Lo que le falta de labio, le sobra de frente

Los invasores encontraron los principales focos de resistencia precisamente en El Chorrillo, cuyo malecón sirvió de parapeto a los milicianos de los Batallones de la Dignidad y a los soldados de las fuerzas de Defensa. Algunos «batalloneros» fueron sorprendidos en ropa interior tras deshacerse de sus uniformes en un intento de evitar ser identificados como norieguistas; hubo quien murió al no respetar los «stop» colocados por las fuerzas de ocupación porque no conocían el significado de una señal de tráfico para la que en América Latina, en buen castellano, se utiliza normalmente la palabra «alto» y hubo quien, como el fotógrafo de El País, Juantxu Rodríguez, encontró también la muerte. No hay cifras exactas de los civiles muertos durante la invasión; oficialmente se acepta la cifra de 220, pero hay quienes la multiplican por cinco y quienes la reducen a algo más de un centenar.

«La gente tuvo que ir a tiendas de segunda mano para conseguir amueblar sus casas», explica Ashton. Todavía hoy la mayor parte de los damnificados siguen repartidos en poblados construidos precipitadamente, lejos de su antiguo barrio: llevan los nombres de Vía Luchín, Santa Teresita, Vista Alegre, Felipillo y Santa Eduvige.

Ashton vive en Santa Eduvige, en una de las «casas», que no son otra cosa que cuartos de apenas 10 metros cuadrados con el techo de uralita. «Nos obligaron a coger las casas hechas. Ni siquiera han tenido la decencia de echarnos las migajas que les sobraban; los perros que tienen viven mejor que nosotros», dice Ashton indignado y refiriéndose al Gobierno de Endara, derrotado en las elecciones celebradas el pasado mes de mayo por el torrijista Partido Revolucionario Democrático.

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