14 septiembre 2012

Que no vaya a quedar nada

Cuando empecé a trabajar en Saturno sólo tenía un par de cosas claras: quería escribir una historia de amor entre gente corriente y que sucediera en San Sebastián por esas mismas fechas. Había hecho ya varias historias de amor, pero ninguna chico/chica y, por otro lado, nunca había escogido a un hombre como protagonista.

Es decir, chico encuentra a chica en San Sebastián, un día cualquiera a medidados de los ochenta y se enamoran. Pero él debía tener una profesión que le obligara a ausentarse por largos períodos en los que rumiaría y magnificaría lo ocurrido. Sería marino. 

Leyendo novelas de amor de todo tipo descubrí que lo que quería contar, una vez producido el encuentro entre el marino aficionado a la astronomía y la chica, era un amor a primera vista que, para llegar a un final feliz, tuviera que superar un obstáculo. Así llegué al alcohol. Pensé, primero, que los obstáculos tradicionales (la religión, la clase social, un pasado más o menos tormentoso, la diferencia de edad...) no me servían y se me ocurrió que uno de los dos fuera drogadicto. Pero eso me llevaba a un mundo más o menos marginal y yo quería una historia de gente aceptablemente integrada en la sociedad, a pesar de ese desfase que casi siempre tienen mis personajes entre la realidad que viven y la que imaginan. 

A decir verdad, cuando decidí que el obstáculo que iba a interponerse entre los enamorados y las perdices sería precisamente ese, no preveía que Saturno pudiera llegar a ser considerada una novela sobre el alcohol, ni sobre la soledad. Empecé pues a escribir y di pronto con el presente como tiempo en que transcurría la narración, porque me parecía que ello hacía que la historia fuera más contemporánea, que se fuera construyendo ante los ojos del lector. 

A las pocas semanas de trabajo descubrí también que esa historia de amor convencional quería contarla de una manera no convencional, que incorporase a la vez el lenguaje que nos ha enseñado el cine, la manera de ver el mundo de una persona cuya mente está interferida por la química del alcohol y que permitiese dos itinerarios: el del lector apresurado y el del aficionado a la literatura, ese extraño personaje al que le gusta parar entre dos frases o dos párrafos y añadir a lo leído lo que él lleva dentro, de manera que, al final, el relato lo construye ese lector tanto como el autor. Intensa, brillante y callada como un diamante, me decía cuando, a lo largo de los meses, me perdía en anécdotas y personajes. 

Que nada sobre. A partir de ahí el pájaro terminaba su vuelo y llegaba el turno de los lectores y de los ornitólogos, los críticos. El que algunas personas sean pájaros y ornitólogos a la vez no va a fastidiarme mi metáfora favorita.

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