dios, conocida en occitano como Gleisa de Dio.
Su función principal consistía en predicar, dirigir las oraciones rituales, administrar el consolament y asegurar la continuidad apostólica de su Iglesia conforme a las reglas de justicia y verdad.
Vivían en comunidad, se mantenían con su propio trabajo y practicaban una pobreza rigurosa. Seguían normas estrictas de alimentación y abstinencia sexual, y vestían con gran sencillez. En periodos de tranquilidad llevaban hábitos negros de tejido basto, el cabello largo y barba. Cuando debían ocultarse, utilizaban prendas oscuras, normalmente de tono azul negruzco y con frecuencia provistas de capucha.
El castillo de Peyrepertuse, situado en el Languedoc, estuvo gobernado a comienzos del siglo XIII por Guillaume de Peyrepertuse, conocido por respaldar a los cátaros. En 1217 se vio obligado a rendirse ante Simón de Montfort y, en 1239, la fortaleza pasó a manos de la Corona:
Las mujeres vestían igualmente con prendas oscuras y cubrían siempre su cabello con una toca, una costumbre habitual en aquella época. Los miembros de la comunidad solían desplazarse en parejas del mismo sexo, formadas muchas veces por un buen cristiano y un aprendiz o sòci.
Llevaban consigo un libro con textos del Nuevo Testamento y comentarios para sus predicaciones, además de algo de ropa, alimentos y, con frecuencia, una escudilla propia para evitar comer en recipientes que hubieran estado en contacto con carne.
Cada comunidad cátara estaba dirigida por un anciano. En las comunidades femeninas, esa función recaía en una anteposita, equivalente a una priora o superiora. Normalmente era la persona con mayor antigüedad en la fe y se encargaba de presidir los actos religiosos, dirigir las oraciones, realizar el rito diario de la partición del pan y administrar la casa.
UNA VIDA DE FE Y POBREZA
Por encima de esta figura se encontraba el diácono. En periodos de normalidad, visitaba las casas religiosas de su territorio, supervisaba la disciplina y la gestión de las comunidades y celebraba cada mes el servici o apparelhamentum, un rito colectivo de penitencia y preparación espiritual.
No se conoce la existencia de diaconisas, a pesar del importante papel que desempeñaron las mujeres dentro de la Gleisa de Dio, mucho más destacado que el de las monjas en la Iglesia de Roma.
Dentro de la jerarquía también estaban el hijo mayor y el hijo menor, que actuaban como ayudantes del obispo. El hijo mayor lo sustituía en caso de muerte o incapacidad y, a su vez, era reemplazado por el hijo menor. Después, la comunidad elegía y consagraba a un nuevo hijo menor durante una asamblea.
Albi, situada a orillas del río Tarn, fue uno de los principales centros del catarismo hasta que los cruzados conquistaron la ciudad en 1209. A finales del siglo XIII se levantó la catedral de Santa Cecilia, concebida como una fortaleza frente a una población que todavía mostraba una fuerte resistencia:
En la cúspide de la organización cátara se encontraba el obispo, ya que no existían cargos equivalentes a arzobispos, cardenales o papas. Era el responsable de la diócesis y tenía autoridad para ordenar a nuevos miembros de la Iglesia. No se tiene constancia de que hubiera mujeres desempeñando este cargo.
Los integrantes de la Iglesia vivían habitualmente en comunidad, separados por sexos, dentro de una casa religiosa u ostal situada en el interior de los pueblos. Esto los diferenciaba de los monjes católicos, que solían instalar sus monasterios en lugares apartados. En estas casas, los cátaros trabajaban, rezaban y celebraban sus ritos. Algunas también funcionaban como alojamientos u hospitales.
Estos establecimientos se parecían a los posteriores conventos de las órdenes mendicantes, aunque eran más pequeños, numerosos y abiertos. En ellos no solo residían religiosos y novicios, sino también creyentes que permanecían durante una temporada, en ocasiones acompañados por sus hijos.
UN SACRAMENTO SALVADOR
Los cátaros ordenados constituían una minoría, mientras que la mayoría de sus seguidores esperaba recibir el consolament poco antes de morir. Aun así, mantenían una estrecha relación con su Iglesia a través de la vida cotidiana, las predicaciones y diversos rituales. Dos prácticas reflejan especialmente este vínculo: el melhorier y la convenensa.
El melhorier, llamado melioramentum o adoratio en las fuentes católicas, era una ceremonia pública mediante la cual los creyentes mostraban respeto hacia los miembros de la Iglesia y pedían su bendición e intercesión. Precisamente por ser un gesto fácilmente reconocible, podía resultar peligroso en tiempos de persecución.
