Murdoch hundido definitivamente

A la pérdida de audiencia se le ha sumado la dimisión, a principios de agosto, de Kelvin Mackenzie como director de BSkyB. Mackenzie, antiguo director del diario sensacionalista de Murdoch, The Sun, y artífice del éxito del diario durante la era de Margaret Thatcher, se había quedado solo en la lucha por «popularizar» la oferta de las cadenas a su mando.

En el poco tiempo que ha permanecido en el mundo de la televisión ha preferido los temas relacionados con Lady Bienvenida, los escándalos políticos y la recuperación de la figura de Ronnie Knight, el famoso ladrón asilado en la Costa del Sol, antes que mantener un pulso informativo en temas como el conflicto de la antigua Yugoslavia o el éxodo ruandés. Esta política arrastró a la dimisión y salida de la cadena al jefe de informativos Ian Frykberg.

Su batalla personal con Sam Chisholm, responsable de todos los negocios del satélite de Murdoch fuera de Estados Unidos, ha acabado por hundirlo definitivamente.

Chisholm, un rudo y enérgico neozelandés curtido en la televisión australiana, fue fichado hace cuatro años por Murdoch para controlar su imperio televisivo en Gran Bretaña y posteriormente se hizo con el mando de todo lo que se cocinaba en el ámbito televisivo de Murdoch fuera de Estados Unidos.

Nada más llegar Mackenzie a la dirección de BSkyB empezaron a surgir las disputas entre ambos. Cuando Chisholm estaba controlando los negocios de Star TV en Hong Kong, Mackenzie hacía y deshacía a su antojo con arbitrariedades como las de contratar al columnista de The Sun, Richard Littlejohn, con un contrato de 2 millones de libras, mientras los productores de la cadena recibían instrucciones de elaborar programas con 50.000 libras.

Los detractores de Mackenzie no han dudado en afirmar que todo lo que éste conoce del medio es cómo encender el aparato de televisión.

Chisholm le ha proporcionado constantemente a Mackenzie el mismo trato que éste usaba con sus subordinados en The Sun humillándolo en público con frases como «Mackenzie no va a hacerme cosas malas porque es mi pequeño "boy-scout"».

Para Mackenzie, en cierta ocasión descrito por Murdoch como «mi pequeño Hitler», este tipo de batallas han acabado por desmoralizarlo, dejarlo solo dentro de BSkyB y forzar su dimisión.

Murdoch y sus problemillas

Las operaciones televisivas de Rupert Murdoch en el Reino Unido, el consorcio de canales por satélite BSkyB, se han enfrentado a dificultades de organización interna y a un descenso de audiencia que oscurecen las buenas perspectivas económicas anunciadas el año pasado.

LA cuota de audiencia en el Reino Unido de BSkyB ha descendido, del 23% obtenido durante los primeros seis meses de 1992, hasta el 18,4% de 1994. Sky One, la cadena generalista y buque insignia de la oferta por satélite, ha pasado del 7,5% en ese periodo de 1992 al 5,6% de 1994. Sky Movie Plus, por su parte, ha pasado del 6,2% al 3,9%. Las minoritarias y culturales BBC2 y Channel 4, criticadas en su día por Murdoch por ser demasiado elitistas, han superado a Sky One.

Algunas de las causas que han contribuido a esta pérdida de audiencia han sido la floja programación de películas en Sky One y The Movie Plus, y la decisión de codificar el paquete de canales Sky-Multi Channel.

Los Simpson, uno de los programas más populares de Sky One, ha perdido este verano la mitad de su audiencia. La ofensiva de la cadena ha empezado por arrebatarle a Channel 4 uno de sus programas de más audiencia, El show de Oprah Winfrey.

Las optimistas previsiones que se barajaron para la industria audiovisual británica tras la explosión del cable y el satélite en todo el mundo no se han cumplido. Se esperaba que la mitad de los británicos deberían de estar conectados al cable para 1994 y esta cifra apenas alcanza un quinto de los hogares.

Entre 1992 y 1994, las emisiones terrestres, con un 67,9% de la cuota de audiencia en 1994, frente al 32,1% de las emisiones no terrestres, apenas han perdido audiencia (tenían un 68,8% en 1992), a pesar del aumento espectacular de la oferta por TV vía satélite y de la venta de antenas parabólicas.

Frank Sinatra cantando en Chicago

Los bolivianos no ganaron en número pero sí en originalidad. Unos, ataviados con trajes típicos de las tribus del altiplano, otros, con pintorescos y coloridos uniformes. Sabían que estaban en una fiesta en la que pocos contaban con la presencia de su selección y aprovecharon al máximo. Muchos llegaron de las mayores zonas de emigración de su país, Washington y Nueva York. Incluso había informadores de periódicos para los bolivianos residentes en la capital de Estados Unidos.

