20 diciembre 2012

Seis eran los toros, seis

Primer toro: Llega Doña María al palco. Como se ve, sigue a Espartaco. Ortega Cano cita con señorío de lejos al toro, alguien grita «hay bombón helado» y el toro, acalorado, sigue la voz y se distrae. Andrés García Cubo es curator de arte y está en trámites para organizar un espectáculo que combinará música hindú y baile flamenco. El asunto de los toros, que hoy ve desde barrera, tiene algo que ver. Ya lo veremos. Segundo toro: A Espartaco se le duerme el animal de pie, no sabe como hacerse con él. Le pitan en demasía. Está Revilla y el embajador americano.


Y también en callejón, como los Trujillo, Rosa Posada. Tercer toro: Lozano se entretiene arreglando sus avíos y el toro corre por él. No le coge de milagro. Ya le cogerá luego. El torero se defiende ya en el suelo, a patadas en el hocico; la argucia resulta y tiene suerte, pero al fin lo hace mal. En tendido alto le pasan fuentes de tortilla y pastelillos a Víctor Mendes, que saluda muy torero, muy moreno, muy guapo con su camisa a rayas. José Joaquín Aguirre, productor de cine y otras cosas, está aquí, como el escultor Cristóbal que ha venido de Roma para ver los toros, días antes de su exposición en aquella ciudad. Cuarto toro: Horribles banderillas laterales.


Vaya tarde de banderilleros. Por el nueve está Andrés Pajares con un clavel y con su Chonchi. Insiste, no se separan. Ortega mata peor que fatal y sufre horriblemente. Quinto toro: Espartaco brinda a Angel Luis Bienvenida y toda la plaza, deseosa de valores genuinos, se levanta para aplaudir al maestro de la antigua dinastía. Es, hasta ahora, el momento más torero de la tarde. Un picador, embebido en su carnicería, se sobresalta por la coz nerviosa del caballo y cae de costalada en la cara del toro, que no se entera. ¡Dios mío, que malos son estos picadores! El maestro mata con un bajonazo, un poco más abajo del rinconcito de Ordoñez y la plaza silbotea rencorosa; algunos paladines de clavel rojo en la solapa aplauden.

A Lozano casi le vuelven a coger por desprevenido; los primeros tercios transcurren desordenados y en el último, cuando ya nadie espera nada, a pesar de ese alegre toro castaño, Lozano entiende al toro y se pone a dar pases frente al «4». Tras la pertinaz sequía, el público se entrega, le conceden dos orejes y se abre para él por segunda vez en esta feria la puerta grande. La rubia platinada en rojo es Cuqui Fierro ¿Es aquel Alfonso de Borbón que ha venido, como siempre, a los toros sin Marisa? En delantera, Loreto Briales es gala y ornato del levantisco tendido del «7».

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