28 septiembre 2012

Gwyneth Paltrow sigue siendo la novia de América

Es la favorita para conseguir, esta madrugada, el Oscar a la mejor actriz por su trabajo en la película «Shakespeare enamorado» - Los críticos afirman que tiene el «ángel» de Audrey Hepburn y Grace Kelly - Huye del «star system» de Hollywood y prefiere refugiarse en Nueva York, donde dice que pasa más inadvertida.

La novia es ella, Gwyneth Paltrow. Y los novios, por este orden: Brad Pitt, Ben Affleck y todos los veinteañeros, treintañeros y cuarentones de América. Fue un idilio tardío y frágil, pues al principio se temía que la rubia duraría menos que un anuncio de Calvin Klein. Pero el tiempo fue modelando sus hechuras, y la chica creció por encima del metro ochenta, y Shakespeare salió de la tumba para enamorarse de ella y servírnosla en bandeja como Viola o Julieta, a la mejor de las edades: deliciosos 26.

Los críticos la agasajan con sonetos de amor. Unos se postran ante su luminosa belleza, otros exaltan su virtuoso talento. Hay quienes ven en ella el ángel de Audrey Hepburn, y quienes prefieren compararla con la primerísima Grace Kelly.

Hoy, según todos los augurios, Gwyneth Paltrow alcanzará la mayoría de edad como actriz y hará pareja con el mismísimo Tío Oscar.

O tal vez no... «Para mí, las favoritas son Cate Blanchett y Emily Watson, las dos actrices con más talento que hay hoy en día. Y también está Meryl Streep, el ídolo de mi juventud. ¿Cómo puedo yo competir con ellas?».

No se lo acaba de creer Gwyneth Paltrow. Tendrán que pellizcarla tres veces cuando Jack Nicholson, es de esperar, abra el sobre que contiene su nombre y la incite a subir al escenario con ademanes de viejo verde.

Unos 1.500 millones de espectadores pondrán sus ojos sobre ella, intentarán descifrar quién la ha vestido para la ocasión (¿Calvin Klein?, ¿Prada?, ¿Ralph Lauren?) y la verán seguramente llorar a micrófono abierto, como hizo en los Globos de Oro.

Serán las únicas lágrimas auténticas en esa gran mascarada que es la noche de los Oscar.

«No tengo madera de superestrella», palabra de Gwyneth. «Pienso en Julia Roberts», dice, «y yo me veo a un nivel muy distinto. Ella no podría dar dos pasos por la calle; yo sí. Yo salgo a hacer la compra en zapatillas, cojo el metro, me pongo en la cola de un cine y no pasa nada. En el fondo, me considero una chica corriente. Y me encantaría seguir conservando un cierto anonimato».

A Gwyneth no le pega nada el cancaneo de Hollywood, feliz que está con su exilio neoyorquino. Hubo un tiempo en que sí: coqueteó más de la cuenta con los paparazzi, en calidad de espléndida acompañante de Brad Pitt, y acabó pagándolo carísimo (aquellas fotos de los dos, bañándose desnudos en una playa).

Dice que está cansada. Cansada y sola. Ella, que siempre fue de novio en novio, ha decidido tomarse un respiro para conocerse mejor y saber qué se siente sin eterno acompañante. Lo contaba hace poco a la revista People, en una de las contadísimas ocasiones en que Gwyneth desnuda su corazón...

Su relación con Brad Pitt no fue carnaza para la prensa del corazón, sino un amor en toda regla, interrumpido por azares del destino: «A veces no tienes por qué casarte con la persona de tu vida». Con Brad, como con Ben y con todos sus ex se lleva estupendamente. Con Ben rompió a los pocos meses, pero se siguen viendo en público y a escondidas. Tal vez le acompañe hoy en la noche de los Oscar, o tal vez prefiera llegar del brazo de su madre, la actriz Blythe Danner, y de su padre, el productor Bruce Paltrow, a quienes tanto debe.

Gwyneth se crió entre celuloides, jugando en el regazo de Steven Spielberg o de Michael Douglas, amigos de la familia.

Tras unos comienzos inciertos, saltó a la fama como la novia descuartizada de Brad Pitt en el sombrío Seven, aunque su auténtica puesta de largo fue en Emma: la primera vez que enamoró decididamente a la cámara.

Su talento y su belleza quedaron en barbecho, consumiéndose en media docena de películas olvidables, hasta que llegó su año, 1998, donde pudimos verla por activa y por pasiva: Grandes esperanzas, Dos vidas en un instante, Shakespeare enamorado...

Cualquier otra, en su lugar, se habría quemado por sobreexposición, pero Gwyneth tiene la extraña virtud de la ligereza, y en plena sobredosis llegó lo de los Oscar.

Pudo haber sido un año antes, si llega a aceptar la propuesta deshonesta de James Cameron para embarcarla en el Titanic. La chica se mascaba el naufragio, parece ser, y acabó rechazando la primera gran oportunidad de su vida.

La segunda llegó con Shakespeare enamorado, una comedia ligera que arrancó sin excesivas pretensiones y que ha terminando copando la lista de candidaturas -en total trece- para los Oscar. Los críticos, que parecían haberlo dicho todo, han compuesto esta semana el último verso de desmedido amor hacia la actriz del momento: «Cuando William Shakespeare escribió Romeo y Julieta, lo hizo pensando en Gwyneth Paltrow» (David Hochman en Entertainment Weekly).

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