Contaron además con la colaboración de aficionados argentinos y mexicanos que acudieron al estadio para disfrutar del primer día del Mundial pero sobre todo para ver derrotado al odiado y altanero enemigo alemán.

Por fin, después una insoportable hora y media de agonía comenzó la fiesta con genuino sabor americano. Los más de 2.000 voluntarios comparecieron con unas grandes lonas y se movieron a los sones de música de los años 50 y 60 que contagió al público y sirvió para olvidar un poco los rigores climáticos. Todo un poco en plan Viva la Gente.

La voz de Frank Sinatra cantando a Chicago elevó un poco el nivel, mientras seguían compareciendo sobre el césped interminables filas de voluntarios.

La mezcla de estilos hizo que se saltara de Sinatra a Sting, también enlatado, y a la suelta de miles de globos. Fue el preludio a la salida triunfal de Diana Ross, sin las Supremes pero todavía en forma y de buen ver. Más en forma que la presentadora, Oprah Winfrey, protagonista de una caída en el mismo momento en que aparecía la diva. La música de Diana Ross sirvió como base para que los voluntarios intentaran lucirse con una coreografía en la que alguna despistada se saltaba algún paso pero que al menos dio un poco de marcha al cuerpo.

Hubo alguna otra caída, como la de un tanguista argentino en el turno de los bailes regionales en plan coros y danzas que recordaron mucho a las demostraciones franquistas del Primero de Mayo. Esa impresión se acentuó lógicamente, con la representación española.

El público dio rienda suelta a sus sentimientos. Los holandeses fueron abucheados por los aficionados alemanes y los bolivianos fueron largamente aplaudidos por su público.

Richard Marx puso el toque emocionante cantando a capella el himno americano y cerraron John Secada, Daryl Hall, los Sound off Blackness y los fuegos artificiales y una salida un tanto desorganizada de los participantes.

Eso sí, la puntualidad fue absoluta y sorprendente la rapidez para colocar una de las porterías que había sido desmontada para la ceremonia. El espectáculo de verdad iba a comenzar.

Los antiguos limpiabotas

Sin ánimo de usurpar funciones al colega que tenga Luis Yáñez y sin voluntad de utilizar las carpetas y la fotocopiadora del chalé de El Viso de la Sociedad Quinto Centenario, este «Pasando revista» semanal bien puede convertirse en un dossier-resumen de Prensa de lo que damos de sí la Madre Patria y sus polluelos y la comunidad de repúblicas hermanas; y sin intención de concurrir en los recortes pegados a algún certamen periodístico del Quinto Centenario. Panamá, en primer lugar. Y la crónica en rosa, antes de la crónica en negro. 

Rosa, sí, porque el voluminoso presidente de aquel pequeño país, Guillermo Endara, anuncia en Hola su compromiso matrimonial con una joven de 24 años, Ana Mae Díaz; y la feliz pareja ya ha recibido un regalo de compromiso por parte del «amigo americano»: 420 millones de dólares de ayuda al país. Ese país, que se inventaron los americanos cuando hicieron una vía de agua en el continente, suele prestar su pabellón patrio a la marina mercante con papeles que esconder y a ahorradores internacionales de supercuentas. Y proporciona, además, asesores de tronío a la corrupción política española a diestra y siniestra. En Tiempo, Abel Caballero, el asesor panameño de Juan Guerra tranquiliza a éste («... está todo controlado..., solamente puede haber memorias, o sea papeles chungos...»), que corre el peligro, proclama su exclusiva Tiempo, de que vaya a la cárcel, que con Hacienda no se juega y en cuaresma fiscal Solchaga no duda, le da igual Lola flores o Juan Guerra; la cosa es dar ejemplo. 

En Tribuna, a la vez, le encuentran al caso Naseiro su vertiente panameña; que por la agenda del juez Manglano anda huido un estafador internacional llamado Lauro Lacio Juan -no es un seudónimo: nació en Valencia el 23 de septiembre de 1924, hijo de Lauro y Amparo-, con fuertes conexiones en Panamá. Con el asunto Palop y Sanchis parece estar relacionado el tal sujeto. El tal Sanchis, en un primer momento, por este deslumbramiento colectivo que padecemos los españoles por los indianos, que han hecho fortuna en América, nos pareció que poseía media República de Argentina y, por lo que se dice, no es para tanto. 

