30 noviembre 2012

Los amores de Massiel

Este álbum ha recibido ya los elogios de plumas normalmente ácidas como las de Umbral, Carmen Rico Godoy y Daniel Múgica. Se ha llevado críticas de calurosa adhesión hasta de gentes ajenas al periodismo musical, que se pronuncian ante su disco con la mano en el corazón. Bajo la batuta artística, las programaciones de orquestación y los arreglos de Javier Losada, después de tres años de silencio discográfico desde Deslices, Massiel ha vuelto a grabar asumiendo incluso la producción. Un disco en el que también hay rancheras, como para sugerir que su vuelta a la melodía caribeña no obedece a ningún «ajornamiento» oportunista, que nunca la olvidó en sus repertorios. «Siempre he ido por delante de las modas», comenta además. «Diez años después de que yo hiciera rancheras, hacia 1968, surgió Rocío Dúrcal...». Amor aventurero, a su juicio una canción bastante feminista, Franqueza, Teatro, La última noche, un tango como Arráncame la vida...

Hasta trece candones de memoria imborrable contiene Cheque en blanco, pertenecientes a compositores clásicos de la música melódica: Consuelo Velázquez, la autora de Bésame mucho, Alvaro Carrillo, M. Boby Collazo y Emma Elena Valdemar, entre otros. Todo un repertorio para cuya selección Massiel escuchó, antes de grabar sus versiones, cuatrocientas en la voz de los mejores solistas dé los 50 y 60. El disco está indicado para quienes crecieron antes de tiempo, con la canciones de la radio como única ventana a la sensación de vivir en nuestra postguerra. Incluso para quienes conocieron la música caribeña con el son reivindicativo de la Nueva Trova Cubana, pensando que el bolero lo habían consumido vividores del estraperlo en los bailes de salón franquista. Cheque en blanco es, en definitiva, un homenaje que Massiel ofrece al mundo de su infancia que le permitió descubrir la música en carne y hueso, hija como ha sido del representante artístico Emilio Santamaría. «Mi padre era un bohemio.... Recuerdo que, poco antes de que yo me fuera cada mañana al colegio, solía llegar a casa con tres gitanos y un rumbero... "Niña, canta", me decía entonces.

Y la niña cantaba en el patio desde Penita pequinesa a la Bienpagá, el cancionero de la época... Ahora bien, si yo empecé a cantar boleros fue por Marco Antonio Muñiz, un vocalista prototipo de afinación y sentimiento al que mi padre hizo figura cuando yo estudiaba de pequeña ballet clásico. Yo tomé el fraseo que tienen los buenos boleristas masculinos. Sólo me puse a escuchar a las mujeres, a Lola Beltrán y a Lucha Reyes sobre todo, a la hora de aprender a cantar rancheras». A pesar de todo, Cheque en blanco también está dedicado a las grandes intérpretes del bolero, a Chelo Silva, Elvira Ríos, Toña la Negra y La Lupe, una vocalista a la que Almodóvar redescubrió. No podía, ser de otro modo, si se tiene en cuenta que el buen bolero nació en países de vida difícil para la mujer y que Massiel lo entiende como la quintaesencia de los sentimientos más profundos. «Sin embargo -añade, yo no hago diferencia al valorar la sensibilidad masculina y femenina, cuando se trata de amar y sufrir. La Lupe llegó a recoger cartones en Nueva York para sobrevivir y murió joven.

Agustín Lara y Álvaro Carrillo, dos grandes compositores del género, fueron hombres con mucha capacidad de sentir y mucha desesperación... Grandes sufridores, grandes bebedores y grandes amantes». Massiel supo pronto que el bolero podía contar quereres y querencias reales. Por eso, quizás, ha esperado a cumplir veinticinco años de carrera como cantante y algunos más como mujer apasionada, decidida y rebelde en sus relaciones afectivas, para sacar la máxima expresión a cada uno de los temas de Cheques en blanco. «En este disco, que no es un disco gritado sino sentido -comenta-, han aparecido los temas que más me iban... Sus boleros están cantados como si estuviera de vuelta de todo, con el tono de quien se sintió dolido. Cuando alguien ha vivido, está dolido, reído, querido y desquerido... Ahora bien, se canta y se escribe más a la tristeza, porque cuando uno está contento no suele contarlo...» La voz de la experiencia, esa vibración especial de las cuerdas vocales...

En Massiel tuvo el primer ejemplar de mujer liberada una generación, que se educó con el Nodo en blanco y negro riguroso de los 60. Desde muy joven iba y venía de México cantando rancheras. Antes que muchos supo de las melenas al viento que inventaban el pop en Londres. Interpretó los textos comprometidos de Bertoll Brecht, después de llevar piernas de azafata al festival de Eurovisión que España ganó en 1968. Con Massiel cantando «la, la, la» nuestro país empezó a sonar no sólo a «nonaino» calé y, al poco, lo yeyé y luego lo progre tomaron carta de naturaleza... De entonces a esta parte han pasado muchas cosas. Piazzola, Aute y Pablo Milanés le escribieron canciones, pero ahora Massiel ha buscado en los viejos cancioneros las que se escribieron para todas las mujeres vivas que puedan quedar en ella.

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