22 octubre 2012

Los porreros de la Complutense de Madrid

Un año más, la maquinaria de la Universidad Complutense de Madrid se ha puesto en funcionamiento para hacerse con la primacía de los cursos de verano a nivel nacional. Al igual que el pasado año, todas las plazas para los 90 cursos y los 22 encuentros y seminarios programados estaban cubiertas varias semanas antes de la inauguración de los Cursos de Verano en El Escorial, el pasado 29 de junio. Por las tres sedes en donde se celebran los encuentros, el Euroforum Infantes, el Felipe II y el real colegio universitario María Cristina, pasarán, en estos dos meses, unos 18.000 alumnos ya inscritos (de los que han sido becados un total de 1.800) y aproximadamente unos 8.000 oyentes, según las previsiones de los organizadores. Todo este montaje le costará al patrocinador exclusivo de los encuentros, el banco Central Hispano, unos 800 millones de pesetas. Los organizadores no cesan de repetir que el funcionamiento «está a tope», que «no se puede pensar en crecer más», y que «se han cumplido todos los objetivos previstos en apenas cinco años de vida de estos cursos».

Y las cifras barajadas parecerían darles la razón si no fuese porque este año corre un mismo rumor en boca de los más veteranos: «El Escorial, este verano, está muerto». Hasta el año pasado eran más que frecuentes las tertulias improvisadas en las terrazas, salones o cafeterías de las tres sedes, en las que se debatía enconadamente la veracidad de cuanto se había escuchado, pocos minutos antes, en cualquiera de las aulas de debate. En ellas se hacía intervenir a todo el mundo, incluso a las camareras.

«El año pasado -recuerda una de las más veteranas- tenía que retirar muchos platos completamente llenos que se habían quedado fríos, porque el comensal estaba tan enfrascado en sus discusiones que no probaba bocado». Y añade divertida: «si a alguno se le negaba la razón, me metía a mí en el follón y me pedía opinión sobre cosas de física o de economía que a mí ni me sonaban». De este ambiente en los restaurantes de las sedes parece perdurar sólo el horario de comidas: de 14.00 a 16.00 horas. De los tres turnos que había que hacer el año pasado para poder comer, o de las discusiones pasionales, alguna de las cuales terminaban con palabras malsonantes o del apremio de las camareras a los comensales para que abreviasen, porque casi un centenar de personas llevaban más de cuarenta minutos esperando en la puerta, no queda nada. Este verano, a cualquier hora, muchas de las mesas están siempre vacías.

Sin embago, sobre el papel, hay el mismo número de alumnos que en 1991. «Nadie sabe donde se meten -comenta Carlos, responsable del mantenimiento del equipo técnico de los cursos- pero lo que parece claro es que el ambiente no debe de atraerles nada y aprovechan las pocas horas libres entre sesión y sesión para escaparse». Carmen, una estudiante de 5° de Derecho que repite experiencia por tercer año consecutivo, comenta: «Desde luego esto no tiene nada que ver con otros veranos; a estas horas de la tarde, había auténticas peleas para coger una silla y sentarse en la terraza del Felipe II a charlar con un nuevo compañero, o sencillamente, para ponerse un poco morenita». «Este año, mientras estás en el aula, parece que todo sigue igual -prosigue, pero cuando sales de los cursos, todo está desierto». Esta elocuente alumna de Derecho tiene su particular versión de lo que puede haber ocurrido. «Me da la impresión que el año pasado los organizadores se lo montaban para fomentar las tertulias, o sencillamente para aglutinar a la gente; este año no sé si lo hacen, pero desde luego no se nota». El actual equipo directivo niega esta interpretación personal: «en cuanto a la organización, no ha cambiado nada desde el año pasado». Pero lo cierto es que sí han ocurrido algunos cambios.

El pasado mes de octubre, el que fuera el director de los Cursos de Verano desde su creación en 1988, José Antonio Escudero, anunciaba su dimisión al rector de la Universidad Complutense, Gustavo Villapalos. Con él también se fueron los coordinadores de las dos grandes áreas de los cursos: Gonzalo Santonja, encagado del área de Letras y Miguel Quirós, responsable de la de Ciencia. Jesús es neófito en el Escorial. Ya es ingeniero en Telecomunicaciones y acaba de terminar el tercer curso de Físicas. «En mi opinión, los expertos que han convocado para los cursos especializados de este año son mucho más interesantes que en ocasiones anteriores, pero lo cierto es que esperaba encontrarme otro tipo de ambiente al salir del aula».

Jesús confiesa echar de menos alguna que otra tertulia o «poder tomar una copa con los conferenciantes a los que jamás se podría acceder si no fuese porque se reúnen aquí». Jesús se justifica: «tal vez me formé una imagen demasiado platónica». Pero esa imagen que esperaba encontrar existió hace apenas doce meses según comenta Afine, una joven francesa de 19 años que se suma espontáneamente a la conversación. «Vengo de oyente al curso sobre Goytisolo porque estudio literatura española en París y, porque mi hermana, que ya conoce esto, me comentó que era increíble, pero no hay nada de lo que me dijo: no hay intercambio de ideas, ni contacto con la gente con intereses comunes, ni nada de eso».

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