El rito incluía tres reverencias y un breve diálogo con fórmulas establecidas. El creyente pedía al religioso que rogara a Dios por él y lo condujera a un buen final. El cátaro respondía deseándole la bendición divina, su conversión en un buen cristiano y la salvación. La ceremonia concluía con el beso de la paz, conocido como caretas.
Un religioso cátaro administra el consolamentum a un creyente en su lecho de muerte, mientras dos frailes franciscanos contemplan la escena con rechazo antes de alejarse. La ilustración pertenece a una Biblia moralizada del siglo XV:
La convenensa, denominada en latín convenientia, era originalmente el compromiso mediante el cual un buen cristiano prometía respetar las normas de su Iglesia.
Durante las persecuciones, adquirió un sentido más profundo: garantizaba al creyente que recibiría el consolament en el momento de la muerte, incluso aunque, debido a sus heridas o a su estado físico, no pudiera hablar, rezar el Padrenuestro ni responder durante el ritual.
En los últimos tiempos de la Iglesia cátara, esta práctica sirvió también para responder a una preocupación creciente entre los fieles: cómo alcanzar la salvación si ya no quedaban bons homes.
Guilhem Belibasta, considerado el último cátaro conocido de Occidente, sostuvo que quien hubiera realizado sinceramente la convenensa recibiría, al morir y aunque estuviera completamente solo, la visita de un buen hombre espiritual, es decir, un ángel, que le administraría el consolament.
Todo este sistema funcionaba mientras la Iglesia católica combatía la herejía mediante métodos relativamente pacíficos. La situación cambió radicalmente cuando los papas utilizaron su influencia sobre la nobleza para imponer dos grandes instrumentos de represión en el actual sur de Francia: la cruzada contra los albigenses, desarrollada entre 1209 y 1229, y los tribunales de la Inquisición, creados a partir de 1231 para perseguir la herejía.
EL FINAL DE LOS CÁTAROS
La cruzada provocó la muerte en la hoguera de miles de cátaros y tuvo importantes consecuencias políticas y militares, pero no consiguió eliminar el movimiento. En algunos aspectos produjo el efecto contrario. Aunque sus comunidades quedaron muy debilitadas, los cátaros se beneficiaron de la identificación entre la población de los territorios ocupados, el rechazo a los cruzados franceses y la defensa de la Iglesia perseguida. Además, su firmeza ante la muerte reforzó su imagen de mártires y aumentó el prestigio de su fe entre numerosos habitantes de la región.
La expulsión de los cátaros de Carcasona en 1209 quedó representada en una miniatura incluida en las Grandes Crónicas de Francia, manuscrito realizado hacia 1415:
La Inquisición actuó de una forma muy distinta. Durante aproximadamente un siglo, llevó a cabo una persecución constante y organizada en numerosas localidades. Su labor no solo acabó progresivamente con la vida de muchos bons homes, sino que también desmanteló las redes sociales que sostenían a la Iglesia cátara.
Santo Domingo de Guzmán fue considerado uno de los principales impulsores de la predicación contra los cátaros y quedó vinculado posteriormente a la tradición inquisitorial. En este retablo de Pedro Berruguete, pintado en 1499, los libros católicos salen milagrosamente indemnes de las llamas, mientras los textos considerados heréticos arden durante una ordalía destinada a demostrar la falsedad del catarismo. La obra se conserva en el Museo del Prado, en Madrid:
Sus integrantes se vieron obligados a vivir en la clandestinidad, afeitarse la barba y abandonar sus hábitos tradicionales. Para evitar que las autoridades castigaran a quienes les daban refugio, comenzaron a predicar y celebrar sus ceremonias en claros del bosque o en terrenos próximos a las casas de campo.
Así impedían que esas viviendas fueran demolidas y convertidas en vertederos por haber acogido a personas consideradas herejes. Muchos de los últimos cátaros acabaron pagando con la vida su firmeza religiosa y su compromiso de no mentir jamás.
La Iglesia cátara desapareció del Languedoc durante la década de 1320, sobrevivió algo más en Italia y perduró en Bosnia hasta mediados del siglo XV. Con ella se extinguió un movimiento cristiano disidente que aspiraba a recuperar la sencillez del cristianismo primitivo y la autenticidad del mensaje evangélico atribuido a Jesús de Nazaret.
Y para finalizar un vídeo sobre los cátaros, dura 27 minutos y si te has leído todo esto tienes que verlo:
Comentarios
Publicar un comentario