Tribuna dedica un reportaje a los antiguos limpiabotas, sean gallegos o no, que son los auténticos millonarios del país hermano, que sufre, entre otras crisis, la conyugal del presidente Menem, expulsado «manu militari» (quiero decir de forma contundente, no que la primera dama hubiera echado mano de los «carapintadas», siempre éstos tan deseosos de hacer maniobras) por Zulema Yoma, una mártir de los devaneos de su esposo. En Hola ven a la primera familia argentina al borde de la ruptura y en Lecturas convierten la crisis en una cuestión de Estado. Panamá, Argentina. Nada esta vez, de Vargas Llosa y del «chinito». 

Las Koplowitz y la Preysler son muy amigas

No, la cuestión radica en que «el clan de los peruanos» se está especializando, advierte Tiempo, en desvalijar a los turistas de las carreteras españolas. El capo, ojo con él, se llama Luis Alberto Román y tiene a toda su familia consigo desvalijando al incauto. Luego está Nicaragua, que nos invadió hace años con una canción pegadiza, Son tus perjúmenes mujer, cantada a la saciedad por Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. 

Mejía volvió a su país a la caída de Somoza y, ahora, en Interviú, se lamenta de la caída del comandante Ortega. El cantante «nica» ya no cruza el charco en esta dirección para traemos su música. 

Sí lo hacen, a menudo, grupos españoles, como Mecano, a cuyo cabezapensante, José María Cano, le entrevista Carmen Rigalt en Diez Minutos. Cuenta Cano con orgullo que allí, en Latinoamérica (Iberoamérica para el dossier de Prensa de Luis Yáñez), es la locura del éxito que tienen. «Ahí nos comen», confiesa. Y confiesa también que una vez compuso canciones para Isabel Pantoja pero a ésta no le gustaron. Lástima, pero no es el caso de Luis Cobos, con quien la Pantoja viajó a Londres -informa Hola- para los arreglos musicales de su nueva y esperadísima película, Yo soy ésa, esta semana en todas las revistas. ¡A quién se le ocurre comer en Londres, que, con permiso de Fernando Point, ya se sabe que no es un imperio gastronómico! 

La cosa es que regresó embozada a consecuencia de un sarpullido que le salió en la cara y cuello por una intoxicación alimenticia. Pero a lo hecho, pecho -y es frase popular, no intencionada- y en Madrid se presentó para comenzar el rodaje. En Lecturas lloriqueó con el alma partida de madre con contratos: está alejada de su hijo: «Llevo un mes sin verle y se me parte el alma»; y mostró su preocupación: «A José Coronado le voy a besar tres veces, ¡madre mía, qué horror!», pero menos mal que en Diez Minutos tranquiliza a su público: «Es un encanto como persona y como actor». 

En Semana, encima, le señalan otros descalabros: le han embargado el coche y por estar ausente no pudo ir de pleitos con Carmen Ordóñez. De pleitos, no, sino de acto social, la inauguración de una exposición de sanitarios y pavimentos de Porcelanosa, sí fue la Ordóñez y allí tuvo la ocasión de saludar a Isabel Preysler, que no paraba de posar, sonreír y declarar, a Diez Minutos, por ejemplo: «Las hermanas Koplowitz son muy amigas mías» y «desde que cumplí 30 años se ha dicho que me estiraba la piel un año sí y otro también, y os puedo asegurar que si eso fuera verdad estaría ya sin piel». Yo la creo. Eso sí, fue a su esteticista con seis guardaespaldas. Mientras, en Washington, Chabeli cerca de su novio, el moro, que quiere estudiar arte (Chabeli), y Enrique, Empresariales en Miami, lo confiesa a Hola, junto a su padre, que no hace más que lamentarse: «hace mes y medio que ninguna mujer vive en mi casa», se le escapa en Tribuna. 

Y si Julio Iglesias tiene problemas de soledad (como Rocío Jurado que en Diez Minutos, Hola y Semana, se consuela con las canciones tan bonitas que le ha hecho José Luis Perales), en la Perla de la Corona, en Cuba, un numantino Fidel Castro abre un poco de muralla para sincerarse en Interviú, en Tiempo y en Tribuna (aquí entrevistado, qué cóctel más añejo, por la nieta de Pasionaria, Dolores también, que se retrata junto al Caballo, como se retrató hace años. Joselito, aquel ruiseñor de voz atiplada que según Tribuna y Epoca ha sido mercenario en Angola y le gustan las armas más que a nadie).

