23 octubre 2012

Espartaco siempre firme

Por algunos indicios podría suponerse que el primer toro no era malo para la lidia. Pero Curro Romero no debía de pensar lo mismo pues, sin otras causas, creo, de los insondables misterios de su corazón, se dedicó a trastearlo a trascuerno y a hacerle ascos como si de un pregonao se tratara.

Naturalmente el toreo no es sólo cuestión de que el toro sea lidiable o bondadoso o tonto, sino que es conjunción y acoplamiento de dos voluntades: la del toro y la del torero, ese punto de encuentro que convierte dos intenciones en una. Puede ocurrir que haya dos voluntades excelsas -la instintiva del toro de buena ley y la racional del buen torero- y que cada una vaya a su aire y por su lado. Es lo que le ocurre a Curro: que su voluntad no concuerda con la del toro. Y entonces, se produce lo que podríamos llamar trance agónico del ensimismamiento. Curro torea siempre ensimismado.

Pero unas veces se ensimisma en sí mismo -y entonces surge el genio- y otras veces se ensimisma en sus fantasmas y acaece el desastre. Empezó por el buen camino con el capote, pero luego aparecieron sus fantasmas y para qué seguir contando. En el sobrero, lidiado en cuarto lugar, ya no hubo fantasmas sino furias que le asaltaban por todos los costados. Luego, tiene esa forma de matar, alevosa e infamante, que no se comtempla en el código penal porque la zoología carece de derechos y de una ley escrita que la proteja. Los toros se merecen, cuando menos, una muerte si no gloriosa sí digna. El negro mulato de Juan Pedro Domecq de 500 kilos no demasiado incómodos debió de parecerle a Curro Romero un trasgo, un dragón echando fuego por la boca.

Canalla fue lo menos que algunos espectadores de la Maestranza llamaron a su torero favorito. El' toreo es cuestión de geometría y de matemáticas, una sutil alquimia de rectas y de curvas y de ecuaciones. Espartaco sabe de geometría, pero de geometría excéntrica. Sabe más de terrenos, de quietud y de fraseo concatenado. Su toreo es como las narraciones orales, sin belleza metafórica, pero lineal y eficaz.

Lo más espectacular es cuando liga el redondo o el natural con el de pecho como esos narradores cuya frase final, y «fueron muy felices y comieron perdices», se ve venir desde la mitad del cuento. Pero hoy por hoy, tiene Espartaco algunas virtudes llamadas raciales, radicalmente ibéricas, mediante las cuales encandila a los toros y enfervoriza al público: traga, aguanta, insiste y se va detrás de la espada con tal fuerza que el toro está muerto de sólo verlo venírsele encima con tal contundencia y precisión. Así debieron de ser los conquistadores. Quien sí interpreta el toreo dentro de esa trama de rectas y de curvas, de giros y de órbitas, es Cepeda con el capote: Verle torear de capa, es hoy uno de los espectáculos más bellos de la fiesta.

Es otra forma de ensimismamiento, que requiere, además, el ensimismamiento del toro, para que, al bajarle las manos no piense en la trágica condición de su existencia y humillado y abrumado, se le venga al suelo. Con la muleta, ya no quiere saber de curvas, rectas, órbitas y giros y se pasó al toreo tangencial que trae menos complicaciones. Saben, quiza, los toreros que por defender la teoría heliocéntrica de las rotaciones y traslaciones de los astros la Inquisición llevó a la hoguera a más de un sabio atrevido y a otros obligó al retracto. Y, naturalmente, casi todos los toreros prefieren un centro móvil y torear por la tangente.

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