El misterio de Rocío Jurado

El último disco de Rocío Jurado, que previsiblemente también será el último que haga en el seno de su actual casa discográfica, se presentó en loor de multitudes. La expectación se incrementó además con la presentación por parte de Antonio Gala, quien derramó toda su carga poética sobre la cabeza de la artista. «Su garganta es prestada, como prestada fue la mano de Velázquez», dijo el escritor. Pocos había que no estuvieran de acuerdo, aunque la comparación pudiera, objetivamente, tener ribetes de fantasía. 

En cualquier caso, Rocío Jurado, acompañada por una orquesta de treinta músicos y un coro de tres voces, desgranó las canciones de siempre, las que la han hecho grande -«Como una ola», «Señora», «Amame otra vez»- antes de dar a conocer las canciones que integran «Rocío de luna blanca». 

«Doblemente misteriosa», seguía diciendo Gala, «Rocío, algo leve, menudo... Jurado, algo hondo y secreto que rubrica y sanciona». El suelo se llenó por completo de claveles y las decenas de cestos que los transportaban quedaron vacíos, casi de inmediato debido al entusiasmo de los asistentes, quienes no dudaban en lanzárselos a puñados. Todos la sonrieron y se regocijaron con su trabajo. 

Tan sólo un músico conquense, allá en un palco, no parecía estar tranquilo. Vaya usted a saber el porqué.

Echando las penas al aire

Lo dice Rocío Jurado, con José Luis Perales al piano: «Voy a lanzar al aire todas mis penas, todas, porque en este silencio me estoy volviendo loca». Y se lo dice a Javier de Montini, en Lecturas: «Chiquillo, ¿volverme a casar, yo?». Se lo dice antes de ponerse en manos del doctor Cariñanos -un amigo, que le ha operado de una hernia discal en Hola y Diez Minutos. Cosas de la Jurado, que parece que le canta a Cari Lapique, que tiene lo suyo por lu de su marido, que está en el trullo. 

Sólo Cari se lamenta, esta semana, de su suerte. Sólo Cari, que las demás exhiben, confiadas, su felicidad. A saber, Isabel, que abre su álbum, que se deja fotocopiar su agenda (Miguel aparece, al fondo, Miguel, cuando se trata de Isabel, siempre aparece al fondo): La señora jueza, Concepción González del Real, ha dictado su esperado «nihil obstat» y el chalé de Isabel Preysler vuelve a crecer. «Moralmente es una gran satisfacción», oyen, al pasar, los de Semana. En Hola hace el inventario de las pérdidas: «El retraso de seis meses en las obras ha elevado bastante su coste». En Lecturas creen saber que la pareja está contenta, quizá. hasta Miguel Boyer ha sonreído. 

Mientras, la pareja asistió, en Hola, Diez Minutos y Lecturas a la boda de la hija del embajador de Filipinas en Madrid. En Diez Minutos, además, asistió, y rió como una madre, a la fiesta de fin de curso de Tamara. Felices son también Gonzalo Muñoz y Alicia Koplowitz, una felicidad narrada en Diez Minutos, una felicidad, así en titular, al alcance de cualquier mortal: «Vamos al cine, cenamos de cuando en cuando o pasamos el día en el campo porque a los dos nos encanta», confiesa Gonzalo Muñoz. 

Si a eso añadimos que, según Hola, ellas y los dos primos han llegado a un acuerdo satisfactorio, «teniendo en cuenta el interés de los hijos de ambos matrimonios», no hay duda de que las cosas marchan, como deben marchar las de Alberto Alcocer que, el mismo día en que aseguraba el porvenir de sus hijos, se fue, según Diez Minutos, a cenar con Margarita Hernández, con los padres de Margarita, don Marciano y doña Margarita, y la hermana pequeña, Ana Isabel, además de Cristina, escoltada ésta última, como es de ley, por su marido, Alvaro Arrostide. 

Radiante y segura está, a su aire como siempre, Massiel, más segura que Roberto Domínguez cuando tuvo que resolver lo de acercar a Madrid a Anita García Obregón: «Siento tanta fuerza», confiesa Massiel en Tribuna, «que puede llegarme el quinto marido, el sexto o los que haga falta. Hasta el sobrero». Palabra de Massiel. Eso Massiel, mujer fuerte como Cari Lapique, o como Mariví Dominguín, a la que se le derrama el tarro de los reproches en Diez Minutos: «Luis Miguel Dominguín es un hombre egoísta y vanidoso por quien siento un profundo desprecio». Item más: «Con los años he descubierto que me tenía atemorizada, que nunca le quise porque no ha sabido sembrar cariño a su alrededor».